Hidromasaje

El hombre entró con un bañador azul y con él, también su cuerpo visiblemente demacrado, lunares, manchas sin color y arrugas encarnadas. Primero sumerge los pies para aclimatarse, y de ahí deja avanzar las burbujas y el vapor hasta sus piernas. Nota que un chorro bastante firme le roza la pantorrilla, un látigo de calor. Decide que sería mejor aprovechar la  fuerza de la vertiente artificial.  Apega su hombro afectado por los músculos distendidos. La corriente impacta de lleno el cuerpo, es agradable aquella sensación para el hombre, mientras se sienta en la pequeña gradita que le ofrece aquel espacio, alterna sus movimientos: entre izquierda y derecha, se frota así mismo.

Alza la mirada, en el techo se condensan cientos de gotas, gruesas todas ellas. Las mira caer, algunas explotan en el suelo de baldosas blancas y otras en el hidromasaje. Intenta agarrar una con sus manos artríticas, cae frente a sus ojos, fracasa, se escabulle por entre sus dedos, solo avanza a rozarla levemente, siente que aquella partícula se ha llevado más algo de él, que él de ella. Ahora la gota está también en la pequeña piscina. 

Se aproxima gente. El hombre se agazapa en su chorro burbujeante,  se emponzoña en el calor. Una niña y su padre entran al agua

– ¿Está bien, Luciana?

– Sí papi

Y los dos seres se abrazan, se acomodan junto al hombre, aquel desvía por unos segundos su vista a la piscina principal, grande, azul, profunda. A través de la mampara de cristal que divide los dos espacios, una mujer intenta ponerse las gafas para nadar, lo hace con dificultad, finalmente un joven llega a ayudarla. Sujeta su cabeza delicadamente, separa, cierne su cabello castaño, abre bien los dedos, arriba un pozo de luz los eleva, hace más visible sus movimientos, parece que sus brazos y piernas son el reflejo de otra realidad más próxima e infinitamente más lograda. La mujer inclina la cabeza y centra las gafas en sus ojos, el muchacho parece jugar con un lunar en el cuello de ella, lo besa, ajusta los resortes de hule a su nuca y la suelta. Luego ella estira los brazos, se escabulle en un clavado perfecto, el muchacho se queda contemplando el agua que se ha desplazado desde la piscina hasta sus pies. Las gotas son como pequeñas luciérnagas muertas que no saben que murieron y siguen brillando. 

El vapor se enmascara violentamente en la mampara  de vidrio. El muchacho, que ahora es una silueta, salta también al agua.  El hombre regresa su cuerpo despacio, parece temer que sus huesos lo delaten. La niña se le queda mirando con curiosidad. Su padre le llama la atención con la mirada, la niña vira su cabeza al instante, ella sale del hidromasaje, se pierde por la puerta, tal vez busca a su madre. El padre cierra sus ojos en esos minutos de soledad. El viejo termina su movimiento circular, como restregándose lo áspero de su vida.

El chorro de agua golpea el tórax del anciano, inclina sus rodillas, solamente se escucha el borboteo del agua contra el agua. Él se va haciendo más pequeño, el chorro le impacta la frente. Se hunde totalmente, cierra los ojos. De la superficie no escucha nada, hay un gran silencio. Allí sumergido intenta descifrar los ecos que le vienen amortiguados, como si cada burbuja que llega a sus oídos explotara en un aletargamiento de palabras algo familiares, y al final de todo, un pequeño sollozo y un sonido largo, transitado, inacabado. Tanto ruido, y sin embargo, la quietud venía de lo incomprensible que le resultaban aquellos sonidos. 

El anciano abre los ojos en esa dimensión clorada, encuentra el chorro que sale de golpe sobre sus cejas. Al orificio de plástico que antes le tocaba el cuerpo, el viejo lo tapa con la palma de su mano, luego lo destapa y parece que el agua sale con más fuerza, deja una estela redonda y transparente a su paso. Así juega el anciano, hasta que se le acaba el aire y tiene que regresar arriba. Ahí, el padre de familia sigue dormitando.

El viejo nota que el calor ya es insoportable, se apoya del pasamanos y su cuerpo sale con el vapor alzándose en sus hombros, camina unos pasos y se desploma sobre las baldosas, cae con la mirada hacia arriba, mirando las gotas en el techo. El padre adentro del hidromasaje solo atina a hablarle a su hija – Luciana no entres- pero la niña  entra y en sus labios se encarama, no un grito, sino un pequeño quejido enclenque, que el anciano, ahí acostado en el suelo, reconoce, lo recibe casi sonriendo. Por unos segundos solo se escuchan las burbujas que borbotean en el agua. Afuera, al otro lado de la mampara, las largas y rítmicas brazadas de la mujer esbelta.

Por René Gordillo Vinueza

Fotomontaje por Homero y sus players: Fondo A bigger Splash David Hockney (1970); Un baño en Asnieres , Seurat (1884)

Como una piedra dentro de un durazno

En 1945 explota la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki y la Segunda Guerra Mundial llega a su fin. Según Iván Carvajal, estos acontecimientos internacionales impactan en la sensibilidad y en la pregunta por el ser histórico contemporáneo. Aquel telurismo que se forja en los años veinte según Carvajal, con Gangotena y su libro Orogenia ‘‘ por el fundamento de la existencia: las raíces, lo mineral, lo escondido, son símbolos de lo telúrico, en tanto sustento del ser-ahí, de la existencia.’’ (Carvajal 1995, 33), y luego con Carrera Andrade y su capacidad ‘‘para transfigurar, la poesía de Carrera y sus contemporáneos tuvo la tarea de constituir un imaginario en torno del ser humano y la naturaleza en los Andes ecuatoriales’’(34)

Ese telurismo continua en autores como Jorge Enrique Adoum (1926), César Dávila Andrade (1918), Efraín Jara Hidrovo (1926) entre otros, nacidos en los años de la vanguardia y que comienzan a publicar a partir de finales de la década de los años cuarenta y principios de los años cincuenta. En 1951, Dávila Andrade  publica Catedral Salvaje, un año antes, Pablo Neruda publica Alturas de Macchu Picchu, aunque hay registros de su publicación en 1948. De todas maneras, ambos libros comparten cierta sensibiblidad, como lo reconoce Vladimiro Rivas: 

 La poesía de Dávila Andrade es una de las últimas manifestaciones del telurismo americano que culminó en “Alturas de Macchu Picchu”. Lo más interesante de la obra del ecuatoriano es que da el salto desde el canto exterior de la tierra hacia una suerte de identificación con las fuerzas primigenias (Rivas 2005, 30) 

Como expresa Rivas Iturralde, en Dávila Andrade la concepción del espacio cambia. Ya no se edifica una noción de territorio, aunque se plantean nombres como el páramo del Cajas o las piedras del Carihuairazo o el Cotopaxi, pero este nombrar no tiene como sentido delimitar un lugar e incorporarlo a un discurso cultural identitario, sino que esos espacios son asimilados dentro de la propia naturaleza, como entes de fuerza vital que unen al ser humano y a las criaturas que habitan la tierra en una convivencia sagrada, en ciclos de construcción y destrucción, de alimentación y deglución, como refiere el mismo Rivas (36) De ahí el nombre del poema Catedral salvaje, hay un vínculo entre un mundo que sigue cierto orden- que se desprende de la ciclicidad de la naturaleza- y uno salvaje, de medidas desproporcionadas, que lo arrasa todo para convocar nuevos ciclos:

‘‘Oh cópula sin pausa, la bestia sucesiva entra y/sale de ti,/pudriendo la gran noche salobre como una vianda,/en continuo horario de carne pisoteada/por carne aguda que se baña/ en el hueco de la chorreante llamarada!/’’(Dávila, 2006, 167)

 En los textos ‘‘Doctrina de lo semejante’’ y ‘‘Sobre la facultad mimética’’ (2007), Walter Benjamin, interpela dos conceptos, o mejor dicho, dos mundos, el antiguo (mágico) y el moderno (razón), en esta dialéctica entre estos dos tiempos, la conceptualización de mímesis surge como la capacidad de ver lo semejante en la naturaleza y especialmente en la humanidad, como principal creadora de procesos miméticos. Aquella creación o capacidad de percepción es más evidente en el mundo antiguo que en el moderno, así Benjamin establece en sus textos un desarrollo histórico de la capacidad de los seres humanos para emprender relaciones de semejanza, donde el macrocosmos se reflejaba en un microcosmos. Esta construcción de sentidos de lo macro en lo micro, dice Benjamin, sufre un cambio o un desplazamiento de la facultad mimética, desde lo mágico-antiguo, hasta una contemporaneidad decrépita, donde la capacidad de entablar diálogos con procesos que reproduzcan semejanzas estaría en un estado casi moribundo o de decrepitud.

El espacio para Dávila es una exploración constante del origen, un esfuerzo por entablar en aquella ciclicidad de lo natural ecos de semejanzas capaz de conectar un movimiento con un momento en el mundo, en ese sentido, la tierra se conecta con lo primigenio, con lo más antiguo, no es un deseo americano por descifrar un pasado histórico, o un ser histórico, sino es la visión, y aquí la palabra es precisa, que muestra la formación de lo que no pudo ser visto por ningún ser humano, pero que aún es sentido por todos nosotros, como un eco. De alguna forma, la palabra poética en Dávila acontece como forma cartográfica de un pasado que une al ser humano, no lo fragmenta, lo reconstruye con lo mítico, es decir, con un conocimiento otro, alternativo al cientificismo de lo moderno: ‘‘Oh infinito antepasado de mil rostros, mil alas y/mil colas!/ En el profundo rebaño de las simientes y las/sombras, duermes!’’ (Dávila 2006, 167).

Paralelamente el poema también se expresa como búsqueda, no en el tiempo, sino en el espacio. En el poema En que lugar , Dávila Andrade lo plantea así: ‘‘Tienes que indicarme antes que este día coagule/ Aquello debe tener el eco/envuelto en sí mismo/ como una piedra dentro de un durazno’’(Dávila 2012, 31) La imagen del eco ayuda para entender aquella búsqueda, como en Catedral salvaje, el espacio natural parece una conformación de ecos, igual que la exploción del origen, el big- bang del universo. De esa forma, el poema en Dávila Andrade parece configurarse en capas que parten de esa piel de durazno y culmina en encuentro con la roca, con el núcleo, con la palabra poética que es capaz de sostener a la tierra misma.

En que lugar
Quiero que me digas; de cualquier
modo debes decirme, 
indicarme. Seguiré tu dedo, o
la piedra que lances
haciendo llamear, en ángulo, tu codo.

Allá detrás de los hornos de quemar cal,
o más allá aún,
tras las zanjas en donde 
se acumulan las coronas alquímicas de Urano
y el aire chilla como jengibre, 
debe de estar aquello

Tienes que indicarme el lugar
antes de que este día se coagule.

Aquello debe tener el eco envuelto en si mismo, 
como una piedra dentro de un durazno.
Tienes que indicarme,Tú
que reposas más allá de la Fe
y de las Matemáticas

¿Podré seguirlo en el ruido que pasa 
y se detiene
súbitamente
en la oreja de papel?

¿Está, acaso, en este sitio de tinieblas,
bajo las camas,
en donde se reúnen
todos los zapatos de este mundo?

César Dávila Andrade 
Fondo pintura Georgia O’Keefee; foto César Dávila Andrade. fotomontaje por Homero y sus players

Benjamin, Walter. 2007. Walter Benjamin Obras LibroII/Vol 1. Madrid: Abada Editores.

Rivas, Vladimiro, El poema, piedra sacrificial del poeta (Sobre “Catedral salvaje” de César Dávila Andrade) Hispamérica , Dec., 2005, Año 34, No. 102 (Dec., 2005), pp. 29-

Poemas de Paula C. Riofrío

Inició su carrera escénica en el Laboratorio Malayerba. Ha participado como actriz y gestora en el IX Festival Internacional de Teatro Universitario, y como asistente logística y comunicación en el XIII Congreso Internacional: Literatura, memoria e imaginación de latinoamérica y el caribe. Dentro de la danza ha cursado las aulas del Frente de Danza Independiente, la Casa Malayerba y el Espacio Vazio. Participó en Efecto Mariposa; performance de clasura para el Programa Regional Combatir la violencia contra las mujeres en Latinoamérica, en El Otro Festival (Cuenca, 2019) y en Festival Inédito (Quito, 2020). Dentro del área literaria ha publicado uno de sus ensayos en La flecha de Zenón, 16 Ensayos sobre Franz Kafka (2017) y ha llevado a cabo el taller Rincón de Lectura (2016) y un taller híbrido, entre escritura y danza, Narrativa y Movimiento (2020) Actualmente forma parte del Taller Permanente De Investigación Escénica Klever Viera y desarrolla proyectos culturales con el Laboratorio de Excritura Rizomática

Espira
 Mi alma no brota peces
 Cómo flores heladas
 Fuiste muchas sonrisas
 Buscando ser mar.
 El mar sin palabras,
 Las figuras no vistas.
 En el estribo de un recuerdo,
 Los contornos gorjean,
 Las ramas se hunden
 En una pasividad cercana al olvido
 Destinados todos a escuchar por la noche,
 camellos crujiendo en la memoria.
Ascienda
 Discuten eternamente
 Nuestras almas abandonadas
 ¿ De qué tamaño han quedado los sueños?
 ¿ Y si recuerdo…
 que he garabateado con los dedos la aurora?
 La niebla cubre la ciudad
 Un manto de olvido
 Enmarco una sonrisa mientras los pedales suben la curva,
 Respiro filtrando las memorias de otro.
 Los espectros cargan con su propia altura
 En pleno día cae sobre nosotros la pregunta
 ¿ Quién tira de los pasajeros?
 El misterio fluye como saliva.
Mientras
 Fue marzo,
 Fue abril.
 Nos han arrancado el tacto.
 El calor de un cuerpo extendido en la luz.
 ¿Y dónde ha quedado el mar?
 Allá, en la costa.
 Perdido en su inmensa sonrisa.
 La flor silueta su incendio,
 Abre los ojos,
 Intenta escapar de su sombra.
 Danza, crepita y se agota.
Ilustración por Arianna Moyano

Máscaras Ecuador: Roy Sigüenza

Máscaras Ecuador es un podcast que se encuentra en la búsqueda de vidas y obras auténticas en nuestro país. Tenemos el gusto de presentar nuestra tercera Máscara de Ecuador: el gran poeta Roy Sigüenza, quien con amabilidad conversó con nosotros, reflexionó y nos permitió indagar en su pensamiento y en su obra, a propósito de su antología: Habilidad con los caballos editada por la USFQ y Severo Editorial y que reúne 30 años de poesía de Roy.

Este es un proyecto en colaboración especial de Homero y sus players  y el sitio de podcasts Máscaras.

Esperamos que disfruten de este episodio y que compartan nuestro entusiasmo por esta propuesta en sus redes sociales, para que más personas puedan escucharlo. Clik en el link para escuchar el episodio

Relatos en la resistencia por Juan Suárez Proaño

Nota preliminar——-Descarga directa de la plaquette al final de la entrada.

Para Homero y sus players es un verdadero honor y alegría ser una casa, un hogar para este material producido por Juan Suárez. Hace un año y un poco más, construimos una página web, un pequeño rincón que pueda hablar sobre temas que nos muevan, arte que nos mueva y también que nos conmueva. Hace un año que contamos historias y que damos cabida a experiencias, a testimonios, cuentos, crónica, poesía y trabajos visuales artísticos. Al principio era solo yo,- narrando y contando cosas-, ahora siento que somos muchos más. Y ahora, al leer y releer este texto de Juan Suárez Proaño, amigo y compañero, me convenzo de que contar es lo único que nos queda, luego de gritar, de correr, de estar en acción, me convenzo que contar es la fuerza motriz que acaba por devolvernos algo que ni las bombas, ni los perdigones, ni los toletazos, nos pueden arrebatar. Contar para no morir y también para no dejar morir. 

También siento que este material debería llegar a muchísimas más personas de las que podría hacerlo. Siento que esta publicación tendría que ser leída por todos, por todos aquellos que necesitan recordar y también por los que no creen necesitarlo, esos que con profundo odio y falta de empatía apuntaban su más profundo desprecio hacia la resistencia popular de Octubre de 2019, pero aquello es pedir peras al olmo. Como dije, solo nos resta contar, y para hacerlo se necesita voluntad y compromiso. Nosotros no tenemos capitales, no tenemos pautas, pero contamos con un lugar desde el cual pensar, desde dónde escribir, qué es igual a comer, caminar o jugar. Ningún rol de intelectuales, cosa rara y desdibujada,  como dice Juan: 

El papel que jugamos en las calles es el papel que el pueblo nos otorgue: cargar cartones, empujar llantas, buscar piedras, agitar banderas, resistir de pie, no dejarse atrapar.

«Somos el pueblo» decían los escudos que nos protegían. Y quizá eso mismo somos. Me interesa más la pregunta: qué parte soy de ese cuerpo que se llama pueblo: ¿su muela izquierda, su dedo meñique, su célula más ínfima, el centro de su retina?

Juan Suárez Proaño

Creo que no hubo dos Octubres, como nos dicen, hubo muchísimos más, de hecho, toda una multiplicidad de experiencias y vivencias de gente de a pie y gente que estaba metida en sus casas y gobernantes sin el mínimo de empatía que lanzaron una carnicería a las calles. Creer que hay dos versiones que pretenden posicionarse a partir del discurso histórico, solo muestra las tensiones y la polaridad que cada vez más se acentúa y contagia, lo cual hasta cierto punto autoriza la acción política.

De ahí la importancia del ejercicio de la memoria de cada uno, para romper esas fuerzas que pretenden legitimarse. La memoria, principalmente se edifica a partir del testimonio, es decir de una construcción vivencial que expresa una subjetividad personal, un ‘‘yo estuve ahí’’ por eso puedo reconstruir lo pasado, desde mi visión del mundo. Esta confianza en la palabra del otro, dice Ricoeur, cuando la confrontamos con otros testimonios y además se la escribe, entra entonces en el umbral de la historia, y con ello, de la formación del documento, como memoria colectiva, que de alguna manera amplia los umbrales del testimonio y lo afianza. 

Los libros como artefactos culturales construyen un documento de memoria colectiva que otorga seguridad a esa testimonialidad, y de alguna forma la historiza también para el futuro. Después de todo, cada uno adopta esa memoria colectiva como suya, también para criticarla. Mientras más ejercicios de memoria podamos construir, mientras más Octubres se puedan recordar (seleccionar) será más fácil establecer matices en esa polaridad. 

Juan Suárez Proaño, poeta y editor, nos narra su testimonio, su subjetividad, su memoria, su visión desde los lugares en que estuvo, nos habla de personas, de momentos, de mentiras oficiales, pero también retrata sonrisas, estados de ánimo, colores, texturas, formas que solo un poeta podría vislumbrar en el caos, en la muerte. En Mujeres 1, por ejemplo, leemos: 

«Vos me disparas, yo te doy de comer» grita una indígena, señalando a las terrazas, donde permanecen inmóviles los policías. «¿Por qué me disparas? ¿No te ves la cara, no te ves el apellido?» los incrimina, mientras otras mujeres a su alrededor siguen con la tarea de arrojar frutas y maíz. «Mira el color de tu cara y date cuenta. Mírate la carita. Somos lo mismo. Yo vengo a darte de comer, vengo a pedirte que me respetes. Y vos quieres matarme».

Juan Suárez Proaño

Juan tiene una escritura que nos transporta y cobija, desde diferentes subcapítulos como: Funerales, Pañuelo, Cacerola, etc la narración se desarrolla a partir de elementos insignificantes a simple vista, pero que admiten una potencia que emergen en todos y todas quienes estuvieron ahí. Captar ese movimiento secreto en los objetos, en los cuerpos que corren, que protegen que luchan, sea el mérito mayor de este texto. 

Esta memoria no se perderá nunca, fluye como un arroyo de páramo

y el páramo es el lugar en donde el tiempo es mi hermano. 

René Gordillo Vinueza

Homero y sus players

Arenga de los pájaros por Francisco Trejo

Francisco Trejo (Ciudad de México, 1987) es poeta, ensayista, investigador y editor. Maestro en Literatura Mexicana Contemporánea por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y licenciado en Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

Cofundador y director de Nueva York Poetry Review. Autor de Derrotas. Conversaciones con cuatro poetas del exilio latinoamericano en México (2019), Penélope frente al reloj (2019), Balada con dientes para dormir a las muñecas (2018), De cómo las aves pronuncian su dalia frente al cardo (2018), Canción de la tijera en el ovillo (2017/2020), Epigramas inscritos en el corazón de los hoteles (2017), El tábano canta en los hoteles (2015), La cobija de Ares (2013) y Rosaleda (2012). Una muestra de su obra está incluida en la Antología general de la poesía mexicana. Poesía del México actual. De la segunda mitad del siglo XX a nuestros días (2014). Entre otros reconocimientos, obtuvo el VIII Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2012, el XIII Premio Internacional Bonaventuriano de Poesía 2017 y el VI Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2019.

1.        El peso del aire

En las alturas, después de romper el viento durante horas, las alas de las aves pierden brío. Se aletarga su pequeño cuerpo y se abandonan a la forma de la cruz con la que, en un sutil giro de cabeza, son capaces de observar el océano inconmensurable, hipnotizador. “Otro cielo”, se dicen a sí mismas, en el trance, y ansían atravesar la gran mancha para dejar de sentir el peso del aire sobre sus plumas. El recuerdo de sus nidos prevalece. La esperanza del retorno es su único alimento. Por eso no caen aquellos pájaros que son un eclipse en parvada, o el humo desperdigado de un incendio. Cualquiera juraría que si cae uno, cae un ciento junto con él, porque van a un ritmo semejante al que construyen las olas del mar, sin despegarse una de otra, incesantes. Todo está conectado en el universo: el corazón de los paserios y el pulso de otro cuerpo a la distancia, el río enfermo de fatiga y los árboles estirados en sus hondos bostezos. Si alguno de estos pájaros se soltara del aire, el exilio no sería más grande que la muerte.

2.       Breve descripción de los hechos

El sol se asomó pálido al país, como un acéfalo. Cientos de sombras marcharon por las calles y entraron a las casas con armamento militar. De rodillas, hombres y mujeres fueron separados de sus nombres y navegaron por el río púrpura con un número en la frente. Es difícil hablar, señor reportero. A veces dudo de lo que digo, pero, ¿cómo negar el quiebre de huesos si tengo en las manos algunos dientes de los míos? Como decía, señor, estas perlas en mis manos son las semillas que conservo para no morir sin razón. Usted sabe que estoy intentando decir. Y esto es como irme  enterrando poco a poco. Cada palabra que le digo es el peso que me sumerge a las entrañas de mi tumba. Ya no importa. No me queda más que esta lengua en voz baja… Por último, recuerdo que los pájaros huyeron. Sólo ellos lograron salir. Dejaron sus nidos como cuencas de ojos en el bosque sin testigos. Los pájaros sabrán decir más que yo. Sé que lo harán. Cuando crucen el océano, cantarán este dolor que yo no puedo.

3.       Arenga

¿Cuántos de ustedes, pájaros temerarios, han mirado el precipicio, en vez de saludar al horizonte o a la montaña? Es un riesgo mirar lo sidéreo y el mar, porque las estrellas nos recuerdan nuestra casa y la bravura del agua la ventana de la muerte. Les diré, hermanos y hermanas, que si miran las aguas, piensen que cada pluma suya servirá para escribir los himnos nuevos, porque ya volamos sobre nuestras amargas elegías. El peso del aire es también el peso de los sueños y el porvenir. Sin embargo, ¡oh, aves de trino lastimado!, si miran las olas en aquella orilla, sigan el ejemplo de las tortugas. Tomen en cuenta que ellas se fueron al nacer, en el instante preciso de la luz, y volvieron siendo islas, grandes animales con el corazón atado a la playa donde alguna vez fueron, como nosotros, agua en cascarón agonizante. Miren a las tortugas que se marchan de nuevo por el mar –cielo invertido– porque ya dejaron encintas las arenas.

Collage por Estefany Nicole Vaca – Ig: @enbusquedadealgo @esnivasa – Arenga de los pájaros- Francisco Trejo

Mañana o pasado, movimiento para recordar.

El cuerpo para vaciar, para completar, para residir en los espacios que nos movemos, que cruzamos y que recordamos. A partir de la danza, Juan José Pozo nos brinda un Octubre diferente, en el que el testimonio se vuelve texto-cuerpo. En ese sentido, aquellos movimientos de pies, cabeza, manos, respiración se vuelven memoria directa frente a la historia oficial, que de alguna manera está enclaustrada en las palabras, en el lenguaje, pero ahí es donde lo corporal puede irrumpir, no para representar, sino para presentar un instante de vida, que está sucediendo frente al pasado inmutable.

¿Qué múltiples potencias se encierran en los sentidos, en los espacios? El cuerpo del danzante se vuelve contenido y contenedor de lo que toca, se vuelve otros cuerpos también, se brinda y nos brinda. El danzante se halla en cada tendón que libera, como el poema, su movimiento es un enunciado de la realidad, porque lo experimentamos en el ahora, como el poema, siempre es revolucionario, porque existe en todos nosotros.

Proyecto personal enfocado en la resignificación de espacios públicos expuestos a una situación de violencia. Quito-Ecuador. Dedicado a quienes, de una u otra forma, participaron en las protestas de octubre de 2019. Agradecimiento especial a Yolanda Albornoz.

Juan José Pozo

La Cadena, un relato de Vinicio Encalada

Por Vinicio Encalada (Otavalo, 1989) Estudió Comercio Exterior, escribe por vocación.

Ernesto tenía 15 años cuando le regalaron a su perro Chili, un San Bernardo gigante que había nacido sin la pata delantera izquierda, y con un muñón como extremidad. Tenía los ojos más bien grises  y un pelaje blanco, con un dorado pálido que recordaba tardes de verano  aburridas. 

Cuando se lo regalaron, Chili era una bola regordeta, vaga y lagañosa, que se frotaba los ojos con su  muñón, y con una esperanza de vida de no mayor a quince días; debido a que Ernesto no lo alimentaría, sin  embargo, y bajo todo pronostico, Chili sobrevivió. 

¡Qué asco! -Huele a mierda- gritó su mamá cuando encontró un gran bulto marrón en medio de la estancia,  un gran bulto de San Bernardo de tres patas. 

A Ernesto no le pareció nada desagradable, así que ayudó a limpiar, colocó cuidadosamente los  residuos en una bolsa ziploc y lo guardó en el refrigerador, al llegar la noche se lo llevó a su cuarto  junto con una cuchara de helado. 

Ernesto llevaba una vida de clase media alta, su padre, un arquitecto retirado, vivía de las pensiones  de una empresa que fundó con colegas universitarios. 

Su madre vivía básicamente de su pasión por el vino, alcohólica funcional y decente, comercializaba  el mejor vino chileno con grandes catas, en salones privados donde era sacada a rastras una vez al  mes durante veinte años. 

De este modo, Ernesto pudo acceder a una educación privilegiada, sus padres le costearon un piso  cerca de la universidad, donde estudió ciencias políticas y arte, pero se licenciaría finalmente en arquitectura.  Su departamento era lo suficientemente amplio para él. Chili estaba a escasos diez minutos del  campus y a treinta minutos en metro de la casa de sus padres. 

Desde los 18 años que inició la universidad, hasta sus 27 cuando culminó, Ernesto dio rienda suelta  a imaginar un mundo gourmet para las deposiciones de su perro, los  acompañaba de ensaladas o carnes, se sentía incómodo cuando salía a pasear con Chili y debía dejar  todo su festín en el basurero. 

Desde los 25 años, Ernesto había conseguido novia, no le prestaba el menor interés. La conoció en  artes, sin embargo, Clarita lo apoyaba y le decía que le parecía una demostración de unión universal su gusto por las heces de Chili -son uno solo-  repetía. 

Chili falleció cuando Ernesto tenía 26 años, Clarita estuvo con él. 

Ella ahora vive con Ernesto, los dos tienen 28 años, ayer Ernesto le pidió que no jale la cadena  cuando termine de cagar. 

Fotomontaje por Homero y sus players: Imagen- After the bath Edvard Munch – Inodoro – imagen referencial

Poemas de Juan Romero Vinueza

Juan Romero Vinueza (Quito, Ecuador, 1994)

Estudió Literatura en la PUCE. Maestrante de Literatura Hispanoamericana en la UG (Gto. México). Co-editor de Cráneo de Pangea. Ha colaborado con las revistas: POESÍA de la Universidad de Carabobo (Venezuela), Jámpster (Chile), Transtierros (Perú) y Liberoamérica (España). Ha publicado en poesía: Revólver Escorpión (La Caída, 2016), 39 poemas de mierda para mi primera esposa (Turbina, 2018; Ediciones Liliputienses, 2020) y Dämmerung [o cómo reinventar a los ídolos] (Ediciones Liliputienses, 2019), que obtuvo la Mención de Honor del Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade 2019. Compiló, con Abril Altamirano, Despertar de la hydra: antología del nuevo cuento ecuatoriano (La Caída, 2017), obra ganadora del incentivo de los Fondos Concursables 2016-2017, organizados por el Ministerio de Cultura y Patrimonio del Ecuador. Compiló y tradujo, con Kimrey Anna Batts, País Cassava / Casabe Lands (La Caída, 2017).

La orquesta filarmónica de Carson o un hombre en llamas corriendo a gran velocidad
 
quisiera ser
un hombre en llamas corriendo a gran velocidad
& digo “quisiera” porque quizás es imposible
tal vez mi poesía no pueda correr
no pueda sentir la velocidad
no pueda sobrevivir a las llamas
o tal vez ni siquiera represente a un hombre
(o algo vivo o algo que piense & sienta)
 
digo “quisiera” porque retrato un dolor que
no existe más allá de una página que acabo de romper
& digo “quisiera” porque mi voz se parte con cada palabra
que busco pronunciar mientras estoy dentro de una llamarada
& digo “quisiera” porque mi razón es más ausente que hueso
es más baúl que caja de cigarrillos a precio de oferta
& digo “quisiera” porque toda una vida cabe en dos líneas
o quizás en una si logramos la concreción necesaria
 
digo “quisiera” porque la indefinición me hace libre
las flores no piensan en la felicidad & por eso son tan felices
los animales no piensan en su muerte & por eso mueren tranquilos
sin esa preocupación / todo el peso que cargamos con 
nosotros es nuestra propia culpa: ¡viva la especie racional!
 
corro entre las llamas / sí / pero no sé si merezca la
denominación de hombre / mucho menos la de poema
corro entre las llamas a gran velocidad & solo puedo pensar
en cuánto tiempo más tardaré en ser llamado hombre
¿cuánto más necesito para ser un hombre? ¿puedo hacerme
trampas en esto también? lo más probable es que no &
no importa mucho / siempre digo “quisiera” porque de esa
forma afirmo claramente que querer no siempre es poder
 
soy un hombre en llamas que corre a gran velocidad por los márgenes
de este poema / soy un hombre en llamas que corre por los márgenes
de este poema / soy un hombre que es los márgenes de este poema /
un hombre es un poema / soy un hombre / soy un poema / soy un

De Dämmerung [o cómo reinventar a los ídolos] (Liliputienses, 2019)
Collage por Estefany Vaca, especialmente para el poema :La orquesta filarmónica de Carson o un hombre en llamas corriendo a gran velocidad de Juan Romero Vinueza
un poema x
un poema no necesita tener un significado y,
 como muchas de las cosas de la naturaleza,
a menudo no lo tiene.
(adagia, wallace stevens)
x
puede ser
una letra / una palabra / una incógnita / un universo
o incluso un poema que busca remitirse a cualquier cosa
 
no hace falta que exista un fin exclusivo
para el poema que se busca a sí mismo debajo de una piel
ni siquiera hace falta que se piense en si existe una meta
a la cual un poema x se planteó llegar desde un principio
 
lo único
que le hace falta al poema
(se llame o no se llame x)
es comprender que
lo que ha hecho la poesía durante toda la historia
ha sido básicamente darle vueltas al asunto del ser
 
de si es o no es poesía esto en lo que la hemos convertido
de si se debe o no se debe respetar
a sus padres / abuelos / y / así / ad infinitum
de si en verdad la poesía no debe ser un reflejo de sí misma
o si debe salir de los más bellos y mejores sentimientos del hombre
(no funciona así, pero hay gente que en verdad se lo plantea)
 
si nos fijamos bien
–como lectores atentos que suponemos ser–
caeremos en la cuenta de que
un poema x es / a la vez / todos los poemas
 
si la variable x no tiene
más variables con las que se pueda
formular una ecuación coherente
y / por supuesto / lógicamente desarrollada
x podría ser cualquier cosa
 
tal como ha venido siendo la poesía
y la vida de los seres humanos
 
 De 39 poemas de mierda para mi primera esposa (Turbina, 2018)
Niñozombie Rodinás o tres apuntes para desarmar a un post humano
 
1.     hace falta repensar el lenguaje pero sería mejor fingir
ser un oso panda y así reconocer que se ha perdido algo
que podría ser unos lindos parches de pirata fantasma
esto indudablemente no significaría lo mismo que poder
adquirir un boleto de avión para dirigirse a Kurdistán
porque los viajes a ninguna parte son mejores que los tours
de descuentos que las agencias de viajes ofrecen diariamente
pero ¿cuál es la necesidad de viajar a un lugar inexistente
si al recapacitar se descubre que se ha nacido en una patria
que es más bien un bonito paisaje que quiere sentirse mapa?
lo que se busca es un lenguaje apátrida o una palabra nómada
que sea sobre todo un color inclasificable dentro de una gama
inclaudicable de sonidos que están dando vueltas en la mente
pero sería mejor que le sucediera lo que le pasa a un panda
que cae de los árboles sin rasguños sin romperse un solo hueso
digo que la patria sea un lenguaje invisible & que el lenguaje
sea una coalición de fuerzas que no se piensan como hermanas
que cualquier palabra se mire a sí misma & se cuestione ante todo
 
2.     hace falta leer poemas pre ciborgs o post humanos sin rechistar
o quizás sea mejor comer naranjas azules encontradas en un basurero
imaginario lleno de nostalgia (¿o eran orquídeas?) desvencijada por el
poco interés del público refinado & conocedor de la poesía que
se debería leer / por eso es mejor ser un pájaro-verso que escupa
espadas & cruce mares aunque en realidad lo único que busque
sea aterrizar en unos wasted poems afincados en una memoria
que jamás fue del todo correcta: afuera todo es verdad / adentro
todo podría ser falso porque depende de una palabra escondida
de un sonido bonito de un poema corto que no cante a las grandes
verdades de américa ni que busque una formulación histórica de
lo que podría ser leído como un gran poema de una generación nula
 
3.     hace falta sembrar hojas de afeitar en un terreno baldío para amagar
que se cosecha algo / para dizque hacer algo productivo en la vida:
hay que pensar que las hojas de afeitar reemplazarán al revólver escorpión
se puede creer que Proteo algún día se mostrará como un gran poema
pero hasta eso se debe buscar pirámides de fuego / o manchar hojas & que
no salga ni espuma / o mejor aún / es necesario soñar que se es un sueño
o incluso que se es poeta: pero desesperarse porque quizás no se sea más
que mal pensamiento de un niño demiurgo que no sabe atarse los cordones

De Dämmerung [o cómo reinventar a los ídolos] (Liliputienses, 2019)
Fotomontaje por Homero y sus players: Fondo paisaje Georgia O’Keeffe , Agricultor: The veteran in a new field Winslow Homer; Hojas de afeitar : imagen referencial
un poema infinito
un poema
es una reinvención de sí mismo
o de otros poemas
 
ergo:
el poeta que no crea
su propio diccionario
no tiene universo
 
el niño que quiso ser poeta
recapacitó cuando vio que
podía romper cráneos
sin decir una sola palabra
(para eso existen las piedras)
 
además entendió que
la única forma de construir un poema
es recogiendo las piedras que
han roto los vitrales de las iglesias
 
uniéndolas todas con amor y esmero
(risas por parte del niño)
hasta crear una bomba silente
 
luego, obviamente,
habría que arrojarla al vacío
o a algo que se le parezca
 
De 39 poemas de mierda para mi primera esposa (Turbina, 2018)
Nunca escuché al señor Simic o comerse a los antepasados aunque se hayan cambiado de nombre
 
“la historia no miente” o eso es lo que dicen
los que la escribieron / pero tanto en la historia
como en la poesía las personas han optado por
cambiar sus nombres como una forma de borrarse
en la sociedad que los está acogiendo ahora
o tal vez para no levantar sospechas extrañas de por qué
hay un extranjero en un lugar tan irrelevante como este
pero borrarse del mundo no es algo simple ni sencillo
mucho menos cuando eres el resultado de una lista de
personas que borraron sus nombres & se inventaron a sí
mismas nuevamente con otra mitología & otros sonidos
rastrearlos ya no es una opción / porque sería imposible
los nombres que los configuraban ya han perdido significado
lo único que te queda para dizque saber algo de ellas es
sentir que vuelves a ser parte de un nombre que no te pertenece
más allá de un plato de papas con cuero o una chanfaina bien
calientita / que la comes con gusto pero también con el miedo
de saber que en el fondo eso que haces es un acto de canibalismo

 De Dämmerung [o cómo reinventar a los ídolos] (Liliputienses, 2019)
 
Fotomontaje por Homero y sus players : Goya : Saturno devorando a su hijo ; Papas con cuero, imagen referencial

Dos relatos de Nicolás Esparza

 Narrador, acaso poeta; docente de Literatura en nivel medio; estudiante de Literatura en la Universidad de las Artes; autor de YOSOYELMAL (Dadaif cartonera, 2017), aparece en la antología Despertar de la Hydra: antología del nuevo cuento ecuatoriano (La Caída, 2017), y Ataúd en llamas. Testimonios de escritores en el Guayaquil de la pandemia (Mecánica Giratoria y U Artes Ediciones, 2020), también en revistas de literatura, como Tangente, Letralia y Rocinante. Antisistema. Miembro impúdico de La Cofradía.

Redes personales:

Ig: nicolasesparza_

Tw: @enejotaede

Cofradía:Fb: lacofradiaec

Yisus hace magia (Vol. 1)  

Oh I am my own damn god.
Ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha
Modest Mouse – This devil’s workday

Sucede que uno de estos benditos días, cuando el cielo refulgía con el brillo de las estrellas que  le habitan, se encontraba el joven Yisus, heredero del trono que gobierna al reino más  inabarcable del mundo, descubriendo las posibilidades de su cuerpo. Luego de explorar los  placeres de la masturbación y la mutilación y posteriormente aburrirse de ellas, el joven Yisus  comenzó a imitar las posiciones y siluetas de los animales que habían logrado ingresar al arca de  Noé: estando en cuatro patas, alargó, tanto como pudo, su cuello y también sus extremidades  para volverse una jirafa; luego, todo Él se encogió, cuello y patas incluídas, hasta volverse un  gatito. Mientras procuraba emular que arañaba y aruñaba amenazando a una planta que tenía casi  al frente, sin querer la transformó en una piedrita.

El joven Yisus se sorprendió sobremanera.  Volvió a su estado antropomórfico. Una mueca extraña se esbozó en su divino rostro. Pensó que  podía divertirse un rato apareciendo y desapareciendo elementos a su alrededor. Además, podría  modificarlos. Pero, a pesar de sus tiernas ideas, la voz de su Padre surgió con brío en su cabeza:  la amenaza inminente de nunca jugar con lo que su cuerpo podía hacer. Yisus, sin embargo,  mandó al carajo la advertencia del Padre. Dispuesto a divertirse un ratito en la privacidad de su  cuarto, el inquieto Yisus dio rápidamente dos vueltas sobre sí mismo y, al término, remató con  dos aplausos. Su túnica y su barbita incipiente, de joven que abandona la adolescencia,  desaparecieron. En su lugar, vestía un poncho largo, con motivos precolombinos. Su piel judía  adquirió un tono cobrizo. 《¿Moctezuma o Atahualpa?》, pensó, mientras se procuraba un  nombre.

A la alfombra que estaba paralela a su cama la vio de reojo y, luego de dos aplausos, la  señaló con el índice de su derecha y la alfombra levitó. Satisfecho de las posibilidades de sus  facultades y de sus talentos, el travieso Yisus tomó dos animalitos de juguete que tenía, un  caracolito verde y húmedo y un osito polar tiernísimo, y se propuso disponer para su ocio una  charla filosófico-literaria con ambos. Él se sabía algunas parábolas. Podría impresionarles.  Montó su alfombra mágica y, moviendo las manos como si dirigiera una orquesta, amplificó el  tamaño del osito y el del caracolito y los transformó, respectivamente, en un oso contrabajista y  un caracol escritor. Maravillado, Yisus ofreció café y dulces de fruta de temporada a sus nuevos  amigos. Con pretensiones altamente intelectuales, comenzó a entablar un diálogo de gran  envergadura con ambos invitados sobre la naturaleza ontológica del arte y la cruci-ficción. De  repente, una nube enorme emergió de la Nada. Era su Padre. Una paloma pequeña volaba  apaciblemente tras la nube. El joven Yisus hizo caso omiso a la presencia de su Padre. Tal  parecía ser que hasta el Espíritu Santo había venido a observarlo y reprenderlo. 

-¡Jesús!  

-Me llamo Yisus. Y, ahora, Moctezuma.  

Dios miró y no aceptó ese holocausto. Lo puteó y lo mandó a la verga. El joven Yisus, autónomo  y diligente, se cabreó, pues quería su espacio. Recordando que podía acceder a su magia y su  cuerpo enterito en el Infierno, decidió rebelarse y se suicidó diciendo: 《Ñucanchic  huasipungo》, mientras veía de reojo a su Padre soltero por última vez, y descendía a lo  profundo del Infierno para hacer magia y desobedecer un ratito más. Yisus, joven heredero del  trono del reino más difuso, príncipe de piel cobriza, con alfombra mágica y animales  antropomórficos intelectuales, había logrado zafarse del yugo paternal que le pesaba desde  siempre y castraba sus acciones más divertidas. A la final, en el Infierno también podría contar  parábolas y ganar adeptos.  

Fotomontaje por Homero y sus players : Jesús en el monte de los olivos Goya- Fondo: Paisaje Georgia O’Keeffe – Magritte : La promesa

Léase despacio

(Crónica de un orgasmo)  

Tu vientre es una lucha de raíces,  

tus labios son un alba sin contorno.  

Bajo las rosas tibias de la cama  

los muertos gimen esperando turno.  

Federico García Lorca – Casida de la mujer tendida

  

Give me peace, love and a hard cock  

Tori Amos – Professional Widow

Todo el lugar parecía un completo desastre. Las sábanas se habían rebelado contra la  pulcritud y se fundían con las almohadas en un abrazo impúdico y húmedo. La habitación estaba  silente, solo los gemidos de hace unos momentos se ocultaban tras las motas de polvo que  brillaban a contraluz. Por las cortinas entreabiertas se filtraba el tímido brillo de la luz del  alumbrado público. Todo estaba ridículamente perfilado. Los objetos proyectaban fantásticas  sombras sobre el piso de madera pulida de la habitación. Cada una se prolongaba con la otra; por  instantes parecía que aún tuvieran movimiento. Los cuerpos permanecían yertos en la oscuridad.  La pequeña muerte había consumido toda su energía momentáneamente y resultaba imposible  descifrar el momento en el que despertaría.  

Su cuerpo se extendía libre y asimétrico como queriendo desdoblarse para escapar por los  dedos y obtener una panorámica del lugar. Sus labios se entreabrieron egoístamente luego de esa  nueva mirada al mundo y ovillaron el segundo Marlboro de la noche, el que encendió con cierta  delicia. La voluptuosidad de las bocanadas que producía en conjunción con el ritmo sincronizado  de su respirar despertaron una vez más en mí esas ansias de pureza que cualquiera de nosotros  siente en situaciones como esta, por lo que, sigilosamente, a tientas y con candela en las  extremidades, me aproximé, en una nueva tentativa de seducción. El humo fluía en el ambiente,  como cuando la lluvia recién empieza y todo es bello hasta que un relámpago ultraja la  tranquilidad. Mis manos se hundían en la humedad que se había impregnado en el colchón, sin  embargo mi empresa necesitaba ser emprendida hasta la cúspide del plan. Luego de rozar  delicadamente la tibieza del interior de sus muslos, proseguí el camino anteriormente trazado que  lleva a la ternura del fruto de las de su especie. Demostraban sus ojos cierta actitud intranquila,  empero plácida, de niña que abraza a sus muñecas para irse de vacaciones por un largo período.  Nos encontrábamos así, yo con la vista puesta entre sus muslos encendidos que formaban un  ángulo agudo y mi contraparte con la espalda horizontal y arqueada, en actitud gozosa, como  cuando nos preparamos a recibir el año nuevo. La salinidad líquida de su piel, a causa del pesado  ambiente infestado de cigarrillo y calor, se adhería a mi rostro lentamente y rodaba ociosa junto a la mía.

Ahora sus manos. Con todo mi ser metido hasta el tuétano en la maravilla del lado  interno de sus muslos no fui capaz de detener la locura de sus manos. El desierto de mi espalda  era colonizado por sus dedos, con suaves roces, intermitentes, voluptuosos. Sus manos se  dirigían en direcciones opuestas y complementarias, haciéndome sentir como un pedazo de  alfombra en el lobby de un gran edificio. Ahora sus pies. El ambiente veíase plagado de humo de  Marlboro y el calor magnificaba el dolor/placer de sus alaridos al retumbar contra los muebles de  la habitación. Como un futuro occiso que sufre de epilepsia, sus manos solitarias que navegaban  en mi espalda no divisaron el esplendor de la muerte; sólo fueron testigos del colapso brutal de  sus muslos, paralelos y hermosos enmarcando mi rostro, mientras su voz emulaba el épico  alarido de las sirenas y se apagaba entre jadeos efímeros. Haciendo un recorrido mental de los  perjuicios, imaginé dos tótems extendidos orgullosamente sobre el colchón, muestra innegable de  la presencia de esa muerte perfumada y de textura viscosa que nos invade el alma cuando nos  atrevemos a disfrutar de los placeres ocultos de la Filosofía del Tocador. 

Eran ya dos muertes en el mismo campo de batalla. Un nuevo desastre yacía silente sobre  las sábanas revueltas. Un brillo dorado de estrella se elevaba por entre los escombros del lecho:  el tercer cigarrillo de la velada. Había siete más por consumir.  

Fotomontaje por Homero y sus players: Fondo; Georgia Okeeffe : Calle de New York – Los amantes Chagall

 

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Elsye Suquilanda

writer, film maker, performance artist

Máscaras

A la busca de existencias auténticas