Arenga de los pájaros por Francisco Trejo

Francisco Trejo (Ciudad de México, 1987) es poeta, ensayista, investigador y editor. Maestro en Literatura Mexicana Contemporánea por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y licenciado en Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

Cofundador y director de Nueva York Poetry Review. Autor de Derrotas. Conversaciones con cuatro poetas del exilio latinoamericano en México (2019), Penélope frente al reloj (2019), Balada con dientes para dormir a las muñecas (2018), De cómo las aves pronuncian su dalia frente al cardo (2018), Canción de la tijera en el ovillo (2017/2020), Epigramas inscritos en el corazón de los hoteles (2017), El tábano canta en los hoteles (2015), La cobija de Ares (2013) y Rosaleda (2012). Una muestra de su obra está incluida en la Antología general de la poesía mexicana. Poesía del México actual. De la segunda mitad del siglo XX a nuestros días (2014). Entre otros reconocimientos, obtuvo el VIII Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2012, el XIII Premio Internacional Bonaventuriano de Poesía 2017 y el VI Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2019.

1.        El peso del aire

En las alturas, después de romper el viento durante horas, las alas de las aves pierden brío. Se aletarga su pequeño cuerpo y se abandonan a la forma de la cruz con la que, en un sutil giro de cabeza, son capaces de observar el océano inconmensurable, hipnotizador. “Otro cielo”, se dicen a sí mismas, en el trance, y ansían atravesar la gran mancha para dejar de sentir el peso del aire sobre sus plumas. El recuerdo de sus nidos prevalece. La esperanza del retorno es su único alimento. Por eso no caen aquellos pájaros que son un eclipse en parvada, o el humo desperdigado de un incendio. Cualquiera juraría que si cae uno, cae un ciento junto con él, porque van a un ritmo semejante al que construyen las olas del mar, sin despegarse una de otra, incesantes. Todo está conectado en el universo: el corazón de los paserios y el pulso de otro cuerpo a la distancia, el río enfermo de fatiga y los árboles estirados en sus hondos bostezos. Si alguno de estos pájaros se soltara del aire, el exilio no sería más grande que la muerte.

2.       Breve descripción de los hechos

El sol se asomó pálido al país, como un acéfalo. Cientos de sombras marcharon por las calles y entraron a las casas con armamento militar. De rodillas, hombres y mujeres fueron separados de sus nombres y navegaron por el río púrpura con un número en la frente. Es difícil hablar, señor reportero. A veces dudo de lo que digo, pero, ¿cómo negar el quiebre de huesos si tengo en las manos algunos dientes de los míos? Como decía, señor, estas perlas en mis manos son las semillas que conservo para no morir sin razón. Usted sabe que estoy intentando decir. Y esto es como irme  enterrando poco a poco. Cada palabra que le digo es el peso que me sumerge a las entrañas de mi tumba. Ya no importa. No me queda más que esta lengua en voz baja… Por último, recuerdo que los pájaros huyeron. Sólo ellos lograron salir. Dejaron sus nidos como cuencas de ojos en el bosque sin testigos. Los pájaros sabrán decir más que yo. Sé que lo harán. Cuando crucen el océano, cantarán este dolor que yo no puedo.

3.       Arenga

¿Cuántos de ustedes, pájaros temerarios, han mirado el precipicio, en vez de saludar al horizonte o a la montaña? Es un riesgo mirar lo sidéreo y el mar, porque las estrellas nos recuerdan nuestra casa y la bravura del agua la ventana de la muerte. Les diré, hermanos y hermanas, que si miran las aguas, piensen que cada pluma suya servirá para escribir los himnos nuevos, porque ya volamos sobre nuestras amargas elegías. El peso del aire es también el peso de los sueños y el porvenir. Sin embargo, ¡oh, aves de trino lastimado!, si miran las olas en aquella orilla, sigan el ejemplo de las tortugas. Tomen en cuenta que ellas se fueron al nacer, en el instante preciso de la luz, y volvieron siendo islas, grandes animales con el corazón atado a la playa donde alguna vez fueron, como nosotros, agua en cascarón agonizante. Miren a las tortugas que se marchan de nuevo por el mar –cielo invertido– porque ya dejaron encintas las arenas.

Collage por Estefany Nicole Vaca – Ig: @enbusquedadealgo @esnivasa – Arenga de los pájaros- Francisco Trejo

Mañana o pasado, movimiento para recordar.

El cuerpo para vaciar, para completar, para residir en los espacios que nos movemos, que cruzamos y que recordamos. A partir de la danza, Juan José Pozo nos brinda un Octubre diferente, en el que el testimonio se vuelve texto-cuerpo. En ese sentido, aquellos movimientos de pies, cabeza, manos, respiración se vuelven memoria directa frente a la historia oficial, que de alguna manera está enclaustrada en las palabras, en el lenguaje, pero ahí es donde lo corporal puede irrumpir, no para representar, sino para presentar un instante de vida, que está sucediendo frente al pasado inmutable.

¿Qué múltiples potencias se encierran en los sentidos, en los espacios? El cuerpo del danzante se vuelve contenido y contenedor de lo que toca, se vuelve otros cuerpos también, se brinda y nos brinda. El danzante se halla en cada tendón que libera, como el poema, su movimiento es un enunciado de la realidad, porque lo experimentamos en el ahora, como el poema, siempre es revolucionario, porque existe en todos nosotros.

Proyecto personal enfocado en la resignificación de espacios públicos expuestos a una situación de violencia. Quito-Ecuador. Dedicado a quienes, de una u otra forma, participaron en las protestas de octubre de 2019. Agradecimiento especial a Yolanda Albornoz.

Juan José Pozo

La Cadena, un relato de Vinicio Encalada

Por Vinicio Encalada (Otavalo, 1989) Estudió Comercio Exterior, escribe por vocación.

Ernesto tenía 15 años cuando le regalaron a su perro Chili, un San Bernardo gigante que había nacido sin la pata delantera izquierda, y con un muñón como extremidad. Tenía los ojos más bien grises  y un pelaje blanco, con un dorado pálido que recordaba tardes de verano  aburridas. 

Cuando se lo regalaron, Chili era una bola regordeta, vaga y lagañosa, que se frotaba los ojos con su  muñón, y con una esperanza de vida de no mayor a quince días; debido a que Ernesto no lo alimentaría, sin  embargo, y bajo todo pronostico, Chili sobrevivió. 

¡Qué asco! -Huele a mierda- gritó su mamá cuando encontró un gran bulto marrón en medio de la estancia,  un gran bulto de San Bernardo de tres patas. 

A Ernesto no le pareció nada desagradable, así que ayudó a limpiar, colocó cuidadosamente los  residuos en una bolsa ziploc y lo guardó en el refrigerador, al llegar la noche se lo llevó a su cuarto  junto con una cuchara de helado. 

Ernesto llevaba una vida de clase media alta, su padre, un arquitecto retirado, vivía de las pensiones  de una empresa que fundó con colegas universitarios. 

Su madre vivía básicamente de su pasión por el vino, alcohólica funcional y decente, comercializaba  el mejor vino chileno con grandes catas, en salones privados donde era sacada a rastras una vez al  mes durante veinte años. 

De este modo, Ernesto pudo acceder a una educación privilegiada, sus padres le costearon un piso  cerca de la universidad, donde estudió ciencias políticas y arte, pero se licenciaría finalmente en arquitectura.  Su departamento era lo suficientemente amplio para él. Chili estaba a escasos diez minutos del  campus y a treinta minutos en metro de la casa de sus padres. 

Desde los 18 años que inició la universidad, hasta sus 27 cuando culminó, Ernesto dio rienda suelta  a imaginar un mundo gourmet para las deposiciones de su perro, los  acompañaba de ensaladas o carnes, se sentía incómodo cuando salía a pasear con Chili y debía dejar  todo su festín en el basurero. 

Desde los 25 años, Ernesto había conseguido novia, no le prestaba el menor interés. La conoció en  artes, sin embargo, Clarita lo apoyaba y le decía que le parecía una demostración de unión universal su gusto por las heces de Chili -son uno solo-  repetía. 

Chili falleció cuando Ernesto tenía 26 años, Clarita estuvo con él. 

Ella ahora vive con Ernesto, los dos tienen 28 años, ayer Ernesto le pidió que no jale la cadena  cuando termine de cagar. 

Fotomontaje por Homero y sus players: Imagen- After the bath Edvard Munch – Inodoro – imagen referencial

Poemas de Juan Romero Vinueza

Juan Romero Vinueza (Quito, Ecuador, 1994)

Estudió Literatura en la PUCE. Maestrante de Literatura Hispanoamericana en la UG (Gto. México). Co-editor de Cráneo de Pangea. Ha colaborado con las revistas: POESÍA de la Universidad de Carabobo (Venezuela), Jámpster (Chile), Transtierros (Perú) y Liberoamérica (España). Ha publicado en poesía: Revólver Escorpión (La Caída, 2016), 39 poemas de mierda para mi primera esposa (Turbina, 2018; Ediciones Liliputienses, 2020) y Dämmerung [o cómo reinventar a los ídolos] (Ediciones Liliputienses, 2019), que obtuvo la Mención de Honor del Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade 2019. Compiló, con Abril Altamirano, Despertar de la hydra: antología del nuevo cuento ecuatoriano (La Caída, 2017), obra ganadora del incentivo de los Fondos Concursables 2016-2017, organizados por el Ministerio de Cultura y Patrimonio del Ecuador. Compiló y tradujo, con Kimrey Anna Batts, País Cassava / Casabe Lands (La Caída, 2017).

La orquesta filarmónica de Carson o un hombre en llamas corriendo a gran velocidad
 
quisiera ser
un hombre en llamas corriendo a gran velocidad
& digo “quisiera” porque quizás es imposible
tal vez mi poesía no pueda correr
no pueda sentir la velocidad
no pueda sobrevivir a las llamas
o tal vez ni siquiera represente a un hombre
(o algo vivo o algo que piense & sienta)
 
digo “quisiera” porque retrato un dolor que
no existe más allá de una página que acabo de romper
& digo “quisiera” porque mi voz se parte con cada palabra
que busco pronunciar mientras estoy dentro de una llamarada
& digo “quisiera” porque mi razón es más ausente que hueso
es más baúl que caja de cigarrillos a precio de oferta
& digo “quisiera” porque toda una vida cabe en dos líneas
o quizás en una si logramos la concreción necesaria
 
digo “quisiera” porque la indefinición me hace libre
las flores no piensan en la felicidad & por eso son tan felices
los animales no piensan en su muerte & por eso mueren tranquilos
sin esa preocupación / todo el peso que cargamos con 
nosotros es nuestra propia culpa: ¡viva la especie racional!
 
corro entre las llamas / sí / pero no sé si merezca la
denominación de hombre / mucho menos la de poema
corro entre las llamas a gran velocidad & solo puedo pensar
en cuánto tiempo más tardaré en ser llamado hombre
¿cuánto más necesito para ser un hombre? ¿puedo hacerme
trampas en esto también? lo más probable es que no &
no importa mucho / siempre digo “quisiera” porque de esa
forma afirmo claramente que querer no siempre es poder
 
soy un hombre en llamas que corre a gran velocidad por los márgenes
de este poema / soy un hombre en llamas que corre por los márgenes
de este poema / soy un hombre que es los márgenes de este poema /
un hombre es un poema / soy un hombre / soy un poema / soy un

De Dämmerung [o cómo reinventar a los ídolos] (Liliputienses, 2019)
Collage por Estefany Vaca, especialmente para el poema :La orquesta filarmónica de Carson o un hombre en llamas corriendo a gran velocidad de Juan Romero Vinueza
un poema x
un poema no necesita tener un significado y,
 como muchas de las cosas de la naturaleza,
a menudo no lo tiene.
(adagia, wallace stevens)
x
puede ser
una letra / una palabra / una incógnita / un universo
o incluso un poema que busca remitirse a cualquier cosa
 
no hace falta que exista un fin exclusivo
para el poema que se busca a sí mismo debajo de una piel
ni siquiera hace falta que se piense en si existe una meta
a la cual un poema x se planteó llegar desde un principio
 
lo único
que le hace falta al poema
(se llame o no se llame x)
es comprender que
lo que ha hecho la poesía durante toda la historia
ha sido básicamente darle vueltas al asunto del ser
 
de si es o no es poesía esto en lo que la hemos convertido
de si se debe o no se debe respetar
a sus padres / abuelos / y / así / ad infinitum
de si en verdad la poesía no debe ser un reflejo de sí misma
o si debe salir de los más bellos y mejores sentimientos del hombre
(no funciona así, pero hay gente que en verdad se lo plantea)
 
si nos fijamos bien
–como lectores atentos que suponemos ser–
caeremos en la cuenta de que
un poema x es / a la vez / todos los poemas
 
si la variable x no tiene
más variables con las que se pueda
formular una ecuación coherente
y / por supuesto / lógicamente desarrollada
x podría ser cualquier cosa
 
tal como ha venido siendo la poesía
y la vida de los seres humanos
 
 De 39 poemas de mierda para mi primera esposa (Turbina, 2018)
Niñozombie Rodinás o tres apuntes para desarmar a un post humano
 
1.     hace falta repensar el lenguaje pero sería mejor fingir
ser un oso panda y así reconocer que se ha perdido algo
que podría ser unos lindos parches de pirata fantasma
esto indudablemente no significaría lo mismo que poder
adquirir un boleto de avión para dirigirse a Kurdistán
porque los viajes a ninguna parte son mejores que los tours
de descuentos que las agencias de viajes ofrecen diariamente
pero ¿cuál es la necesidad de viajar a un lugar inexistente
si al recapacitar se descubre que se ha nacido en una patria
que es más bien un bonito paisaje que quiere sentirse mapa?
lo que se busca es un lenguaje apátrida o una palabra nómada
que sea sobre todo un color inclasificable dentro de una gama
inclaudicable de sonidos que están dando vueltas en la mente
pero sería mejor que le sucediera lo que le pasa a un panda
que cae de los árboles sin rasguños sin romperse un solo hueso
digo que la patria sea un lenguaje invisible & que el lenguaje
sea una coalición de fuerzas que no se piensan como hermanas
que cualquier palabra se mire a sí misma & se cuestione ante todo
 
2.     hace falta leer poemas pre ciborgs o post humanos sin rechistar
o quizás sea mejor comer naranjas azules encontradas en un basurero
imaginario lleno de nostalgia (¿o eran orquídeas?) desvencijada por el
poco interés del público refinado & conocedor de la poesía que
se debería leer / por eso es mejor ser un pájaro-verso que escupa
espadas & cruce mares aunque en realidad lo único que busque
sea aterrizar en unos wasted poems afincados en una memoria
que jamás fue del todo correcta: afuera todo es verdad / adentro
todo podría ser falso porque depende de una palabra escondida
de un sonido bonito de un poema corto que no cante a las grandes
verdades de américa ni que busque una formulación histórica de
lo que podría ser leído como un gran poema de una generación nula
 
3.     hace falta sembrar hojas de afeitar en un terreno baldío para amagar
que se cosecha algo / para dizque hacer algo productivo en la vida:
hay que pensar que las hojas de afeitar reemplazarán al revólver escorpión
se puede creer que Proteo algún día se mostrará como un gran poema
pero hasta eso se debe buscar pirámides de fuego / o manchar hojas & que
no salga ni espuma / o mejor aún / es necesario soñar que se es un sueño
o incluso que se es poeta: pero desesperarse porque quizás no se sea más
que mal pensamiento de un niño demiurgo que no sabe atarse los cordones

De Dämmerung [o cómo reinventar a los ídolos] (Liliputienses, 2019)
Fotomontaje por Homero y sus players: Fondo paisaje Georgia O’Keeffe , Agricultor: The veteran in a new field Winslow Homer; Hojas de afeitar : imagen referencial
un poema infinito
un poema
es una reinvención de sí mismo
o de otros poemas
 
ergo:
el poeta que no crea
su propio diccionario
no tiene universo
 
el niño que quiso ser poeta
recapacitó cuando vio que
podía romper cráneos
sin decir una sola palabra
(para eso existen las piedras)
 
además entendió que
la única forma de construir un poema
es recogiendo las piedras que
han roto los vitrales de las iglesias
 
uniéndolas todas con amor y esmero
(risas por parte del niño)
hasta crear una bomba silente
 
luego, obviamente,
habría que arrojarla al vacío
o a algo que se le parezca
 
De 39 poemas de mierda para mi primera esposa (Turbina, 2018)
Nunca escuché al señor Simic o comerse a los antepasados aunque se hayan cambiado de nombre
 
“la historia no miente” o eso es lo que dicen
los que la escribieron / pero tanto en la historia
como en la poesía las personas han optado por
cambiar sus nombres como una forma de borrarse
en la sociedad que los está acogiendo ahora
o tal vez para no levantar sospechas extrañas de por qué
hay un extranjero en un lugar tan irrelevante como este
pero borrarse del mundo no es algo simple ni sencillo
mucho menos cuando eres el resultado de una lista de
personas que borraron sus nombres & se inventaron a sí
mismas nuevamente con otra mitología & otros sonidos
rastrearlos ya no es una opción / porque sería imposible
los nombres que los configuraban ya han perdido significado
lo único que te queda para dizque saber algo de ellas es
sentir que vuelves a ser parte de un nombre que no te pertenece
más allá de un plato de papas con cuero o una chanfaina bien
calientita / que la comes con gusto pero también con el miedo
de saber que en el fondo eso que haces es un acto de canibalismo

 De Dämmerung [o cómo reinventar a los ídolos] (Liliputienses, 2019)
 
Fotomontaje por Homero y sus players : Goya : Saturno devorando a su hijo ; Papas con cuero, imagen referencial

Dos relatos de Nicolás Esparza

 Narrador, acaso poeta; docente de Literatura en nivel medio; estudiante de Literatura en la Universidad de las Artes; autor de YOSOYELMAL (Dadaif cartonera, 2017), aparece en la antología Despertar de la Hydra: antología del nuevo cuento ecuatoriano (La Caída, 2017), y Ataúd en llamas. Testimonios de escritores en el Guayaquil de la pandemia (Mecánica Giratoria y U Artes Ediciones, 2020), también en revistas de literatura, como Tangente, Letralia y Rocinante. Antisistema. Miembro impúdico de La Cofradía.

Redes personales:

Ig: nicolasesparza_

Tw: @enejotaede

Cofradía:Fb: lacofradiaec

Yisus hace magia (Vol. 1)  

Oh I am my own damn god.
Ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha
Modest Mouse – This devil’s workday

Sucede que uno de estos benditos días, cuando el cielo refulgía con el brillo de las estrellas que  le habitan, se encontraba el joven Yisus, heredero del trono que gobierna al reino más  inabarcable del mundo, descubriendo las posibilidades de su cuerpo. Luego de explorar los  placeres de la masturbación y la mutilación y posteriormente aburrirse de ellas, el joven Yisus  comenzó a imitar las posiciones y siluetas de los animales que habían logrado ingresar al arca de  Noé: estando en cuatro patas, alargó, tanto como pudo, su cuello y también sus extremidades  para volverse una jirafa; luego, todo Él se encogió, cuello y patas incluídas, hasta volverse un  gatito. Mientras procuraba emular que arañaba y aruñaba amenazando a una planta que tenía casi  al frente, sin querer la transformó en una piedrita.

El joven Yisus se sorprendió sobremanera.  Volvió a su estado antropomórfico. Una mueca extraña se esbozó en su divino rostro. Pensó que  podía divertirse un rato apareciendo y desapareciendo elementos a su alrededor. Además, podría  modificarlos. Pero, a pesar de sus tiernas ideas, la voz de su Padre surgió con brío en su cabeza:  la amenaza inminente de nunca jugar con lo que su cuerpo podía hacer. Yisus, sin embargo,  mandó al carajo la advertencia del Padre. Dispuesto a divertirse un ratito en la privacidad de su  cuarto, el inquieto Yisus dio rápidamente dos vueltas sobre sí mismo y, al término, remató con  dos aplausos. Su túnica y su barbita incipiente, de joven que abandona la adolescencia,  desaparecieron. En su lugar, vestía un poncho largo, con motivos precolombinos. Su piel judía  adquirió un tono cobrizo. 《¿Moctezuma o Atahualpa?》, pensó, mientras se procuraba un  nombre.

A la alfombra que estaba paralela a su cama la vio de reojo y, luego de dos aplausos, la  señaló con el índice de su derecha y la alfombra levitó. Satisfecho de las posibilidades de sus  facultades y de sus talentos, el travieso Yisus tomó dos animalitos de juguete que tenía, un  caracolito verde y húmedo y un osito polar tiernísimo, y se propuso disponer para su ocio una  charla filosófico-literaria con ambos. Él se sabía algunas parábolas. Podría impresionarles.  Montó su alfombra mágica y, moviendo las manos como si dirigiera una orquesta, amplificó el  tamaño del osito y el del caracolito y los transformó, respectivamente, en un oso contrabajista y  un caracol escritor. Maravillado, Yisus ofreció café y dulces de fruta de temporada a sus nuevos  amigos. Con pretensiones altamente intelectuales, comenzó a entablar un diálogo de gran  envergadura con ambos invitados sobre la naturaleza ontológica del arte y la cruci-ficción. De  repente, una nube enorme emergió de la Nada. Era su Padre. Una paloma pequeña volaba  apaciblemente tras la nube. El joven Yisus hizo caso omiso a la presencia de su Padre. Tal  parecía ser que hasta el Espíritu Santo había venido a observarlo y reprenderlo. 

-¡Jesús!  

-Me llamo Yisus. Y, ahora, Moctezuma.  

Dios miró y no aceptó ese holocausto. Lo puteó y lo mandó a la verga. El joven Yisus, autónomo  y diligente, se cabreó, pues quería su espacio. Recordando que podía acceder a su magia y su  cuerpo enterito en el Infierno, decidió rebelarse y se suicidó diciendo: 《Ñucanchic  huasipungo》, mientras veía de reojo a su Padre soltero por última vez, y descendía a lo  profundo del Infierno para hacer magia y desobedecer un ratito más. Yisus, joven heredero del  trono del reino más difuso, príncipe de piel cobriza, con alfombra mágica y animales  antropomórficos intelectuales, había logrado zafarse del yugo paternal que le pesaba desde  siempre y castraba sus acciones más divertidas. A la final, en el Infierno también podría contar  parábolas y ganar adeptos.  

Fotomontaje por Homero y sus players : Jesús en el monte de los olivos Goya- Fondo: Paisaje Georgia O’Keeffe – Magritte : La promesa

Léase despacio

(Crónica de un orgasmo)  

Tu vientre es una lucha de raíces,  

tus labios son un alba sin contorno.  

Bajo las rosas tibias de la cama  

los muertos gimen esperando turno.  

Federico García Lorca – Casida de la mujer tendida

  

Give me peace, love and a hard cock  

Tori Amos – Professional Widow

Todo el lugar parecía un completo desastre. Las sábanas se habían rebelado contra la  pulcritud y se fundían con las almohadas en un abrazo impúdico y húmedo. La habitación estaba  silente, solo los gemidos de hace unos momentos se ocultaban tras las motas de polvo que  brillaban a contraluz. Por las cortinas entreabiertas se filtraba el tímido brillo de la luz del  alumbrado público. Todo estaba ridículamente perfilado. Los objetos proyectaban fantásticas  sombras sobre el piso de madera pulida de la habitación. Cada una se prolongaba con la otra; por  instantes parecía que aún tuvieran movimiento. Los cuerpos permanecían yertos en la oscuridad.  La pequeña muerte había consumido toda su energía momentáneamente y resultaba imposible  descifrar el momento en el que despertaría.  

Su cuerpo se extendía libre y asimétrico como queriendo desdoblarse para escapar por los  dedos y obtener una panorámica del lugar. Sus labios se entreabrieron egoístamente luego de esa  nueva mirada al mundo y ovillaron el segundo Marlboro de la noche, el que encendió con cierta  delicia. La voluptuosidad de las bocanadas que producía en conjunción con el ritmo sincronizado  de su respirar despertaron una vez más en mí esas ansias de pureza que cualquiera de nosotros  siente en situaciones como esta, por lo que, sigilosamente, a tientas y con candela en las  extremidades, me aproximé, en una nueva tentativa de seducción. El humo fluía en el ambiente,  como cuando la lluvia recién empieza y todo es bello hasta que un relámpago ultraja la  tranquilidad. Mis manos se hundían en la humedad que se había impregnado en el colchón, sin  embargo mi empresa necesitaba ser emprendida hasta la cúspide del plan. Luego de rozar  delicadamente la tibieza del interior de sus muslos, proseguí el camino anteriormente trazado que  lleva a la ternura del fruto de las de su especie. Demostraban sus ojos cierta actitud intranquila,  empero plácida, de niña que abraza a sus muñecas para irse de vacaciones por un largo período.  Nos encontrábamos así, yo con la vista puesta entre sus muslos encendidos que formaban un  ángulo agudo y mi contraparte con la espalda horizontal y arqueada, en actitud gozosa, como  cuando nos preparamos a recibir el año nuevo. La salinidad líquida de su piel, a causa del pesado  ambiente infestado de cigarrillo y calor, se adhería a mi rostro lentamente y rodaba ociosa junto a la mía.

Ahora sus manos. Con todo mi ser metido hasta el tuétano en la maravilla del lado  interno de sus muslos no fui capaz de detener la locura de sus manos. El desierto de mi espalda  era colonizado por sus dedos, con suaves roces, intermitentes, voluptuosos. Sus manos se  dirigían en direcciones opuestas y complementarias, haciéndome sentir como un pedazo de  alfombra en el lobby de un gran edificio. Ahora sus pies. El ambiente veíase plagado de humo de  Marlboro y el calor magnificaba el dolor/placer de sus alaridos al retumbar contra los muebles de  la habitación. Como un futuro occiso que sufre de epilepsia, sus manos solitarias que navegaban  en mi espalda no divisaron el esplendor de la muerte; sólo fueron testigos del colapso brutal de  sus muslos, paralelos y hermosos enmarcando mi rostro, mientras su voz emulaba el épico  alarido de las sirenas y se apagaba entre jadeos efímeros. Haciendo un recorrido mental de los  perjuicios, imaginé dos tótems extendidos orgullosamente sobre el colchón, muestra innegable de  la presencia de esa muerte perfumada y de textura viscosa que nos invade el alma cuando nos  atrevemos a disfrutar de los placeres ocultos de la Filosofía del Tocador. 

Eran ya dos muertes en el mismo campo de batalla. Un nuevo desastre yacía silente sobre  las sábanas revueltas. Un brillo dorado de estrella se elevaba por entre los escombros del lecho:  el tercer cigarrillo de la velada. Había siete más por consumir.  

Fotomontaje por Homero y sus players: Fondo; Georgia Okeeffe : Calle de New York – Los amantes Chagall

 

Pequebú -Mario Benedetti

Benedetti no solo escribió poemas, también es autor de muchos cuentos. En este año (2020) de su centenario lo recordamos con un cuento extraordinario . Pequebú

 Le parecía a veces que sus propios gritos salían de otra garganta, y sólo entonces lograba situarse más allá del dolor estéril, feroz. Aunque su cuerpo se encogiera y se estirase [como un bandoneón de cambalache, llegó a pensar], él casi podía sentirlo como una cosa ajena. A diferencia de otros que dijeron no sé, y no hablaron, y sobre todo a diferencia de aquellos pocos que dijeron no sé y sin embargo hablaron, él había preferido inaugurar una nueva categoría: los que decían sí sé, pero no hablaban. Ahora que aparentemente el tipo deja la máquina, y la máquina deja a su cuerpo, sabe que sin embargo falta aún la patada en los huevos. Es un ritual. Y la patada viene. Todavía no ha llegado a desprenderse tanto de su pobre cuerpo como para no sentir la patada ritual. En ese instante no siente sus testículos como algo ajeno sino como algo irremediablemente suyo.

No tiene más remedio que doblarse. «Así que Pequebú ¿eh?», suelta el tipo con una risa que es también bostezo. De modo que hasta eso saben. Pequebú. El mote había nacido aquella noche, en el boliche del gallego Soler, cuando Eladio vio que traía dos libros y le preguntó qué estaba leyendo. El mozo había puesto encima la bandejita con tostadas, así que él se limitó a apartar la bandeja para que el otro viera los autores: Hesse y Machado. «Así que Pequebú ¿eh? Como alias, no está mal», volvió a festejar el tipo, tal vez haciendo alguna mueca para sus silenciosos compinches, y él empezó lentamente a desenroscarse, porque sabía que ahora venía la tregua. «No sé cómo estarás vos, pendejo, pero yo estoy fané. Así que vamos a descansar una horita y después reiniciamos el trabajo ¿qué te parece?» Esperó que sonara el portazo y que se alejaran los pasos de los cinco. Sólo entonces se estiró en el piso mugriento, donde el olor a sangre, propia y ajena, se mezclaba con el tufo a sudor y vómitos de la capucha. «Lecturas pequeñoburguesas», había sentenciado Raúl, y él se había encogido de hombros. Sí, pero le gustaban. Eladio había echado la ceniza en la taza, usando la cucharita para aplastarla contra la agotada bolsita de té. Después había sonreído, sobrador. «Lo que pasa es que vos, Raúl, aún no te has percatado de que Vicente no sólo se dedica a lecturas pequeñoburguesas, sino que él mismo es un pequeñoburgués».

«Pequebú», dijo Raúl, y todos rieron. A partir de esa noche, la barra entera lo llamó así. Sólo algunas de las muchachas, con esa manía tan femenina por las abreviaturas, lo llamaban Peque. Cursaban Preparatorios de Derecho, pero él era el único que, además, escribía. No sólo poemas, como cualquier neófito; también escribía cuentos. Hablaba poco, pero disfrutaba escuchando. Ahora que el dolor parece ceder un milímetro, puede recordar cómo disfrutaba escuchando. Y mientras escuchaba hacía cálculos, retratos, pronósticos y diagnósticos, sobre los que hablaban. Era tan tímido que nunca mostraba a nadie lo que escribía. Tenían poco menos que arrancarle los originales, y entonces alguien [generalmente, una de las muchachas] los leía en voz alta. Después venía la sesión crítica. «Pequebú, te pasaste. Te solazás demasiado en las cosas lindas».

Él preguntaba si lo decían por las mujeres. Las muchachas aplaudían. «No, eso está bien. Son las únicas cosas lindas que, además, son indispensables». Faluto. Demagogo. «Digo por las cosas no más, por los objetos. En tus cuentos, cuando se describe un cuadro, un sillón o un armario, aunque vos no les hagas propaganda con adjetivos, igual uno se da cuenta de que son cosas lindas». «¿Y qué querés? A mí me gustan las cosas lindas, ¿a vos no?» Ésta sí que fue puntada, carajo. ¿Cuánto más aguantará, no ya sin hablar [él sabe que no va a hablar] sino sin morirse? «Ése no es el problema: me gustan o no me gustan, todo eso es subjetivismo. Lo cierto es que en el mundo también hay cosas feas, ¿o no?» Él le había preguntado si le gustaban esas cosas feas. «No es ése el asunto, te lo repito. El problema es que existen y vos las ignorás». ¿Quién le había dicho que las ignoraba? Estaban también, pero ellos no se fijaban. Sólo les chocaban las cosas lindas. «Pequebú, vos tenés unas lagunas ideológicas que son casi océanos». Puede ser, reconocía, pero de paso les pedía que se fijaran: las lagunas por lo general están quietas, y los océanos se mueven y cómo. A lo sumo durará dos sesiones de máquina. El derecho es como si no existiera. Pero el izquierdo, puta cómo duele.

Cuando se creó la agrupación, él quiso participar, pero no hubo caso. «Nosotros te queremos, viejo, pero en estas épocas el cariño no es una prioridad, ¿sabés?» Eladio fue el primero en advertir que el argumento no era suficiente. «Mirá, Pequebú, con vos quiero ser franco. La militancia viene brava, ¿tamo?» Y él no estaba claro, ¿era eso? «Puede ser que me equivoque, no soy infalible. Pero tenés muchos resabios: en tus gustos, en tus costumbres, en tus lecturas, hasta en lo que escribís». ¿Porque escribía sobre cosas lindas? «No sólo por eso. Por ejemplo, en tus cuentos nunca hay obreros». Era cierto, no había. «Y eso está mal. Si vos supieras que la clase trabajadora…» Lo sabía, lo sabía. «¿Y entonces?» Él trataba de hacerles comprender que en sus cuentos no había obreros, sencillamente porque los respetaba. Y algo más: «Vos sabés que yo vengo de una familia de clase media, ¿no?» «Bastante que se nota». «Nunca he frecuentado los medios obreros. Varias veces he tratado de poner laburantes en mis cuentos. Y no me sale. Después releo el fragmento y me suena a falso. Todavía no logré la clave para hacerlos hablar, ¿comprendés? No incluyo obreros para que no suenen a hueco. Porque yo sé que cuando hablan, y menos aún cuando actúan, los laburantes no son nada huecos».

Aquí el otro le ponía como ejemplo los cuentos de Rossi, que ya tenía dos libros publicados. «Él también es clase media, y sin embargo escribe sobre obreros». ¿Realmente le gustaban los cuentos de Rossi? «Eso es otro asunto. Vos todo lo subjetivizás: ¿te gustan? ¿no te gustan? También esa pregunta es pequeñoburguesa». Tenía razón: por lo menos era subjetiva, vas ganando uno a cero. Pero ¿le gustaban o no? «Y dale con la mocha. Yo no entiendo de literatura». Claro que no, pero ¿le gustaban? Por fin la confesión: «Me aburren un poco. Pero, claro, yo no entiendo». Le aburrían, no porque no entendiera sino porque le sonaban a hueco; porque esos personajes no eran laburantes sino esquemas. Esquemones, más bien. El dolor en cambio no era un esquema, sino una realidad sin escapatoria. ¿Sería también una actitud pequeñoburguesa sentir este dolor de mierda? Eso sí, tenía que hacerse una autocrítica: haber dicho que sabía. ¿Para qué? Total, ni él mismo tenía conciencia cabal de si era mucho o importante lo que ahora ocultaba, lo que empecinadamente se negaba a decir. ¿Habrá dicho que sabía, nada más que para probarse a sí mismo, para confirmar que podía aguantar hasta el fin sin delatar a nadie? Allá no lo habían aceptado.

Por sus lagunas, claro. Además, la agrupación no admitía el ingreso de la pequeña burguesía. Él igual había seguido concurriendo a la mesa del café. Un poco se burlaban de él, y otro poco lo respetaban. Sobre todo respetaban su falta de rencor. E incluso una vez que habían llegado demasiado temprano y estaban los dos solos en la mesa, Martita, una de las pibas más lindas de la barra, le preguntó con cara de culpable de qué trataban esos libros que él siempre leía. Y él le había dicho unos versos de Machado: «La primavera ha venido. / Nadie sabe cómo ha sido». Y también: «Creí mi hogar apagado, / y revolví la ceniza … / Me quemé la mano». Y cuando Martita había vacilado al preguntar: «¿Machado es pequeñoburgués, como vos?», se había visto obligado a aclarar que, en todo caso, él era pequeñoburgués como Machado. La prioridad siempre para el troesma. Entonces Martita se había puesto muy colorada y había dicho, bajando aquellos tremendos ojos negros: «No se lo vayas a decir a Eladio ni a Raúl, pero a mí me gustan esos versos, Vicente». No lo había llamado Pequebú, ni siquiera Peque, sino simplemente Vicente. Él había sonreído como un idiota, pero en verdad estaba bastante conmovido. Por él mismo, y también por Machado. Y nada más. Porque llegó Raúl, casi corriendo.

El horno no estaba para bollos. La represión se había puesto dura. La cana se había llevado a Eladio: lo levantaron a la salida de clase. Así que la consigna era esfumarse. Y se habían esfumado. Nunca más la vio a Martita. Una semana después alguien trajo el chisme de que Eladio había aflojado, pero él no lo creyó, ni siquiera ahora lo cree. Los comunicados oficiales siempre dejan entrever que todos aflojan. Pero sólo afloja uno cada cien. Aunque sufre como un condenado [¿acaso no es un condenado? nunca había pensado que una frase hecha podía convertirse en realidad], en el fondo se siente tranquilo porque a esta altura está igualmente seguro de dos cosas: que él no va a ser ese único en cien, pero también que va a morir. «¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo, / la vieja vida en orden tuyo y nuevo? / ¿Los yunques y crisoles de tu alma / trabajan para el polvo y para el viento?» No hay caso, no puede desprenderse del viejo Machado. Cayó y no lo podía creer. No había militado.

En realidad, no lo habían dejado militar. Hace como veinte días que cayó, o quizá sean dos meses, o cuatro días. Bajo la capucha es difícil calcular el tiempo. No ha hablado con nadie, es decir, con nadie que no sea el tipo que diariamente le hace ver las estrellas. Otro lugar común que se ha vuelto verdad. Cuando la máquina empieza a funcionar y él aprieta los ojos, siempre ve las estrellas. En rigor quien habla, pregunta e insulta, es el otro. Al principio él decía no; luego, se limitaba a negar con la cabeza. Ahora responde sólo con el silencio. Sabe que eso lo pone al otro más furioso, pero no importa. Al comienzo le daba vergüenza llorar, pero ahora no, sería estúpido gastar energía en aguantar las lágrimas. Además no blasfema, ni maldice. Sabe que eso también pone frenético al otro, pero tampoco importa.

Por lo menos se ha construido un reducidísimo campo donde es él quien impone las reglas del juego. Y una de esas reglas [que no figura en los planes del otro] es morir. Y está seguro de que va a imponer su juego. Los va a joder, aunque sea muriéndose. Ya no tiene músculos ni nervios ni tendones ni venas ni pellejo. Sólo un gran dolor generalizado, algo así como una náusea gigante. Y sabe que vomitará cualquier cosa [desde la inmunda comida hasta los míseros pulmones] menos los nombres, domicilios y teléfonos que el otro reclama. Ellos pueden ser dueños de la picana, de las patadas, del submarino [el húmedo y el seco], del caballete, de la crueldad en fin. Pero él es dueño de su negativa y de su silencio. ¿Por qué se oirán tan claramente los pasos en el corredor? Señores, va a empezar la tercera sesión de la jornada. ¿Sonará en ésta? A más tardar, en la de mañana. Las dos últimas veces perdió el sentido y, por lo que escuchó cuando volvía lentamente en sí, les costó tiempo y esfuerzo traerlo nuevamente a la vida. Es por eso que en el fondo se sabe poderoso. Todos sus sentidos están consagrados a ganar esta última batalla. A veces, como destellos, ve bajo la capucha los rostros de sus viejos, el altillo en que solía estudiar, los árboles de su calle, la ventana del café. Pero ya no tiene sitio para la tristeza. Sólo hay algo que le trae un poquito de amargura, la última tal vez, y es la certidumbre de que los muchachos jamás se enterarán de que Pequebú [Vicente, para Martita] va a morir sin nombrarlos. Ni a ellos, ni a Machado.

Foto Mario Benedetti- Fundación Mario Benedetti- Foto Montaje Homero y sus players . Enamorasdos Marc Chagall

Relato tomado de: https://www.literatura.us/benedetti/quebu.html

Guía Botánica de un país secreto

Hay un botón que se encarga de todo. En el velador, de noche, reposa como un animal de plástico ¿sueñan los smarthphones con personas electrocutadas? The Wall es un álbum profético. El teléfono es un pequeño ladrillo, miles de ellos emparedan, una pared sobre otra pared, entre ellas a veces se oye un susurro, el viento que se escapa por los poros no sellados, como cuando un muerto levanta el hombro con un espasmo de triste resignación. What shall we use to fill the empty spaces

Los ladrillos se hacen lentamente en el fuego. La persona se mete debajo de la chimenea, debajo de la tierra, parece una paila gigante, adentro el mundo se ha clausurado. Las llamas originan la casa, las llamas la destruyen-misterios de la alquimia– Mi precioso ladrillo desplaza el muro -¡Hola amigo de alado! puedo construir mi muro sobre sus ojos color ocre, paleta de Huasipungo, puede darme un colibrí de cabeza azul que cante más duro que los pajonales, puede darme la receta para comerme una chuquiragua al vapor, mi florecita de viento, mis violetas de páramo se han secado sobre mis uñas…

– Sabía amigo que una señora vieja, la más vieja de todo el mundo vende flores en el cementerio municipal, y me dijo ”compre unitas ” -y yo compré, sin saber siquiera donde estaba el muerto – eran flores más intensas que la cabeza del colibrí, –espere, no se aburra con mi naturalismo incipiente– parecían pensamaientos, esas efímeras blancos recuerdos que les ponen a las niñas en el cabello en ambas confirmaciones,- ¡Sí juro! ¡Sí Creo! y todo casi a la misma edad. Luego ¡todo todito, sí! ¡todo, todito, no! ¡Vote en plancha! ¡Vote la plancha, ya no necesita su terno! ¡El voto es secreto! – creo que demasiado secreto ¿no?- Hay una flor secreta, en un risco secreto en una secreta quebrada de un secreto cerro, ahí reposa una secreta choza – Hemos venido con el Sr Jhonson de Canada a contemplar lo que hay debajo del secreto, nos interesa el descenso, el inframundo. Soy el Odiseo moderno, no me interesa hablar con los muertos, sino con los vivos que ya mismo están muertos, su piel es una costra que no sana -¡un barril para mi!, ¡un barril para ti! ¡una piedra preciosa que sirva de corazón a tu ladrillo!

– Señor militar de la mesa 16 de hombres, recinto Liceo Cevallos, parroquia: La matriz, cantón: Ambato- provincia de Tungurahua, le informo que he cancelado toda la deuda externa del país reciclando los papeles, facturas, recibos y solicitudes de todos los ministerios. Los burócratas se escriben los números en el brazo y se bañan una vez a la semana. Además, debo informarle que he vencido, uno a uno, a todos los señores tenedores de deudas, en una franca pelea de box. He aquí como prueba sus dientes de oro de 18 kilates y medio. Funda todo esto para hacer un cuenco y llévelo al Banco Central, alado de nuestro brillante sol antropomorfo, o mejor haga una maceta miniatura y siembre una papa- la flor de papa es la más bella- Hasta nuevo aviso se suspende el Ecuador.

– ¿Y cuál es la flor de la patria, vea joven? ….Mmmm no se ¿unas hortensias?¿unas astromelias? Noooo – Obviamenete mi estimado son las azucenas- las blancas azucenas que Marianita de Jesús hizo brotar con su sangre- para que usted y yo podamos dormir tranquilos, sin el obscuro pensamiento de que una plancha de cemento nos partirá la cabeza en dos mientras el resplandor nos hace terigios en los ojos. ¡Marianita, discupla que te moleste, mejor levántate de la Iglesia de la Compañía, rompe el jesuítico orden de tu urna de bronce, que Federico González Suárez te importó desde París, y camina una cuadrita, ahí está Carondelet, toca la puerta y sácales no más de su palacio-pero no vayas a dañar las piedras centenarias- tu país secreto es un patrimonio- tu país secreto solo puede ser tocado por la tierra, por su temblor-tu país secreto le ha reventado los ojos a la gente…¿Me das tu sangre para una nueva azucena?…Dentro de lo obscuro hay un blanco hueso, dentro de ese hueco crece una sábila, crece kikuyo, el pajonal andino de Dolores ¡Ay mi Dolores te convertiste en una planta!

-¿Sigue usted en el muro, sigue sosteniendo su ladrillo?- mire, vea no más, el último oso de anteojos se está comiendo la última achupalla- ¡un oso de anteojos se está comiendo una achupalla! ¡Reaccione, no se embelece !- que lindo el oso.

– Anotación especial: Recuerde sembrar la Ruda frente a una Sábila para que conversen y no se metan los ladrones a su casa. Dicen que los Geranios predicen por donde vendrán las malas noticias. Si va a pasear, pase por encima del Floripondio más cercano, entre las 5pm y 6pm, no le haga caso a su abuelita. -Ayer un gringo se fracturó la pierna porque quería una Aguacolla florecida para hacer San Pedro, o ¿era Ayawasca o es Ayahuasca?, lo cierto es que sí se rompió la pierna . Otro gringo, que no fue gringo, pero que viajó a Quito, fue el poeta, amigo de Gangotena, Michaux y ya lo advirtió: Aquel que no ama las nubes/que no vaya al Ecuador. Mientras que Carrera Andrade, el hombre de los trópicos azules, se declara en un poema Agente secreto de las nubes – nubes del país secreto-. Así no más, mejor ir por esta ciudad con un frailejón en el pecho, con las hojas muertas, sobre las vivas, recolectar la neblina con los ojos, crecer cada año un centímetro.

-Hoy una señora, pequeñita como un bulto de rosas- me quiso vender unas medias podridas ¡lleve unitas!- me dijo y no le llevé- pero le di $1,50, dólares, osea casi unos 36,0000 Sucres, osea casi una mano de guineos, osea casi algo. -¡Para un almuercito, le susurré al oído!- Terrible neociudadano, hace 10 años que no se ven almuerzos de $1,50. Mañana mi muro sea clausurado con una ventana ¡Haga el favor de tomarse una agüita de canela!

Fundido en negro.

Santa Marianita de Jesús, pintura por Antonio Salas Avilés (1845) – fondo Flores Gustav Klimt –
Fotomontaje por Homero y sus players

Por René Gordillo Vinueza

La última noche del mundo

El 2020 se celebra el centenario de Ray Bradbury, lo recordamos con este cuento breve.

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¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?

–¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?

–Sí, en serio.

–No sé. No lo he pensado.

El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.

–Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.

–¡No lo dirás en serio!

El hombre asintió.

–¿Una guerra?

El hombre negó con la cabeza.

–¿Ni la bomba atómica o la de hidrógeno?

–No.

–¿Una guerra bacteriológica?

–Nada de eso –dijo el hombre, revolviendo suavemente el café–. Solo, digamos, un libro que se cierra.

–Creo que no entiendo.

–No. Ni yo, para serte sincero. Solo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, solo una cierta paz –miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara–. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.

–¿Qué?

–Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.

–¿Era el mismo sueño?

–Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No fue planeado. Caminamos por nuestra cuenta, cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios o que se observaban las manos o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.

–¿Y todos habían soñado?

–Todos. El mismo sueño, exactamente.

–¿Crees que será cierto?

–Sí, nunca he estado más seguro.

–¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.

–Para nosotros, en algún momento durante la noche. A medida que la noche vaya avanzando alrededor del mundo, llegará el fin también para el resto. Tardará veinticuatro horas.

Durante un rato no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.

–¿Merecemos esto? –preguntó la mujer.

–No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?

–Creo tener una razón.

–¿La que tenían todos los demás en la oficina?

La mujer asintió.

–No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia –la mujer levantó de la mesa el diario de la tarde–. Los periódicos no dicen nada.

–Todo el mundo lo sabe. No es necesario –el hombre se reclinó en su silla mirándola–. ¿Tienes miedo?

–No. Siempre he pensado que tendría mucho miedo, pero no.

–¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?

–No lo sé. Nadie se exalta demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.

–No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?

–No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.

En el vestíbulo, las niñas se reían.

–Siempre creí que cuando esto ocurriera la gente comenzaría a gritar en las calles.

–Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.

–¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me ha gustado la ciudad ni mi trabajo ni nada, excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?

–No se puede hacer otra cosa.

–Claro, de lo contrario estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.

–Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.

–Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.

–En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso… como siempre.

El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.

–¿Por qué crees que será esta noche?

–Porque sí.

–¿Por qué no en otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?

–Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.

–Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.

–Eso también lo explica, en parte.

–Bueno –dijo el hombre incorporándose–, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?

Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

–No sé… –dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

–¿Qué? –¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?

–¿Lo sabrán también las chicas?

–No, naturalmente que no.

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron juntos las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

–Bueno –dijo el hombre al fin.

Besó a su mujer durante un rato.

–Nos hemos llevado bien, después de todo –dijo la mujer.

–¿Tienes ganas de llorar? –le preguntó el hombre.

–Creo que no.

Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.

–Las sábanas son tan limpias y frescas…

–Estoy cansada.

–Todos estamos cansados.

Se metieron en la cama.

–Un momento –dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

–Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

–Buenas noches –dijo el hombre después de un rato.

–Buenas noches –dijo la mujer.

Tomado de : https://narrativabreve.com/2015/05/cuento-ray-bradbury-ultima-noche-mundo.html

Foto montaje por Homero y sus players – Ray Bradbury

Un pequeño círculo en el suelo

El lugar en el mundo se ha definido por una pequeña esfera en el suelo, ese espacio nos ocupa y nos desocupa. Nosotros somos el círculo- se acuerdan cuando el profesor de matemáticas establecía la diferencia entre circunferencia y círculo- afuera y adentro, así se construye todo, así se resume nuestro paso por la tierra. Afuera, como la canción de los Caifanes, adentro cuando se saca el paraguas para protegerse de la lluvia, la forma del paraguas también es redonda y las gotas de la lluvia de igual forma, para romper el agua se necesita de su forma.

Borges tiene un ensayo llamado: Las esferas de Pascal, en aquel texto reduce la historia universal a unas cuántas metáforas (gesto netamente borgiano), esas metáforas tienen forma circular. Según Borges, Pascal:

”Deploró que no hablara el firmamento, comparó nuestra vida con la de náufragos en una isla desierta. Sintió el peso incesante del mundo físico, sintió vértigo, miedo y soledad, y los puso en otras palabras: “La naturaleza es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.” Así publica Brunschvicg el texto, pero la edición crítica de Tourneur (París, 1941), que reproduce las tachaduras y vacilaciones del manuscrito, revela que Pascal empezó a escribir effroyable: “Una esfera espantosa, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.” (Borges 1974, 642)

La naturaleza en la edición de Brunschvicg (personaje real) sería una analogía, todo está en todo, el mundo como rima y ritmo en los elementos que lo componen, este pensamiento es fundamental en la lógica romántica. El centro es inabarcable, por eso la circunferencia no la contiene, por eso no está en ningún lugar y al mismo tiempo en todo los lugares. ¿la divinidad? Kant, cuando habla sobre la experiencia estética dice que lo bello se da en una desconexión respecto al entendimiento y al deseo.

En ese sentido, Ranciere comprende entonces a lo bello como una resistencia tanto a la ”determinación conceptual, como a los atractivos de los bienes de consumo” (Ranciere 2019, 219) La experiencia de lo bello se traza así como un circunferencia o como una esfera, aquel movimiento y forma que lo constituye se expresa como una resistencia que se remite así misma todo el tiempo, cuando se dibuja  una circunferencia, el inicio siempre es el comienzo, se sabe donde se terminará incluso antes de comenzar a trazar, y en el proceso de dibujarlo infinitamente se replica aquella estructura circular. El comienzo de cualquier movimiento ya se prefigura como un circulo. La experiencia de lo bello también se encuentra en el espacio y en el tiempo, y sin embargo, también fuera de estos elementos que lo contienen, como la circunferencia a la que alude Brunschvicg.

En geometría, una superficie esférica es una superficie de revolución formada por el conjunto de todos los puntos del espacio que equidistan de un punto llamado centro. Nunca se dice en el cuento: El Aleph de Borges, que forma tenía este Aleph precisamente, solo se menciona que es un punto que contiene todos los puntos del universo ¿Acaso era una esfera? ¿Acaso aquel cuento mismo no encarna la concepción misma de la experiencia de lo bello?

(…) vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. (…)

Sentí infinita veneración, infinita lástima.(Borges, 1974 , 520)

¿El Aleph acaso podría ser el conjunto de todos los puntos del espacio que equidistan de un punto llamado centro? es decir, ser una esfera y este razonamiento solo tendría como conclusión, a riesgo y alegría de equivocarme, que al mismo tiempo, el Aleph al estar equidistante del centro (un centro intangible e inabarcable), sea tan solo una circunferencia secundaria alejada de ese centro, y que no contendría por tanto a nada. Es decir, el Aleph como imposibilidad del mismo. Otra vez la frase que anota Brunschvicg “La naturaleza es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.” 

¿Qué significa que la naturaleza sea una esfera infinita? La interpretación canónica expresa que Dios está en cada uno de sus criaturas, pero ninguna la limita. Sin embargo, el centro en todas partes haría que al mismo tiempo, nada ocupe aquel espacio, aquel centro. La experiencia estética de mirar al Aleph es una resistencia a comprender esas imágenes que mira el narrador y también de desearlas, es un acto de desconexión, pero también de consciencia que origina la ”infinita lastima” que siente el narrador, tal vez ese origen se deba a aquella imposibilidad que acompaña a la resistencia en la experiencia de lo bello, la idea de que toda resistencia involucra una condición para ser, una actitud que tiende a la entropía a la descomposición:  “Una esfera espantosa, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.” como corrige Pascal, acaso esta declaración no es una descripción de la propia vida moderna o posmoderna. Cada uno tiene en su bolsillo un centro y una circunferencia inexistente que la limita. ¿Es posible que la naturaleza, su estructura orgánica interconectada y omnipresente, haya sido replicada por otra esfera? Una espantosa esfera en la que la experiencia de lo bello ha quedado mutilada por la practicidad. Tal vez la gran búsqueda en este siglo sea la de la circunferencia y ya no la del centro.

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Ilustración y texto por Homero y sus players  © : Fotomontaje: Aleph (Alianza editor- Pintura: Xul Solar, paisaje Bunti

 

Bibliografía

Ranciere, J. 2019. Disenso: Ensayo sobre estética y Política. FCE: México

Borges, J. 1974. Obras completas. Emecé: Buenos Aires

 

Escrito por: René Gordillo Vinueza

 

 

Vivian Maier o la fotografía como ritual

Antes, mira las fotos de Vivian Maier en esta Galería de su obra: GALERÍA VIVIAN MAIER

El siguiente ensayo tiene como objetivo explorar en la condición estética de Vivian Maier, quien llega a convertirse en un nombre importante en el mundo de la fotografía del siglo XX, gracias al encuentro y clasificación de su obra fotográfica perdida desde hace décadas. El documental Finding Vivian Maier, dirigido por Jhon Maloof, reconstruye a partir de fotos y objetos de Maier su pensamiento y obra.  En ese sentido, me gustaría también en este ensayo establecer criterios técnicos fotográficos que me parecen construyen una mirada del mundo particular que presenta Maier.

El documental, Finding Vivian Maier, evidencia todo un régimen material, que Maier construyó a través de los años, como un archivo de diferentes objetos: films, periódicos, cartas, postales, llaveros etc y que por fortuna han sido rescatados. Esta materialidad, en mi opinión, atraviesa transversalmente su trabajo con la imagen. ”Soy una especie de espía” – le escuchó decir  a Vivian, alguna vez un niño a quién cuidaba como niñera- Aquel voyeurismo contrasta con su carácter reservado, en ocasiones uraño y sobre todo con su actitud a ocultar su trabajo fotográfico. En ese sentido sería interesante indagar a través de aquella actitud de ocultamiento, en relación con su concepción del hecho fotográfico. 

Walter Benajamin, en su ya canónico texto: La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica, expresa la tensión  existente entre el valor de culto y el valor de exhibición en la obra de arte. Benjamin identifica que la producción artística ‘‘comienza con imágenes que están al servicio de la magia. Lo importante de estas imágenes está en el hecho de que existan, y no en que sean vistas’’ (Benjamin 2003, 53). El valor ritual de la obra de arte exigiría prácticamente que aquella esté oculta. Piénsese, por ejemplo, en la antigüedad, las diferentes estatuas en los templos que solo podían ser contempladas o regentadas por el sacerdote. Aquella unicidad que la ritualidad y la magia configuran en el objeto artístico, se ve desplazada abruptamente con la aparición de la técnica mecánica, capaz de reproducir imágenes de las obras de arte y de exhibirlas.

Aquella exhibición rompería el carácter ritual- mágico del objeto artístico (54) al mismo tiempo, que construye un nuevo valor en relación a aquella capacidad de exhibición: la función artística de la obra. (54) Es inevitable pensar en la obra de Vivian Maier a partir de la conceptualización que despliega Benjamin. En Maier, en mi opinión, hay una unión que atraviesa transversalmente su trabajo con la imagen y su actitud ante esta. El ocultamiento intencional  de su obra, que ella mismo procura, está estrechamente relacionada con un imaginario sagrado-mágico, en el que la obra de arte (la fotografía) no debe ser reproducida, porque aquello sería develarla ante el mundo. O develarla solamente en condiciones únicas que ella misma establece, como se evidencia en un momento del documental, cuando se descubre una carta a un revelador fotográfico francés que parece goza de la confianza de Vivian. 

En Maier hay una relación entre su vida y obra bastante estrecha y casi entremezcladas, en la que me parece, considera su arte no como profesión, sino como un estado filosófico de existencia debido a su concepción de la fotografía misma, como un hecho ritual y dotado de magia, que no necesita ser contemplado por otros, sino por ella misma, como si se tratara de una gran sacerdotisa. De hecho en el documental se evidencia esta condición de Maier, cuando los testimonios expresan que era una mujer que le molestaba profundamente que alguien entrara a su habitación, he ahí el templo prohibido donde se arrinconan todos aquello objetos mágicos a los ojos de su dueña. 

Para ella fotografiar es una forma de conexión superior con el mundo que le rodea- si pensamos de forma no tan positivistamente -, el hecho fotográfico es en esencia un acto mágico que trasciende en el tiempo y nos conecta con la memoria o con el pasado-  ¿No es esta la función de lo mítico teológico también? Recordar nuestra condición de seres humanos. Puedo ver en Vivian un gesto que me lleva a pensar en la concepción misma del arte de fotografiar. Una vez hecho click en la cámara, todo lo demás carecería de importancia, porque ese acto de retroceder en el tiempo se hace siempre desde un presente. El pasado se queda justamente en un estado de futuro constante ¿No es esto mágico? ¿Vivian lo presentía así? 

De alguna manera cuando se toma una foto, la imagen ya está guardada e impresa en una memoria mecánica o digital, el resto vendrían a ser meros ejercicios de ampliación, de reproducción y sobre todo de exhibición. Esto último entra en tensión con la idealización de lo ritual, que me parece está presente en su trabajo.  Un aspecto que me llama poderosamente la atención es justamente plantear la obra de arte fotográfica desde el ocultamiento y no desde la exhibición, que parecería ser una condición natural del hecho fotográfico. Vivian Maier pone en duda esta relación y prueba de ello está también presente en lo que fotografía. Volviendo al pensamiento de Benjamin ‘‘(…) el valor de culto de la imagen tiene su último refugio en el culto al recuerdo de los seres amados, lejanos o fallecidos. En las primeras fotografías, el aura nos hace una última seña desde la expresión fugaz de un rostro humano’’ ( Benjamin 2003, 58). Maier en sus fotografías capta en su mayoría  rostros, en donde vendrían a conservarse, según Benjamin, el valor de culto, fuera de estos rostros se potenciaría más el valor de exhibición de la imagen. En síntesis, el cuerpo para Maier, en mi opinión, se configura como una forma atemporal de entender la propia humanidad. Los retratos que realiza son imágenes que intentan conservar arquetipos universales, es decir una determinada aura: ‘‘la aparición irrepetible de una lejanía por cercana que ésta pueda hallarse’’, en ese sentido, aquellas fotografías se inclinan por conservar precisamente aquel valor de culto, que dibuja lo humano. 

En sus fotos, el uso de aquella particular cámara le permite capturar fotos sin ser notada. Al capturar planos en contrapicado, hay una intención por retratar un mundo, pero sin ser necesariamente parte de el. Sospecho que esa actitud se emparenta con la necesidad de buscar imágenes que describen un entorno fuera de la normalidad, fotografiar el ”error”, lo que se rebela a una continuidad aparente. En ese sentido la fotografía de Maier explora los tejidos de la urbe moderna, en donde coexisten capas y capas de diferentes tejidos sociales, como las capas y capas de objetos que guardaba como testimonios de aquellas presencias, de aquellas discontinuidades, que tanto aparecen en sus fotos. Un espía es un ser que pasa inadvertido, si se descubre su presencia, su cualidad central de retratar el mundo se pierde también y con ello su sacralidad- se necesita de un ser sacro, para capturar las imágenes de la ritualidad como si fuera una sacerdotisa- . Hay una intención en Maier que me sorprende y la he visto en muy pocos artistas, aquella es la condición de llevar su vida misma al territorio semiótico de su propio arte, aquello a todas luces es transgresor y habla de un compromiso con su arte.

Vivian Maier fotomontaje
Fotomontaje por Homero y sus players: Retrato Vivian Maier-  fondo New York – Andreas Feininger

 

 

Bibliografía 

Benjamin Walter, 2003. La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. México: Ítaca ediciones.
Maloof, John, Siskel Charlie. 2014. Finding Vivian Maier. EEUU.

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Elsye Suquilanda

writer, film maker, performance artist

Máscaras

A la busca de existencias auténticas