El agente topo

Contado narrativamente como un falso documental, El agente topo es una película que a más de enfrentarnos con una realidad palpable en la sociedad del descarte, nos muestra una narrativa que no se instala en una visión donde el héroe acaba por vencer al sistema o remediar una situación. Lo poderoso del film, es como este héroe o ”agente topo” logra construir y recrear una experiencia del escuchar. El agente sobre todo pone atención en los testimonios de las personas mayores (abuelitas y abuelitos) como él les dice. Esa acción de escucha, de conversación hace que su investigación, formal al principio, se vaya humanizando y produciendo un efecto contrario a la figura fría típica del agente, limitada al registro de datos. En ese sentido, la película devuelve o manifiesta esas voces aparentemente inservibles-descartables y las sitúa en el primer plano, al develar justamente la importancia de los testimonios.

Como menciona Ricoeur, historia y memoria siguen un principio básico: la fiabilidad, ambas se desenvuelven en el territorio de la búsqueda de la verdad (visión verista). La memoria, principalmente se edifica a partir del testimonio, es decir de una construcción vivencial que expresa una subjetividad personal, un ‘‘yo estuve ahí’’ por eso puedo reconstruir lo pasado, desde mi visión del mundo. Esta confianza en la palabra del otro, dice Ricoeur, cuando la confrontamos con otros testimonios y además se la escribe, entra entonces en el umbral de la historia, y con ello, de la formación del documento, como memoria colectiva, que de alguna manera amplia los umbrales del testimonio y lo afianza. 

Es justamente lo que realiza el agente topo, no le basta con contar a su jefe lo que ha visto en el asilo de ancianos ”San francisco”, sino que tiene que escribirlo en su libreta, tiene que darle materialidad a esas experiencias, a esas memorias cotidianas de soledad y descuido que se cruzan y construyen de alguna manera una historia de la vejez, una de tantas historias, que es capaz de edificar la memoria desde la subjetividad de los testimonios, y sin embargo, lo que vemos también en la película es, sobre todo, la memoria del agente, su relación con los otros residentes en el asilo.

Desde esas experiencias que abren su propia condición de ”viejo” puede acercarse a los otros y otras personas en ese espacio, esto es importante porque amplifica un principio de empatía y entendimiento de esas realidades particulares y muchas veces pasadas por alto. Me parece que el acto de investigar, como instrumento serio del saber se conforma en la película como una forma del sentir y sobre todo del actuar, el agente al final, es quien denuncia, entiende y logra generar un cambio, aunque sea pasajero en la calidad de vida de los residentes del asilo. La película parece criticar un sistema que tiende a oficializar los datos y el conocimiento, mientras se deja a un lado otras formas del entender que se establecen en la afectividad, un poco de esto también le haría bien a las academias.

Los sin historia: Kalju, el oso siberiano

¿Cómo nacen Los sin historia?

Facundo Cabral, en uno de sus monólogos, cuenta que cuando García Márquez ganó el Nobel, los periodistas en Colombia corrieron donde su madre y ella solo dijo que no sabe nada de literatura, solo sabe que el Gabo tiene muy buena memoria porque, todo aquello que escribió, se lo contaron. Cabral también decía que alguna vez un periodista le preguntó a Juan Rulfo por qué había dejado de escribir y él contestó: “Porque la gente que me contaba las historias, se murió.”

Claro que Cabral se inventaba muchas cosas, pero enseñaba mucho con sus inventos. Enseñaba que lo que cantamos o escribimos viene también de esa escucha al otro. Yo tuve la oportunidad entre mis 22 y mis 24 años, de pasar por dos lugares que me marcaron, los pasé en mis primeros pasos en el mundo de la psicología. Aunque no podía atender casos, pude conversar con mucha gente en los patios de lugares que podían matar de miedo, pero que me dieron otro sentido de humanidad.

Haciendo memoria, y a la luz de uno de los hechos más horrorosos de la historia del Ecuador, la masacre en las cárceles del país, algo en mí me obligo a amalgamar historias y crear relatos que se asemejan lo más posible a la realidad. “Los sin historia” son retazos de cosas que se recogieron mientras vi humanos deshumanizados por quienes, curiosamente, no habían cometido ningún delito. Estos relatos no pretenden santificar a nadie, sino decir que son temas muy complejos, que en algún lugar del tiempo se puede evitar que un alma quiera dañar a su semejante. Estas historias vienen acompañadas de tanta gente a la que respeto por su compromiso en el trabajo que hacen con los privados de libertad, con lo que representan ellos para la sociedad y lo que se debe crear, en lo social, en lo académico, en lo humano, para dar otro lugar a sus vidas y darnos nosotros otro lugar que nos aleje de aquello que a ellos los llevo a donde están, la crueldad.


Introducción y relatos por 

Alfonso Bravo

(Ambato, 1975) Psicólogo clínico, Magister en estudios psicoanalíticos, sociedad y cultura. Poeta, docente universitario en inglés y psicología desde hace 21 años.

4. KALJU: EL OSO SIBERIANO

¿Qué sucede cuando el deseo está en coma y, de repente, lo despiertan sin explicación alguna? Reprimir a los sujetos a tal punto de arrebatarles su propio placer es un crimen tan monstruoso, como permitir que ese deseo no tenga una guía, un orden de alternativas en el que el sujeto sea responsable de sus elecciones y sus renuncias. Si pasas por lo primero puedes caer en una fosa con el letrero de Dante a su entrada, porque sin líbido no hay esperanza, solo el pedazo de carne en descomposición. En cambio, si se da el segundo crimen, terminas en lo abyecto, en aquello que es desechado desde lo más ruin: el sufrimiento de los otros como única posibilidad de sentir. Si desaparece el deseo, no existes, si se extralimita, los otros dejan de existir. 

Kalju era de Estonia. Tenía treinta y un años, llevaba casi trece comprando y llevando droga desde Sudamérica a su país. Lo atraparon en Ecuador en el 2002 y tenía una condena de 7 años que cumplir. Yo lo vi por primera vez en el 2003. No recuerdo bien su situación migratoria, pero por el tipo de delito debía permanecer en una cárcel ecuatoriana. Lo habían trasladado a una sección a la que llamaban “Clínica de la conducta”, que estaba destinada a personas con problemas de adicciones, pero casi no había nadie con ese problema. Como alguna especie de confusión intencional, habían decidido llevar a ese lugar a quienes estaban condenados por tráfico de sustancias ilegales. El nombre de la sección, por sí solo, daba escalofríos. Una clínica que trataba la conducta me hacía pensar que el año  2003 era antes de Cristo. Las paredes también me hacían pensar eso, pero ese es otro tema. 

La voz gruesa e imponente de Kalju le había merecido un lugar protagónico dentro de la Clínica, era el caporal. Sin él, no se decidía ni lo que se iba a comer en los almuerzos y tampoco si alguien se merecía comer o no. Se decía que Kalju tenía mucho dinero y podía mover cosas como cualquier otro líder de pandilla o “perseguido político” dentro de la cárcel. En pocas, yo estaba hablando con alguien que fácilmente podía mandar a matarme afuera de la cárcel. Yo estaba iniciándome como Psicólogo y recién me enteraba dónde me había metido.

Elegí ponerle Kalju porque, consultando nombres estonios, significa roca. El estonio era un pedazo macizo de músculo y fibra. Suelo decir que estos tipos tienen dos metros de altura y cuatro metros cuadrados de tórax. Un brazo de Kalju era mi tórax, o quizás más. La metáfora más trillada para este hombre es la de un oso siberiano. 

Me contaba que a los dieciocho años era preseleccionado de la Unión Soviética para formar el equipo nacional de básquet. Desde los 15 estudiaba en un programa de alto rendimiento y trotaba, inclusive en invierno, todos los días a las seis de la mañana. Yo solo me imaginaba semejante cosa y ya me ponía a temblar. Había conocido algo de los vientos siberianos en Escocia, en John o´Groats, el punto extremo de las islas británicas al norte. Según los lugareños, allí confluyen los vientos del ártico, los escandinavos y los siberianos. No voy a consultar si eso es cierto, porque me perdería de contar lo que dice un lugareño, y eso siempre es más valioso. Pensar en la URSS en invierno era pensar en otro planeta. 

Kalju había conseguido que las autoridades de la cárcel les entregaran equipamiento para entrenar en la clínica de la conducta. Es decir, les dieron un par de pesas, que eran tubos de acero cuyos extremos estaban revestidos con bolas de cemento. En uno de los rincones de aquel espacio  cruzaron una barra de metal para ejercitar los brazos. Finalmente, algún albañil mal pagado había hecho una banca de concreto, tipo parque o silla tántrica de los Picapiedras, para que se acuesten a hacer abdominales. 

Y bueno, viendo todo eso, uno se puede preguntar ¿por qué alguien con ese tipo de vida y oportunidades elige, en algún tipo de giro existencial desconcertante, terminar siendo un recadero de las grandes mafias y cobrar sumas, que para nosotros no serían suficientes como para arriesgar la vida? Pero la mente humana no es tan simple como piensan los curuchupas conservadores de nuestras tierras, los fachos de VOX en España o los libertarios hispanistas (nueva moda ecuatoriana). Tampoco se reduce a los complicados estudios biologicistas que no toman en cuenta la historia de un sujeto, para darle un lugar a su acto. Más aún, la conducta humana no es ni un drama puramente edípico, tampoco la desviación de lo políticamente correcto, que a los progres sin lucha les tiene abrazados a los cristianos, lamentándose por su existencia. No, la cosa era más complicada y tenía que ser escuchada del mismo Kalju: 

“Cuando llegó la Perestroika, se disolvió la URSS y entró el capitalismo a Estonia, yo vi que mi vecino en seis meses ya tenía dos Mercedes Benz y yo no tenía nada. Yo quería tener eso y la única forma era el narcotráfico”

Fue entonces, cuando Kalju decidió hablar con su vecino (no se me ha ocurrido pensar si la Perestroika promovía el sentimiento comunitario, quizás eso quede para después) y empezar como un simple brujo fuera de los colegios de Tallin. Eso le alcanzaría para tener un equipo de sonido de última tecnología, un auto bueno, pero no lujoso y algo de ropa de marca. Pero él quería más, el Mercedes Benz se había convertido en el objeto de deseo por excelencia y había que tenerlo. Entendió que la lealtad y el coraje eran cualidades básicas para ganarse la confianza de los jefes y para los 22 ya tenía algunos brujos a su cargo, ya no le hacía falta ensuciar sus manos con funditas de gramaje bajo, sus músculos estaban para cargar bloques enteros de cocaína y para soportar fajos de billetes que ya no eran de moneda local. 

Para los 24, ya tenía su Mercedes Benz, rango en la mafia y una casa en las afueras de la ciudad. El seguía trotando a las seis de la mañana y nunca tuvo la más mínima curiosidad por saber lo que se siente correr con alguna sustancia encima, a excepción del aire fresco, el aroma de las hojas en los fugaces veranos y la nieve a través sus poros cuando el sol salía por trámite. Supongo que algo inconsciente le hacía añorar a ese muchacho que no vio una sola vida destruida por sus sueños. El adulto en formación ya estaba manchado de muchas maneras. 

Para cuando terminó de contarme esas cosas, yo ya no sabía qué hacer. Lo único y más responsable que pude encontrar fue empezar a consultar si alguien había hablado de los efectos psicosociales de la perestroika en los pueblos que se separaron de la URSS,  de la entrada del capitalismo y la renuncia a la sociedad comunista. No encontré mucho en esa época, a la final, si algo tienen en común el comunismo ruso y el capitalismo norteamericano es la psicología, y ambas han tratado de negar que los seres humanos somos también un producto de la sociedad. Para los gringos o los rusos (generalización limitada pero necesaria para la redacción), Kalju era un delincuente, un antisocial que debe ser curado (quizás en la clínica de la conducta), y no un sujeto cuya realidad se vio atropellada en un estallido social, que no lo consideraba como un valor apreciable, que debe ser contenido por esos mismos procesos. 

Entonces, al no poder conseguir algo que me explique exactamente el fenómeno por el que había pasado aquel estonio (no hay hasta ahora un libro que se llame “El caso de Kalju”), me puse a pensar qué preguntas debo hacerme para entender a un sujeto que vio un Mercedes Benz y se volvió loco. El deseo, que antes de 1990 era imposible, se volvió ilimitado con un simple chasquido de dedos, fue lo primero que puse como hipótesis en mi cabeza para pensar al Kalju en su contexto. 

Ahora recuerdo una película que me encanta, “The breakfast club”, de Jhon Huges. En un pasaje de la película, los cinco protagonistas conversan de lo que harían por un millón de dólares. Son adolescentes que a lo sumo hablan de ir desnudos a la escuela, pero ya se habla de romper el límite, porque conseguirán esa cantidad de dinero. La pregunta no es nueva y todos soñamos con que haríamos con tales cantidades, pero la respuesta siempre termina en una acción que no está dentro de los límites de nuestra cultura y a ratos fuera de los lazos sociales como tales. Kalju estuvo ahí, donde nosotros soñamos, y decidió ir más allá de lo que el lazo social permitía, pero porque nunca tuvo un punto medio. 

Si la URSS no se disolvía, Kalju no hubiese tenido los dos Mercedes Benz, pero quizás no estaría preso. Por otro lado, a lo mejor tenía una medalla de oro colgada en su pared, pero trabajando para un estado que no le dejaba tener un deseo. Eso no pasó, no lo sabremos nunca. 

Lo que sucedió fue lo otro, él se enteró de su deseo sin nada que le brinde un piso. Como si se abriera la jaula a un animal sobre una autopista muy transitada, él corrió hacia la libertad y fue atropellado por mieles que lo mataron como ser humano. En el camino, le dijeron que era lícito hacer lo que sea para tener algo, que igual lo tuvo preso, paradójicamente, el mundo sin límites devora. 

Hablamos un par de veces más. Aquellos que han bordeado la perversión tienen algo en común con los psicólogos, intuyen algo de lo que el otro quiere. A veces, Kalju me miraba como retándome a preguntar lo que nunca me atreví, esa pregunta que me hubiese hecho rebasar mi límite: 

  • No te voy a contar si he matado a alguien-

Me dijo la última vez que nos vimos, como un anuncio claro de que sabía que los seres humanos tenemos ese morbo incontrolable. También, él quería que el basquetbolista aún esté vivo. Se acostó en esa silla tántrica de cemento, tomó las pesas y siguió levantando el mundo que había creado alrededor, del que tenía todo el poder, porque los Mercedes Benz le dieron la ilusión de que el límite no existía con tal de tener algo que, si el mundo fuese humano, habría rechazado.

Fotomontaje por Homero y sus players : Fondo Pintura ”Casa del pintor” Antonio Berni; Atletas propaganda soviética

Los sin historia: Robinson Cruzó las palabras

¿Cómo nacen Los sin historia?

Facundo Cabral, en uno de sus monólogos, cuenta que cuando García Márquez ganó el Nobel, los periodistas en Colombia corrieron donde su madre y ella solo dijo que no sabe nada de literatura, solo sabe que el Gabo tiene muy buena memoria porque, todo aquello que escribió, se lo contaron. Cabral también decía que alguna vez un periodista le preguntó a Juan Rulfo por qué había dejado de escribir y él contestó: “Porque la gente que me contaba las historias, se murió.”

Claro que Cabral se inventaba muchas cosas, pero enseñaba mucho con sus inventos. Enseñaba que lo que cantamos o escribimos viene también de esa escucha al otro. Yo tuve la oportunidad entre mis 22 y mis 24 años, de pasar por dos lugares que me marcaron, los pasé en mis primeros pasos en el mundo de la psicología. Aunque no podía atender casos, pude conversar con mucha gente en los patios de lugares que podían matar de miedo, pero que me dieron otro sentido de humanidad.

Haciendo memoria, y a la luz de uno de los hechos más horrorosos de la historia del Ecuador, la masacre en las cárceles del país, algo en mí me obligo a amalgamar historias y crear relatos que se asemejan lo más posible a la realidad. “Los sin historia” son retazos de cosas que se recogieron mientras vi humanos deshumanizados por quienes, curiosamente, no habían cometido ningún delito. Estos relatos no pretenden santificar a nadie, sino decir que son temas muy complejos, que en algún lugar del tiempo se puede evitar que un alma quiera dañar a su semejante. Estas historias vienen acompañadas de tanta gente a la que respeto por su compromiso en el trabajo que hacen con los privados de libertad, con lo que representan ellos para la sociedad y lo que se debe crear, en lo social, en lo académico, en lo humano, para dar otro lugar a sus vidas y darnos nosotros otro lugar que nos aleje de aquello que a ellos los llevo a donde están, la crueldad.


Introducción y relatos por 

Alfonso Bravo

(Ambato, 1975) Psicólogo clínico, Magister en estudios psicoanalíticos, sociedad y cultura. Poeta, docente universitario en inglés y psicología desde hace 21 años.


3. Robinson cruzó a las palabras

Como era normal, las palabras en los habitantes de la calle, sus lenguajes pasan por lo concreto y el concreto. Era un éxito hablar con ellos y obtener una oración completa.

¿Cómo podía alguien sin sentido tener un sujeto y un predicado? Para ser sujeto hay que estar reconocido y sujetado a una cultura, a una sociedad, a otro que te diga quién eres y también que ponga un montón de adjetivos que digan algo… Un predicado: “Eres lindo”, “eres el niño de mis ojos”, “que naricita tan hermosa tienes”, “vas a ser un niño muy importante”, “eres un niño muy inteligente”, “¡Qué lindo dibujo!”.

Desde ahí contamos, hasta los sesenta años, lo que nuestras madres o nuestros padres  dijeron de nosotros. Vemos las fotos del álbum de la abuela, las filmaciones y ahora hasta las publicaciones de Facebook e Instagram que nos avergüenzan, pero también hay otro que nos mira. Para aquellos, cuyo mundo es una piedra, un ladrillo o un pedazo de asfalto hecho cama, no hay decires que los dejen hablar. Para ellos, la vida sigue pintándose con pocos colores. “Bien, mal, más o menos, si, no”, nada más.

Cuando conversaba con Robinson, nombre que le pongo como insignia, no podía dejar de pensar en qué otras palabras sabría él cuando hablaba con sus pares en la calle, cómo hablaría con aquellos que también entienden el mundo sin nosotros: aquellos quienes los marginamos.

Me habían pedido que hable con él, porque yo conversaba mucho con los chicos en el patio y pensaron que conmigo se abriría. Él ya iba cinco meses en el centro, lo encontraron haciendo de “campana” en el robo de una casa. Como era menor, le dieron siete meses de pena. Cinco meses y no hablaba con nadie, mas que lo necesario. Entonces, se le ocurrió a la trabajadora social, que yo podría lograr algo con él, pero no se esperaba ni un trabajo terapéutico o pedagógico, sino algo totalmente contrario a lo que debía hacerse con un ser humano.

– ¿Ya confesó? –

Fue la gran pregunta de la trabajadora social, luego de mi primer encuentro con Robinson. Me di cuenta cómo funcionaba la institución y no pude evitar  sentir  tristeza por esos chicos, que estaban siendo funcionales a una estructura construida por la sociedad para anularlos. En efecto, Robinson, no había reconocido nunca que estuvo en aquel robo y lo que interesaba a la institución era que confiese, pese a que ya la justicia había determinado su culpabilidad. Por sobre mi congoja, y las intenciones de la institución, decidí seguir conversando con él.

Nos reuníamos en una bodega a la que llamaban Biblioteca, porque tenía un mueble de cuatro repisas con unos 20 libros, que alguna escuela había donado. La primeras tres reuniones fueron absolutamente desperdiciadas. Mientras Robinson seguramente estaba pensando en escaparse, yo creaba una grieta aún más grande entre dos mundos radicalmente ajenos, porque yo pensaba en lo qué dijo Freud, y en la materia de Asesoramiento, de la universidad, para ver si encontraba alguna técnica apropiada para tratar con él. Un gran error de mi parte, las aulas en las que yo me había formado no pensaban en seres humanos como ellos, algunas veces se sentía que ni siquiera se los consideraba como tales.

Él tenía 16 años, se podría decir que vivía con su madre, a pesar de que casi nunca la veía. Ella trabajaba todo el día, Robinson no sabía en qué, solo recordaba el olor a cigarrillo y colonia de hombre que, para él, era el aroma de una madre. También vivía con su padrastro, que era quien lo educaba, era su guía; pero no para “ser alguien en la vida”, como nos dicen a nosotros, que al menos tenemos esa esperanza. A él lo educaban para que luego se encargue del robo de las casas. Sí, su padrastro, de tanto en tanto, lo llevaba a que haga de campana cuando se metían en alguna vivienda. A veces no quería ir, deseo que  se reflejaba en un par de cicatrices en su rostro y unas tres quemaduras de cigarrillo en las manos.

No sabía leer ni escribir, en el centro le estaban enseñando. Desde pequeño, su madre le dejaba encerrado en el cuarto donde vivían, por eso nunca fue a la escuela. Me contaba cómo, desde los diez, se escapaba por una ventana y se iba a los cosmos (para los que ya no son de esa época, los cosmos eran lugares mágicos, llenos de consolas de juegos de video. Desde los ochentas, niños y jóvenes pasaban horas jugando y haciendo amigos. Curioso, Robinson se escapaba del encierro para estar entre pares, ahora tantos chicos se escapan de sus pares para estar encerrados). Allí, él podía ver algo que no existía en su vida, eso tan necesario para crecer: la imaginación. Quizás, ahí sí había un lenguaje, que en ninguna otra parte podía salir.

A la cuarta vez que nos vimos en la biblioteca aprendí que yo no sé nada de la psicología de cada persona, sino que la persona sabe de ella sin saberlo:

-Licen – Así nos decían los chicos a todos los adultos en el centro, excepto a los guardias y la cocinera, a quien decían: “mamita”.-

 – ¿Para qué me trae acá? Mejor leamos algo –

Por ahí recuerdo que en alguna clase me dijeron que los pacientes tienden a fijarse, después de un tiempo, en cómo están distribuidas las cosas en un consultorio, que eso significaba que estaban apropiándose del espacio. Robinson no era mi paciente y la biblioteca no era un consultorio, pero de seguro, él había hecho suyo algo de ese espacio, desde sus propias incertidumbres sobre el mundo. Algo en su cabeza le decía que necesitaba saber lo que había en los libros, una intuición de que la palabra salva, quizás.

Yo también me encendí con lo que dijo, le dije que me parecía perfecto y me puse a ver los textos que había, porque yo iba a tener que leerlos en voz alta y así avanzar hasta poder terminar al menos un libro. Robinson, todavía leía muy lento. Los textos eran viejos, con pastas rotas y algunos sin todas las páginas, pero el preciso estaba completo: Las aventuras de Robinson Crusoe.

Acordamos leer un capítulo cada vez que nos veamos y tratar de terminar el libro. Luego de cada capítulo, comentabamos lo que pensaba Robinson sobre la vida de Crusoe. Al inicio hasta las mayores tragedias le parecían un chiste a Robinson, señalaba lo bruto que era Crusoe en algunas ocasiones y también íbamos descubriendo el significado de algunas palabras. Pero el rostro de Robinson cambiaba cuando Crusoe hablaba de sus sentimientos, del miedo, el arrepentimiento, la ira. Robinson parecía incómodo y regresaba a ver a la ventana, seguramente se acordaba de aquella por la que escapaba. Hasta que un día salió una pregunta que, más bien, parecía descubrimiento:

-Licen ¿O sea que si se puede contar lo que a uno le pasa? –

Partido en dos el alma, rearmado el cerebro e hinchado el corazón, le dije que sí, que por supuesto. Y la conversación se quedó ahí, me pidió continuar con la lectura, y el descubrimiento se quedó suspendido en el aire de la biblioteca. Al final del capítulo, me contó algunas cosas de su vida y le dije que sería interesante poder escribir algo al respecto, que él lo haga, aunque sea con las pocas palabras que había aprendido. Total… si Crusoe podía (Decirle que Defoe escribió el libro hubiese sido matar a ese héroe momentáneo que vivía en la biblioteca).

Pasaron otras tantas reuniones hasta que él mismo me trajo un cuento de tres líneas que vagamente recuerdo. Lo había escrito de a poco, con la ayuda del profesor que iba una vez a la semana a dar clases como voluntario en el centro:

“Había una vez un niño que se portaba mal se escapaba de la casa y su mamá le pegaba pero a él le gustaba mucho los cosmos y su padrastro era malo y le llevaba a robar un día los policías le cogieron y el prometió nunca más portarse mal su mamá le fue a ver y fueron muy felices”

El escrito tenía faltas de ortografía que no puedo poner aquí, porque siempre hay el riesgo de que la lectura caiga en manos de algún indolente. Pero si quise escribirla sin un signo de puntuación, porque así era el original. Para estos chicos un signo de puntuación es muy difícil, una pausa en la vida también lo es. Ella se vive como un continuo donde no hay quiebres, no hay emociones y no se puede girar, es una línea recta a la muerte.

Ese cuento pudo haber sido la salvación, o al menos su inicio. El chico que no hablaba decidió dar el salto y poner algo de palabras en su vida, algo de colores a los grises de una ventana y unos cosmos, en los cuales no había ni un predicado, peor un sujeto. Pasar a la palabra es hacer plastilina el concreto, trazar estelas con los ladrillos. Contar es existir.

Aunque quisimos, no pudimos terminar el libro. Los siete meses de pena terminaron un mes antes de que yo deje las pasantías, es decir, él salió libre antes que yo. Pedí que le regalen el libro, pero el centro no aceptó, decían que lo iba a usar para enrollar alguna droga. El centro tenía tal confianza en su mal trabajo, que creían que todos los chicos iban a perderse afuera, aunque dentro decían que su trabajo era infalible, todos lograrían rehabilitarse.

Como todos, en esos tiempos de iniciar la vida profesional, debía salir sin poder saber qué sería de la vida de los chicos que me conversaban sus historias. Solo me queda el homenaje silente a su memoria y lo que ahora puedo hacer para que algún otro Robinson, no tenga que hacerse las mismas preguntas, que aquel de aquella época.

A propósito, Robinson es el nombre que le puse como insignia, ya lo dije. Es la insignia que se gana  porque su vida también es una aventura, su vida también es una historia,  que aunque me duela,  nunca sabrá que la conté.  

Fotomontaje por Homero y sus players: Antonio Berni- Juanito aprende a leer

Los sin historia: La banda del bandido

¿Cómo nacen Los sin historia?

Facundo Cabral, en uno de sus monólogos, cuenta que cuando García Márquez ganó el Nobel, los periodistas en Colombia corrieron donde su madre y ella solo dijo que no sabe nada de literatura, solo sabe que el Gabo tiene muy buena memoria porque, todo aquello que escribió, se lo contaron. Cabral también decía que alguna vez un periodista le preguntó a Juan Rulfo por qué había dejado de escribir y él contestó: “Porque la gente que me contaba las historias, se murió.”

Claro que Cabral se inventaba muchas cosas, pero enseñaba mucho con sus inventos. Enseñaba que lo que cantamos o escribimos viene también de esa escucha al otro. Yo tuve la oportunidad entre mis 22 y mis 24 años, de pasar por dos lugares que me marcaron, los pasé en mis primeros pasos en el mundo de la psicología. Aunque no podía atender casos, pude conversar con mucha gente en los patios de lugares que podían matar de miedo, pero que me dieron otro sentido de humanidad.

Haciendo memoria, y a la luz de uno de los hechos más horrorosos de la historia del Ecuador, la masacre en las cárceles del país, algo en mí me obligo a amalgamar historias y crear relatos que se asemejan lo más posible a la realidad. “Los sin historia” son retazos de cosas que se recogieron mientras vi humanos deshumanizados por quienes, curiosamente, no habían cometido ningún delito. Estos relatos no pretenden santificar a nadie, sino decir que son temas muy complejos, que en algún lugar del tiempo se puede evitar que un alma quiera dañar a su semejante. Estas historias vienen acompañadas de tanta gente a la que respeto por su compromiso en el trabajo que hacen con los privados de libertad, con lo que representan ellos para la sociedad y lo que se debe crear, en lo social, en lo académico, en lo humano, para dar otro lugar a sus vidas y darnos nosotros otro lugar que nos aleje de aquello que a ellos los llevo a donde están, la crueldad.


Introducción y relatos por 

Alfonso Bravo

(Ambato, 1975) Psicólogo clínico, Magister en estudios psicoanalíticos, sociedad y cultura. Poeta, docente universitario en inglés y psicología desde hace 21 años.


2. La banda del Bandido

En mi aldea, las calles hablan más que los niños, las paredes son señoras a las que hay que hacer reverencia y los monumentos gozan de más derechos que los ciudadanos. Cuando violan a una mujer, el juez deja libre al violador y, acto seguido, se encarcela a un grupo de mujeres por reclamar la injusticia y pintar un par de paredes del Centro Histórico. Sí, aunque usted no lo crea, en ese espacio, las calles son históricas, los monumentos los son, pero la gente no, la gente no tiene historia, no tiene nada que contar.

Por eso, ahora le escribo al “Bandido”, porque este documento pretende ser nada, como él o como yo. Como tantos que no han pasado de ser un pedazo de carne que duerme debajo de una estatua y que se esconden el día que hay que rendir honores al bronce. El Bandido era de esos que deambulaban por la calle, mientras las gentes de bien se apuraban a sus misas.

Camiseta media rota y larga, un pantalón con más cortes que la presidencia de Sixto Duran Ballén, unas “tillas” robadas, abiertas de tal forma que la lengüeta parecía de un perro agitado, los pasadores zafados, una gorra puesta al revés, con algún motivo estilo grafiti que no se entendía. El rostro lo tenía siempre en posición de afrenta, como si no conociera otra actitud en la vida que el ataque y la amenaza. Solo le faltaban las joyas, collares y pulseras que fueron confiscadas cuando perdió su libertad.

Cuando yo fui al Centro, él ya era uno de los mimados de allá. Canchero para tratar con sus compañeros y comedido con las autoridades. Había contado que aquella tarde en la que apuñaló a un chico de una pandilla rival, lo hizo porque así son los rituales para ascender y ser más importante. Para conseguir alguna distinción hay que destruir al otro. Tal como en las oficinas, para obtener un ascenso se puede aplastar a quien hasta ese momento fue amigo, o cuando se bombardea un país solo porque el presidente se inventa que hay una amenaza. Ya saben, la humanidad siempre mostrando su mejor rostro, solo que había que apresar al rostro del Bandido, para mostrar que ese sí es el malo.  

Pero bueno, decía que el Bandido era uno de los mimados, tanto que en poco tiempo se ganó el programa de libertad asistida, en el que le permitían salir toda la mañana al colegio y regresar al medio día. Confiaban tanto en él, que hasta lo castigaron por decepción. Un día, una semana antes de hablar conmigo, se quedó tres horas más en el colegio y cuando volvió, el director del centro estaba tan dolido que, para educarlo, le quitó la educación. No podría volver al colegio hasta que demuestre que había entendido la tremenda falta que había cometido. Era como sí esa “travesura” fuese más grave que el apuñalamiento a un chico, que aún estaba luchando contra la muerte en un hospital de los nuestros, esos que nos hacen pedir a gritos que el sufrimiento se acabe y podamos morir en paz.

Cuando hablamos, le pregunté por qué se había quedado hasta tan tarde en el colegio. Su rostro se convirtió, ya no era desafiante, la pregunta parecía un golpe o un insulto. Lloró como un niño chiquito por casi cinco minutos, sin poder hablar. Cuando por fin pudo, con su aliento casi extinto, me contaba que se había quedado en el colegio para repasar en una banda. Entre sollozos, me conto lo gracioso de su apodo. Los compañeros del centro, después del castigo, le molestaban con lo de la banda y no tardaron mucho en llamarlo “Bandido”.

Yo ya sabía, desde el inicio, que estaba hablando con un ser humano, pero es impresionante la emoción que uno siente al comprobarlo. Cuando me contaba lo de su apodo, vimos una de esas cosas maravillosamente humanas, pero que no ocurre muy a menudo: el paso brusco del llanto a la carcajada. Fueron cinco minutos más de reír como si en ese momento no existieran las tres cárceles que nos rodeaban: la suya, la mía y el Centro.

Ahora era yo el que tenía que secarse las lágrimas, para preguntarle de qué se trataba la banda. Me dijo que era una banda de hip hop, que se había empezado a formar en los recreos del colegio entre chicos que “perdían su tiempo” verseando en duelos, que convertían el puñal  en palabras. El Bandido, me dijo entonces, que su tristeza venía porque en el centro no entienden lo importante que es para él, el hip hop. Para esa época, yo tampoco lo entendía mucho, mi alma rockera me obligaba a pensar que eso de los raperos y sus cosas era algo muy vacío y que no tenía punto de comparación con la sublime creación del rock. Sí, en el rock también se puede ser medio facho, también se puede eliminar al que piensa distinto.

El Bandido, me dijo, que la gente no sabe lo que pasa en la calle, que en la calle no hay ni palabras ni oídos, se fruncía, mientras me explicaba que la gente no entendía lo que ellos sufren. Su madre era una empelada doméstica de esas a la antigua, es decir, sin un salario digno, sin educación ni conocimiento alguno de la palabra derechos. Tanto así, que pensó que cuando su patrón la violó, era su obligación callar durante el acto y toda la vida. Por eso, el Bandido le decía “señor” a su padre hasta que llegó la adolescencia – que llega un poco más temprano, cuando tu madre pasa en el trabajo y a ti te educa la calle-. A los trece años, el Bandido entró a la casa del patrón y se llevó un dinero para llevarlo a sus amigos del barrio. Cuando su madre lo descubrió, le metió tal paliza que el pobre no volvería a hacer lo mismo nunca más; como era de esperarse, el Bandido iba a hacer cosas peores.

Broncas en la calle, pandillas, dormir en cualquier vereda y respirar algo más que aire, para que no importe el frío. Aquella fue la mejor escuela de supervivencia en un mundo que no le daba una sola señal de quererlo. Entre la obligación de su madre de dejarse violar y el poco cuidado que ella le daba, no era raro que el Bandido trate de buscar sostén en algo que le diera al menos una pista de cómo ser en el mundo. Eso vino con las pandillas, organizaciones que tenían su nombre, su rito de iniciación, normas, rangos, creencias. Casi como una cultura dentro de otra que los había desechado. Sí, la pandilla funcionó hasta que lo atraparon, hasta que lo único que se le permitió era la palabra a través del canto.

“El hip- hop te permite contar lo que te pasa, lo que pasa en la calle, lo que sientes”

me dijo con ese movimiento típico del pandillero, agachando la cabeza, alzando los ojos para verte fijamente y levantando un poco la frente, como si con ese movimiento te estuviese empujando a través de las palabras. Entre la destreza de un pandillero para desafiar al otro, y la elocuencia de un joven rapero, se filtró la inocencia de un niño que empujaba un juguete para ver si yo quería jugar con él, o un animalito que te empuja la mitad del hueso para compartirlo.

El Bandido necesitaba que yo le comprenda y a mí me urgía tanto comprenderlo que me olvidé de ser rockero. Había visto tantos chicos subirse en los buses de la ciudad y cantar sus cuatro o cinco versos y pensaba que tan solo era una moda insuficiente, comparado con lo que se necesita cuando quieres protestar. Cuando escuché al Bandido, me di cuenta que quizás, yo era uno más de los que había elitizado y dejado de lado el espacio de origen mismo de la protesta: la calle, que te hace vivir como un miserable al que nadie importa. Me di cuenta del lugar que tenía, lo que él hacía y entendí su llanto.

El Bandido quería tanto gritar, hablar, que su palabra llegue a alguna parte. Él quería decir, que el acto del director del Centro le había vuelto a romper el alma, como cuando el patrón se la rompió a su madre y no pudo decir nada, como cuando la palabra padre no se podía decir porque el patrón tiene una esposa y sus verdaderos hijos no debían saber de las andanzas de su padre. Tantas veces se le había negado la palabra al Bandido, se le había negado el mundo de las palabras, que no le quedaba más que la carne para expresarse, esa carne, que es el veneno de otro hombre. Por eso la violencia, por eso otro muchacho estaba agonizando, porque la palabra era un privilegio, no un derecho.

El Bandido no volvió a salir al colegio, así debía ser para un sistema en el que la obediencia es señal de rehabilitación. Se lo podía ver, de vez en cuando, balbuceando una que otra frase con ritmo a la hora de tomar el sol. Yo veía desde lejos un mundo en el que la palabra era clandestina y casi subversiva y no podía dejar de sentir algo muy incómodo: la indignación de ver cómo, quien tiene el privilegio de la palabra en nuestro mundo, habla cualquier estupidez y aquel que es condenado por burlar ese privilegio, estaba cantando en un patio perverso en el que tanto chico veía el cielo, solo para recordar que otros lo pueden gozar.

Fotomontaje por Homero y sus players: Juanito Laguna- Antonio Berni; Xul Solar, ciudad

Los sin historia: el mal ladrón

¿Cómo nacen Los sin historia?

Facundo Cabral, en uno de sus monólogos, cuenta que cuando García Márquez ganó el Nobel, los periodistas en Colombia corrieron donde su madre y ella solo dijo que no sabe nada de literatura, solo sabe que el Gabo tiene muy buena memoria porque, todo aquello que escribió, se lo contaron. Cabral también decía que alguna vez un periodista le preguntó a Juan Rulfo por qué había dejado de escribir y él contestó: “Porque la gente que me contaba las historias, se murió.”

Claro que Cabral se inventaba muchas cosas, pero enseñaba mucho con sus inventos. Enseñaba que lo que cantamos o escribimos viene también de esa escucha al otro. Yo tuve la oportunidad entre mis 22 y mis 24 años, de pasar por dos lugares que me marcaron, los pasé en mis primeros pasos en el mundo de la psicología. Aunque no podía atender casos, pude conversar con mucha gente en los patios de lugares que podían matar de miedo, pero que me dieron otro sentido de humanidad.

Haciendo memoria, y a la luz de uno de los hechos más horrorosos de la historia del Ecuador, la masacre en las cárceles del país, algo en mí me obligo a amalgamar historias y crear relatos que se asemejan lo más posible a la realidad. “Los sin historia” son retazos de cosas que se recogieron mientras vi humanos deshumanizados por quienes, curiosamente, no habían cometido ningún delito. Estos relatos no pretenden santificar a nadie, sino decir que son temas muy complejos, que en algún lugar del tiempo se puede evitar que un alma quiera dañar a su semejante. Estas historias vienen acompañadas de tanta gente a la que respeto por su compromiso en el trabajo que hacen con los privados de libertad, con lo que representan ellos para la sociedad y lo que se debe crear, en lo social, en lo académico, en lo humano, para dar otro lugar a sus vidas y darnos nosotros otro lugar que nos aleje de aquello que a ellos los llevo a donde están, la crueldad.


Introducción y relatos por 

Alfonso Bravo

(Ambato, 1975) Psicólogo clínico, Magister en estudios psicoanalíticos, sociedad y cultura. Poeta, docente universitario en inglés y psicología desde hace 21 años.

1. El mal ladrón

El Bermejo, abandonado por su madre al mes de nacido, era un muchacho de 16 años de edad cuando lo conocí. Estaba en el centro de rehabilitación de menores por robo y agresión. Era un muchacho con una cara común, de esas que se te pierden en la memoria o que no regresarías a ver cuándo caminas por la acera. Blanco, con mejillas suizas. El cabello de ladrillo, de ahí el sobrenombre con el que empieza esta historia y con el que lo recuerdo; porque los nombres nunca importan y los apodos son más esencia que un apellido cualquiera.

Para cuando lo conocí, ya había estado en cuatro centros por diferentes delitos. Por ahí había un asalto, un intento de homicidio y dos robos a domicilios en otras ciudades del país. De todos se había escapado, lo contaba con mucho orgullo. Si yo hubiese tenido flojera de pensar, lo habría visto como un malandro más, sin alma ni condición humana. Lo habría tratado con desprecio y un sentimiento de superioridad típico de mi condición, la de alguien que nació con un par de centímetros de ventaja.

Se había criado con su padre, en un pueblo abandonado en el oriente, entre necesidades, perros mosqueados y la desesperanza de la que no se daba cuenta, porque en esos terruños la vida cotidiana era un dibujo mal hecho y sin color. Entre el desprecio de su padre, que gastaba más horas en el alcohol, añorando a la mujer que lo había dejado, y la poca educación que recibía de vez en cuando por una profesora que llegaba cada que podía y con un par de libros incompletos, el Bermejo salía con sus amigos a observar a los capos del pueblo, que pasaban droga a la capital de provincia, aquellos tenían motos y secuestraban a las chicas más lindas del pueblo.

Allá, no había aspiración de profesiones, negocios u oficios para poder tener algo más que el agua estancada y lo que buenamente se podía cosechar o criar en la choza. La única salida era robar o entrar en el mundo del tráfico.

A los doce fue atrapado por el capataz de una hacienda robándose una gallina y lo entregaron a su padre con un par de golpes encima. Tres meses más tarde fue encontrado por la policía, luego de asaltar a una chica en la plaza del centro. Fue la primera vez que le llevaron al centro de detención de menores y, a la semana, logró escapar. Volvió a casa a recibir la paliza respectiva y luego el perdón, que era la indiferencia. Un mes después decidió a escapar de casa, un camión lo llevó hacia la Sierra. Al año de robar en las calles y en un par de casas, lo volvieron a atrapar. Llamaron a su padre y lo fue a ver, lo visitaba de vez en cuando hasta que el Bermejo se volvió a escapar. Pasó como año y medio sin que su padre sepa de él, durmiendo donde podía en varias ciudades. Tuvo una riña e intentó matar a otro chico tan olvidado como él. La policía lo llevó a otro centro y volvió a llamar a su padre, pero esta vez el hombre dijo que ya no quiere saber nada más de su hijo, que hagan lo que tengan que hacer.

No pasó ni un mes y el Bermejo ya estaba afuera, se había ganado la buena fe de los celadores del centro que lo llevaban a las compras semanales. Un día, simplemente despareció en el mercado y se lanzó a la capital para probar suerte, palabra tan diferente en boca de un chico que ya no pertenecía a la vida. Se juntó con unos hombres que robaban casas de gente no tan pudiente, no tan protegida. Una madrugada, el hacía de campana cuando llegó la policía y se lo llevaron al centro donde pude conocerlo.

Al inicio, no cruzaba palabra conmigo. Era un chico como todos ahí, solo contestaba con monosílabos y no tenía confianza en nadie que se llame a sí mismo ser humano. Cuando me habían enseñado sobre la transferencia en clases, no me habían dicho de estos muchachos que no reconocerían en mí a un semejante, porque había algo de la vida que no los había reconocido a ellos como parte de la misma realidad que yo vivía. Era frustrante pensar que había estudiado mucho, y aun así no lograba nada. Hasta ahora no entiendo cuál fue el punto de inflexión en el que el Bermejo me empezó a contar más de su historia y de lo que sentía.

Me dijo, que desde que su padre ya no quiso saber de él se sentía “como regalado”. Lo decía de tal forma que yo podía ver que el mismo se ubicaba como un objeto. Sus gestos, nunca pasaban la línea de lo plano. Los extremos de sus labios nunca se movieron, ni hacia arriba, ni hacia abajo. Daba la impresión de que le habían negado el derecho a un sentimiento, que nunca había visto a nadie llorar, reír o estallar de ira por algo. En el espacio, él era un objeto, en el tiempo, simplemente no existía.

Tantas veces me habían dicho de eso: que lo que salva es poder tener un sentido en la vida, un objetivo que te impulse y te de energía vital. El hombre en Busca de Sentido de Frankl era siempre una herramienta para pensar en una salida a los lugares más oscuros y desesperanzadores. Pero con el Bermejo me surgió la pregunta de si era posible que un ser humano no exista en el tiempo, porque el pasado no era biografía, el presente no era un anuncio del ser y el futuro era un latifundio habitado por quienes a él no lo veían como persona.

Un día le pregunté sobre sus sueños y todo cambió, me dijo algo que no había leído en los libros, escuchado en clases y mucho menos había pensado que podía ser:

“Mi sueño es escapar de aquí, porque quiero estar en todas las cárceles del país”

Por esa frase lo recuerdo, 18 años y no se me borra de la memoria un deseo como ese. Hasta ahora pienso, que el Bermejo nunca quiso ser un buen ladrón, porque aquel espera que nunca lo atrapen. El Bermejo, en cambio, quería fracasar en cada acto delictivo para poder visitar todos los centros de rehabilitación, penitenciarías o cárceles, como quieran llamarlos. Me decía que se sentía bien donde estaba, que le daban de comer y había recibido más clases que en los doce años que vivió con su padre, pero él quería escapar.

Yo quería entender cómo alguien puede querer eso, pedir voluntariamente la cárcel. Pero, al poco tiempo, me di cuenta que no iba por ahí, al menos no del todo. Había una satisfacción en ese hecho, en que lo atrapen, también que lo persigan y lo busquen. Me decía que eso de saber que la policía lo estaba buscando, le emocionaba. Ahí me di cuenta que el pedía a gritos que la ley lo busque, esa ley que podía venir de su padre, pero que, en lugar de ella, tomo posesión el maltrato, el alcohol y la indiferencia. Cada vez que la ley lo perseguía, se sentía querido. Era más difícil que se sienta bien en una cárcel, que repitiendo esa búsqueda del progenitor con el que sí logró vincularse.

Su relación con la ley era esa, muy particular y con una demanda que sólo el Bermejo podía entender sin saberlo. Desde el mes de nacido, su único futuro era buscar el afecto que no iba a encontrar nunca. Estaba condenado al vacío en el que solo pueden quedar aquellos que viven en el desprecio. Cuando me dijo que quería estar en todas las cárceles del país, sus ojos se encendieron, su mirada estaba tan cargada que hasta yo quería ser un prisionero, sus labios por fin se movieron hacia arriba.

Como un padre que ve crecer a su hijo, un poeta que encuentra la realidad que nadie más vio, el maestro que mira al pupilo crear nuevos mundos. El bermejo se encendía pensando que, en cada delito, llegaría su padre a decir: Te quiero.

Fotomontaje por Homero y sus players: Juanito dormido de Antonio Berni; Paisaje Georgia O’keeffe

Hidromasaje

El hombre entró con un bañador azul y con él, también su cuerpo visiblemente demacrado, lunares, manchas sin color y arrugas encarnadas. Primero sumerge los pies para aclimatarse, y de ahí deja avanzar las burbujas y el vapor hasta sus piernas. Nota que un chorro bastante firme le roza la pantorrilla, un látigo de calor. Decide que sería mejor aprovechar la  fuerza de la vertiente artificial.  Apega su hombro afectado por los músculos distendidos. La corriente impacta de lleno el cuerpo, es agradable aquella sensación para el hombre, mientras se sienta en la pequeña gradita que le ofrece aquel espacio, alterna sus movimientos: entre izquierda y derecha, se frota así mismo.

Alza la mirada, en el techo se condensan cientos de gotas, gruesas todas ellas. Las mira caer, algunas explotan en el suelo de baldosas blancas y otras en el hidromasaje. Intenta agarrar una con sus manos artríticas, cae frente a sus ojos, fracasa, se escabulle por entre sus dedos, solo avanza a rozarla levemente, siente que aquella partícula se ha llevado más algo de él, que él de ella. Ahora la gota está también en la pequeña piscina. 

Se aproxima gente. El hombre se agazapa en su chorro burbujeante,  se emponzoña en el calor. Una niña y su padre entran al agua

– ¿Está bien, Luciana?

– Sí papi

Y los dos seres se abrazan, se acomodan junto al hombre, aquel desvía por unos segundos su vista a la piscina principal, grande, azul, profunda. A través de la mampara de cristal que divide los dos espacios, una mujer intenta ponerse las gafas para nadar, lo hace con dificultad, finalmente un joven llega a ayudarla. Sujeta su cabeza delicadamente, separa, cierne su cabello castaño, abre bien los dedos, arriba un pozo de luz los eleva, hace más visible sus movimientos, parece que sus brazos y piernas son el reflejo de otra realidad más próxima e infinitamente más lograda. La mujer inclina la cabeza y centra las gafas en sus ojos, el muchacho parece jugar con un lunar en el cuello de ella, lo besa, ajusta los resortes de hule a su nuca y la suelta. Luego ella estira los brazos, se escabulle en un clavado perfecto, el muchacho se queda contemplando el agua que se ha desplazado desde la piscina hasta sus pies. Las gotas son como pequeñas luciérnagas muertas que no saben que murieron y siguen brillando. 

El vapor se enmascara violentamente en la mampara  de vidrio. El muchacho, que ahora es una silueta, salta también al agua.  El hombre regresa su cuerpo despacio, parece temer que sus huesos lo delaten. La niña se le queda mirando con curiosidad. Su padre le llama la atención con la mirada, la niña vira su cabeza al instante, ella sale del hidromasaje, se pierde por la puerta, tal vez busca a su madre. El padre cierra sus ojos en esos minutos de soledad. El viejo termina su movimiento circular, como restregándose lo áspero de su vida.

El chorro de agua golpea el tórax del anciano, inclina sus rodillas, solamente se escucha el borboteo del agua contra el agua. Él se va haciendo más pequeño, el chorro le impacta la frente. Se hunde totalmente, cierra los ojos. De la superficie no escucha nada, hay un gran silencio. Allí sumergido intenta descifrar los ecos que le vienen amortiguados, como si cada burbuja que llega a sus oídos explotara en un aletargamiento de palabras algo familiares, y al final de todo, un pequeño sollozo y un sonido largo, transitado, inacabado. Tanto ruido, y sin embargo, la quietud venía de lo incomprensible que le resultaban aquellos sonidos. 

El anciano abre los ojos en esa dimensión clorada, encuentra el chorro que sale de golpe sobre sus cejas. Al orificio de plástico que antes le tocaba el cuerpo, el viejo lo tapa con la palma de su mano, luego lo destapa y parece que el agua sale con más fuerza, deja una estela redonda y transparente a su paso. Así juega el anciano, hasta que se le acaba el aire y tiene que regresar arriba. Ahí, el padre de familia sigue dormitando.

El viejo nota que el calor ya es insoportable, se apoya del pasamanos y su cuerpo sale con el vapor alzándose en sus hombros, camina unos pasos y se desploma sobre las baldosas, cae con la mirada hacia arriba, mirando las gotas en el techo. El padre adentro del hidromasaje solo atina a hablarle a su hija – Luciana no entres- pero la niña  entra y en sus labios se encarama, no un grito, sino un pequeño quejido enclenque, que el anciano, ahí acostado en el suelo, reconoce, lo recibe casi sonriendo. Por unos segundos solo se escuchan las burbujas que borbotean en el agua. Afuera, al otro lado de la mampara, las largas y rítmicas brazadas de la mujer esbelta.

Por René Gordillo Vinueza

Fotomontaje por Homero y sus players: Fondo A bigger Splash David Hockney (1970); Un baño en Asnieres , Seurat (1884)

Como una piedra dentro de un durazno

En 1945 explota la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki y la Segunda Guerra Mundial llega a su fin. Según Iván Carvajal, estos acontecimientos internacionales impactan en la sensibilidad y en la pregunta por el ser histórico contemporáneo. Aquel telurismo que se forja en los años veinte según Carvajal, con Gangotena y su libro Orogenia ‘‘ por el fundamento de la existencia: las raíces, lo mineral, lo escondido, son símbolos de lo telúrico, en tanto sustento del ser-ahí, de la existencia.’’ (Carvajal 1995, 33), y luego con Carrera Andrade y su capacidad ‘‘para transfigurar, la poesía de Carrera y sus contemporáneos tuvo la tarea de constituir un imaginario en torno del ser humano y la naturaleza en los Andes ecuatoriales’’(34)

Ese telurismo continua en autores como Jorge Enrique Adoum (1926), César Dávila Andrade (1918), Efraín Jara Hidrovo (1926) entre otros, nacidos en los años de la vanguardia y que comienzan a publicar a partir de finales de la década de los años cuarenta y principios de los años cincuenta. En 1951, Dávila Andrade  publica Catedral Salvaje, un año antes, Pablo Neruda publica Alturas de Macchu Picchu, aunque hay registros de su publicación en 1948. De todas maneras, ambos libros comparten cierta sensibiblidad, como lo reconoce Vladimiro Rivas: 

 La poesía de Dávila Andrade es una de las últimas manifestaciones del telurismo americano que culminó en “Alturas de Macchu Picchu”. Lo más interesante de la obra del ecuatoriano es que da el salto desde el canto exterior de la tierra hacia una suerte de identificación con las fuerzas primigenias (Rivas 2005, 30) 

Como expresa Rivas Iturralde, en Dávila Andrade la concepción del espacio cambia. Ya no se edifica una noción de territorio, aunque se plantean nombres como el páramo del Cajas o las piedras del Carihuairazo o el Cotopaxi, pero este nombrar no tiene como sentido delimitar un lugar e incorporarlo a un discurso cultural identitario, sino que esos espacios son asimilados dentro de la propia naturaleza, como entes de fuerza vital que unen al ser humano y a las criaturas que habitan la tierra en una convivencia sagrada, en ciclos de construcción y destrucción, de alimentación y deglución, como refiere el mismo Rivas (36) De ahí el nombre del poema Catedral salvaje, hay un vínculo entre un mundo que sigue cierto orden- que se desprende de la ciclicidad de la naturaleza- y uno salvaje, de medidas desproporcionadas, que lo arrasa todo para convocar nuevos ciclos:

‘‘Oh cópula sin pausa, la bestia sucesiva entra y/sale de ti,/pudriendo la gran noche salobre como una vianda,/en continuo horario de carne pisoteada/por carne aguda que se baña/ en el hueco de la chorreante llamarada!/’’(Dávila, 2006, 167)

 En los textos ‘‘Doctrina de lo semejante’’ y ‘‘Sobre la facultad mimética’’ (2007), Walter Benjamin, interpela dos conceptos, o mejor dicho, dos mundos, el antiguo (mágico) y el moderno (razón), en esta dialéctica entre estos dos tiempos, la conceptualización de mímesis surge como la capacidad de ver lo semejante en la naturaleza y especialmente en la humanidad, como principal creadora de procesos miméticos. Aquella creación o capacidad de percepción es más evidente en el mundo antiguo que en el moderno, así Benjamin establece en sus textos un desarrollo histórico de la capacidad de los seres humanos para emprender relaciones de semejanza, donde el macrocosmos se reflejaba en un microcosmos. Esta construcción de sentidos de lo macro en lo micro, dice Benjamin, sufre un cambio o un desplazamiento de la facultad mimética, desde lo mágico-antiguo, hasta una contemporaneidad decrépita, donde la capacidad de entablar diálogos con procesos que reproduzcan semejanzas estaría en un estado casi moribundo o de decrepitud.

El espacio para Dávila es una exploración constante del origen, un esfuerzo por entablar en aquella ciclicidad de lo natural ecos de semejanzas capaz de conectar un movimiento con un momento en el mundo, en ese sentido, la tierra se conecta con lo primigenio, con lo más antiguo, no es un deseo americano por descifrar un pasado histórico, o un ser histórico, sino es la visión, y aquí la palabra es precisa, que muestra la formación de lo que no pudo ser visto por ningún ser humano, pero que aún es sentido por todos nosotros, como un eco. De alguna forma, la palabra poética en Dávila acontece como forma cartográfica de un pasado que une al ser humano, no lo fragmenta, lo reconstruye con lo mítico, es decir, con un conocimiento otro, alternativo al cientificismo de lo moderno: ‘‘Oh infinito antepasado de mil rostros, mil alas y/mil colas!/ En el profundo rebaño de las simientes y las/sombras, duermes!’’ (Dávila 2006, 167).

Paralelamente el poema también se expresa como búsqueda, no en el tiempo, sino en el espacio. En el poema En que lugar , Dávila Andrade lo plantea así: ‘‘Tienes que indicarme antes que este día coagule/ Aquello debe tener el eco/envuelto en sí mismo/ como una piedra dentro de un durazno’’(Dávila 2012, 31) La imagen del eco ayuda para entender aquella búsqueda, como en Catedral salvaje, el espacio natural parece una conformación de ecos, igual que la exploción del origen, el big- bang del universo. De esa forma, el poema en Dávila Andrade parece configurarse en capas que parten de esa piel de durazno y culmina en encuentro con la roca, con el núcleo, con la palabra poética que es capaz de sostener a la tierra misma.

En que lugar
Quiero que me digas; de cualquier
modo debes decirme, 
indicarme. Seguiré tu dedo, o
la piedra que lances
haciendo llamear, en ángulo, tu codo.

Allá detrás de los hornos de quemar cal,
o más allá aún,
tras las zanjas en donde 
se acumulan las coronas alquímicas de Urano
y el aire chilla como jengibre, 
debe de estar aquello

Tienes que indicarme el lugar
antes de que este día se coagule.

Aquello debe tener el eco envuelto en si mismo, 
como una piedra dentro de un durazno.
Tienes que indicarme,Tú
que reposas más allá de la Fe
y de las Matemáticas

¿Podré seguirlo en el ruido que pasa 
y se detiene
súbitamente
en la oreja de papel?

¿Está, acaso, en este sitio de tinieblas,
bajo las camas,
en donde se reúnen
todos los zapatos de este mundo?

César Dávila Andrade 
Fondo pintura Georgia O’Keefee; foto César Dávila Andrade. fotomontaje por Homero y sus players

Benjamin, Walter. 2007. Walter Benjamin Obras LibroII/Vol 1. Madrid: Abada Editores.

Rivas, Vladimiro, El poema, piedra sacrificial del poeta (Sobre “Catedral salvaje” de César Dávila Andrade) Hispamérica , Dec., 2005, Año 34, No. 102 (Dec., 2005), pp. 29-

Poemas de Paula C. Riofrío

Inició su carrera escénica en el Laboratorio Malayerba. Ha participado como actriz y gestora en el IX Festival Internacional de Teatro Universitario, y como asistente logística y comunicación en el XIII Congreso Internacional: Literatura, memoria e imaginación de latinoamérica y el caribe. Dentro de la danza ha cursado las aulas del Frente de Danza Independiente, la Casa Malayerba y el Espacio Vazio. Participó en Efecto Mariposa; performance de clasura para el Programa Regional Combatir la violencia contra las mujeres en Latinoamérica, en El Otro Festival (Cuenca, 2019) y en Festival Inédito (Quito, 2020). Dentro del área literaria ha publicado uno de sus ensayos en La flecha de Zenón, 16 Ensayos sobre Franz Kafka (2017) y ha llevado a cabo el taller Rincón de Lectura (2016) y un taller híbrido, entre escritura y danza, Narrativa y Movimiento (2020) Actualmente forma parte del Taller Permanente De Investigación Escénica Klever Viera y desarrolla proyectos culturales con el Laboratorio de Excritura Rizomática

Espira
 Mi alma no brota peces
 Cómo flores heladas
 Fuiste muchas sonrisas
 Buscando ser mar.
 El mar sin palabras,
 Las figuras no vistas.
 En el estribo de un recuerdo,
 Los contornos gorjean,
 Las ramas se hunden
 En una pasividad cercana al olvido
 Destinados todos a escuchar por la noche,
 camellos crujiendo en la memoria.
Ascienda
 Discuten eternamente
 Nuestras almas abandonadas
 ¿ De qué tamaño han quedado los sueños?
 ¿ Y si recuerdo…
 que he garabateado con los dedos la aurora?
 La niebla cubre la ciudad
 Un manto de olvido
 Enmarco una sonrisa mientras los pedales suben la curva,
 Respiro filtrando las memorias de otro.
 Los espectros cargan con su propia altura
 En pleno día cae sobre nosotros la pregunta
 ¿ Quién tira de los pasajeros?
 El misterio fluye como saliva.
Mientras
 Fue marzo,
 Fue abril.
 Nos han arrancado el tacto.
 El calor de un cuerpo extendido en la luz.
 ¿Y dónde ha quedado el mar?
 Allá, en la costa.
 Perdido en su inmensa sonrisa.
 La flor silueta su incendio,
 Abre los ojos,
 Intenta escapar de su sombra.
 Danza, crepita y se agota.
Ilustración por Arianna Moyano

Máscaras Ecuador: Roy Sigüenza

Máscaras Ecuador es un podcast que se encuentra en la búsqueda de vidas y obras auténticas en nuestro país. Tenemos el gusto de presentar nuestra tercera Máscara de Ecuador: el gran poeta Roy Sigüenza, quien con amabilidad conversó con nosotros, reflexionó y nos permitió indagar en su pensamiento y en su obra, a propósito de su antología: Habilidad con los caballos editada por la USFQ y Severo Editorial y que reúne 30 años de poesía de Roy.

Este es un proyecto en colaboración especial de Homero y sus players  y el sitio de podcasts Máscaras.

Esperamos que disfruten de este episodio y que compartan nuestro entusiasmo por esta propuesta en sus redes sociales, para que más personas puedan escucharlo. Clik en el link para escuchar el episodio

Relatos en la resistencia por Juan Suárez Proaño

Nota preliminar——-Descarga directa de la plaquette al final de la entrada.

Para Homero y sus players es un verdadero honor y alegría ser una casa, un hogar para este material producido por Juan Suárez. Hace un año y un poco más, construimos una página web, un pequeño rincón que pueda hablar sobre temas que nos muevan, arte que nos mueva y también que nos conmueva. Hace un año que contamos historias y que damos cabida a experiencias, a testimonios, cuentos, crónica, poesía y trabajos visuales artísticos. Al principio era solo yo,- narrando y contando cosas-, ahora siento que somos muchos más. Y ahora, al leer y releer este texto de Juan Suárez Proaño, amigo y compañero, me convenzo de que contar es lo único que nos queda, luego de gritar, de correr, de estar en acción, me convenzo que contar es la fuerza motriz que acaba por devolvernos algo que ni las bombas, ni los perdigones, ni los toletazos, nos pueden arrebatar. Contar para no morir y también para no dejar morir. 

También siento que este material debería llegar a muchísimas más personas de las que podría hacerlo. Siento que esta publicación tendría que ser leída por todos, por todos aquellos que necesitan recordar y también por los que no creen necesitarlo, esos que con profundo odio y falta de empatía apuntaban su más profundo desprecio hacia la resistencia popular de Octubre de 2019, pero aquello es pedir peras al olmo. Como dije, solo nos resta contar, y para hacerlo se necesita voluntad y compromiso. Nosotros no tenemos capitales, no tenemos pautas, pero contamos con un lugar desde el cual pensar, desde dónde escribir, qué es igual a comer, caminar o jugar. Ningún rol de intelectuales, cosa rara y desdibujada,  como dice Juan: 

El papel que jugamos en las calles es el papel que el pueblo nos otorgue: cargar cartones, empujar llantas, buscar piedras, agitar banderas, resistir de pie, no dejarse atrapar.

«Somos el pueblo» decían los escudos que nos protegían. Y quizá eso mismo somos. Me interesa más la pregunta: qué parte soy de ese cuerpo que se llama pueblo: ¿su muela izquierda, su dedo meñique, su célula más ínfima, el centro de su retina?

Juan Suárez Proaño

Creo que no hubo dos Octubres, como nos dicen, hubo muchísimos más, de hecho, toda una multiplicidad de experiencias y vivencias de gente de a pie y gente que estaba metida en sus casas y gobernantes sin el mínimo de empatía que lanzaron una carnicería a las calles. Creer que hay dos versiones que pretenden posicionarse a partir del discurso histórico, solo muestra las tensiones y la polaridad que cada vez más se acentúa y contagia, lo cual hasta cierto punto autoriza la acción política.

De ahí la importancia del ejercicio de la memoria de cada uno, para romper esas fuerzas que pretenden legitimarse. La memoria, principalmente se edifica a partir del testimonio, es decir de una construcción vivencial que expresa una subjetividad personal, un ‘‘yo estuve ahí’’ por eso puedo reconstruir lo pasado, desde mi visión del mundo. Esta confianza en la palabra del otro, dice Ricoeur, cuando la confrontamos con otros testimonios y además se la escribe, entra entonces en el umbral de la historia, y con ello, de la formación del documento, como memoria colectiva, que de alguna manera amplia los umbrales del testimonio y lo afianza. 

Los libros como artefactos culturales construyen un documento de memoria colectiva que otorga seguridad a esa testimonialidad, y de alguna forma la historiza también para el futuro. Después de todo, cada uno adopta esa memoria colectiva como suya, también para criticarla. Mientras más ejercicios de memoria podamos construir, mientras más Octubres se puedan recordar (seleccionar) será más fácil establecer matices en esa polaridad. 

Juan Suárez Proaño, poeta y editor, nos narra su testimonio, su subjetividad, su memoria, su visión desde los lugares en que estuvo, nos habla de personas, de momentos, de mentiras oficiales, pero también retrata sonrisas, estados de ánimo, colores, texturas, formas que solo un poeta podría vislumbrar en el caos, en la muerte. En Mujeres 1, por ejemplo, leemos: 

«Vos me disparas, yo te doy de comer» grita una indígena, señalando a las terrazas, donde permanecen inmóviles los policías. «¿Por qué me disparas? ¿No te ves la cara, no te ves el apellido?» los incrimina, mientras otras mujeres a su alrededor siguen con la tarea de arrojar frutas y maíz. «Mira el color de tu cara y date cuenta. Mírate la carita. Somos lo mismo. Yo vengo a darte de comer, vengo a pedirte que me respetes. Y vos quieres matarme».

Juan Suárez Proaño

Juan tiene una escritura que nos transporta y cobija, desde diferentes subcapítulos como: Funerales, Pañuelo, Cacerola, etc la narración se desarrolla a partir de elementos insignificantes a simple vista, pero que admiten una potencia que emergen en todos y todas quienes estuvieron ahí. Captar ese movimiento secreto en los objetos, en los cuerpos que corren, que protegen que luchan, sea el mérito mayor de este texto. 

Esta memoria no se perderá nunca, fluye como un arroyo de páramo

y el páramo es el lugar en donde el tiempo es mi hermano. 

René Gordillo Vinueza

Homero y sus players

Medio de comunicación de opinión, desde el centro del mundo hasta donde se oculte el sol. Política/Literatura/Sociedad

Elsye Suquilanda

writer, film maker, performance artist

Máscaras

A la busca de existencias auténticas