»Una oración es una casa» por Estefany Vaca

Estefany Vaca : Licenciada en Comunicación y Literatura (PUCE). Autora del poemario: Las ventanas de cuerpo (El Ángel Editor, 2018) Sus textos constan en importantes revistas impresas y digitales. Ilustradora especializada en Collage analógico . Puedes ver su trabajo en Instagram en la cuenta: @enbusquedadealgo

El poemario »Una oración es una casa» de Estefany Vaca es uno de los libros ganadores de el Premio Nacional de Poesía »Paralelo 0»- 2022. Aquí un adelanto del libro.

I
Antes, quiero recordar
este campo vacío,
quiero recordar
la amplitud del silencio.
Quiero verlo,
no quiero olvidarlo,
lleno de nada,
regado de pausa.
Sé que después 
del primer ladrillo
todo será distinto.
Tengo un campo vacío
y hoy empiezan
las palabras.

II
La escritura se anuncia

en total ausencia.
Se escribe una casa en el    a  i   r  e.
La casa es anterior a su nacimiento, 
la he visto sin conocerla, 
y solo con los años he podido traducirla.
Hay cosas que esperan mucho tiempo ser nombradas, 
para habitar la voz que las pronuncia.

III
La palabra, 
presencia de la repetición,
sonido de las cosas,
tinta y aire.
¿O algo más?
La casa es agarrar 
la palabra en la mano,
arrancarse,
de lo que no
palpamos, 

un pedazo.

IV
A veces, dejamos que alguien más 
   nos atraviese.
Es más fácil perder con palabras prestadas.

V
Perder un amigo.
En la casa un huracán
que jamás se deshizo.
Ya no caminar
solo afilar.
Un cuarto nuevo 
donde los amigos
no vuelven.
Si quiero llorar,
entro allí y 
lloro con ellos.
La amistad era simple
como decir un nombre.

VI
Algo suena en la casa,
late, late, late.
La casa expulsa
lo que no controlamos.
Algo más que la 
palabra
en la palabra.
Una inmensa

 nniiieebbllaa

sintiendo.
La parálisis empieza.
La casa no es nuestra.
Las palabras solo se
pertenecen a ellas.

VII
Si no fuera por esta casa
que es una apuesta, como
lo es la palabra en el mundo,
no tendría a dónde ir ni
sabría cómo contestar
el llamado lejano que 
siento cuando escribo.

Porque en realidad nunca estamos,
solo la suma de nuestro nombre en el tiempo, 
solo la recreación continua del pronunciamiento.
Ganadora premio nacional de poesía paralelo 0 -2022 . ''Una oración es una casa''
Collage por Estefany Vaca

Colibrí

Salí al »paseo ecológico», un largo recorrido horizontal lleno de eucaliptos y un río en el medio. Ese río atraviesa la ciudad, pero más que atravesar, creo que la divide, o incluso la aísla, siempre he pensado que estoy en el segundo piso de una casa apolillada. Pobres polillas, sino fuesen tan reales, de seguro estarían en el libro de Animales Fantásticos que inventó Borges hace años. Es que lo fantástico siempre está subordinado a la costumbre, pero eso es otro tema.

Ahora estoy entrando al bosque, sí al bosque (paseo ecológico diría un burócrata sudado), estoy corriendo y tratando de juntar mis pensamientos. Estoy corriendo en medio de los árboles, estoy corriendo esquivando las cacas de los perros, estoy corriendo y un viejito me saluda y yo le devuelvo el saludo y me acomodo la mascarilla, estoy corriendo y quiero que mis pensamientos sean el río, pero mejor pensar que solo estoy corriendo.

Es que yo veo una poética en el correr, una despersonalización que emerge de lo más profundo, algo que conecta con el mismo hecho de sobrevivir. Cuando uno corre huye, pero también encara y llega, huye de uno mismo y llega a uno mismo. Y el cuerpo sabe de su existencia, sabe de su dolor, sabe que el aires está yendo y fluyendo, entrando y saliendo.

Creo que el Buda debió haber corrido mucho, como una marathon antes de sentarse a comer mangos en la sombra de un árbol y encontrar el nirvana, incluso me imagino a Jesús subiendo el Monte de los olivos corriendo. Pero ahora paro, estoy cansado, y miro el río, pienso en las piedras de su lecho, estas modelan el agua y la retienen en el tiempo una y otra vez, solo para el río no hay tiempo, porque la repetición es el estado fuera del tiempo y acaso ¿la eternidad?- No sé- mejor es meterse en el agua, pero no en esta, porque está sucia, yo solo vengo a escuchar.

Regreso, destejo mi propia sombra con la luz de las hojas y viene a mí el aleteo, viene a mí un colibrí, está herido, primero pienso que una ala está rota, lo tengo en mis manos, tengo su sangre en mis manos, un poco, no en abundancia. Lo llevo, lo sostengo firme, su pecho se hace azul y verde con la luz. Siento su corazón, siento mi corazón. El veterinario dijo que el ala no estaba rota, la desinfectó y le puso un polvo amarillo en la herida. Ahora se recupera, y yo pienso que el Colibrí siempre corre. Pienso que cuando era niño acechaba a los Colibrís del jardín y quería ver el mundo, todo el mundo, a través de sus alas a mil por hora, y que cuando vengo a este bosque solo busco tener esa visión que he perdido en el tiempo.

Nunca hay que perder de vista a un colibrí, ser investigador de colibrís, palpitar todo con su corazón.

»Presunciones encriptadas» de Juan José Quesada

El poemario del poeta ambateño, Juan José Quesada es un libro que no busca ser reconfortante o esperanzador, el que busque eso, tal vez debería mirar a otro lado, porque es otro el fuego o la sustancia de estos poemas, ‘‘Presunciones encriptadas’’ no es un texto fácil, pero sí intenso, no hay tranquilidad, sino presunciones, pistas, pensamientos que advierten tal vez el final de una época o el comienzo de una distinta, porque el poeta es el primer oráculo por antonomasia.
En todo caso estamos frente a una poesía que tiene el efecto de desplazarnos de nuestros asientos cómodos, y ponernos cara a cara con lo apremiante, con la movilidad, con antiguas ceremonias: las siete palabras, las verónicas, los cristos sangrantes y las procesiones a lo Vallejo, pero que en Juan José Quesada se resignifican en un visión del mundo, que a pesar de mostrarse un tanto oscura, la voz poética busca, transita por esa oscuridad, no es el azar, sino los enigmas que día a día, el mismo acto de vivir nos pone en frente, estos códigos cotidianos quizá sean los más encriptados, los más emocionantes, y también los más devastadores. Como enuncia la voz poética:

Yo rechazo apremiante
esos designios azarosos,

lo mío son los enigmas
que ahuyentan la alegría
y acogen la inquietud.


Al final estar en esta inquietud, ser parte de ella es lo que nos nombra, llevar a cabo una presunción para desactivar la certeza es lo que nos mantiene vivos, eso, creo que eso es lo que se proyecta en este libro, la destrucción que sobrevive a la destrucción, la vida como residuo de la propia vida.

Canto de deserción

Soy un pirata buena fe
doctrinero comedido,
que inventó el tesoro
con cantos tripulantes
de un pensamiento adelantado.
Este mundo lo encontré deshecho,
tierra de nadie,
y si algo vale, es porque lo nombré horizonte.
¡Permítanme ser débil!
¡Permítanme abandonar los riesgos!
Ahora ustedes saben del misterio,
son más bravos que yo
y están dispuestos a matar

Solo les advierto,
retirado de todo afán,
pese a cantar conmigo largo tiempo,
nunca les dije que el mapa
llevaba al fin del mundo.
No importa,
ahora son más soberbios que la tormenta.
¡Permítanme ser débil!
¡Permítanme abandonar los riesgos!
La Publicidad

En medio de la ciudad diligente,
y las novedades de figuras, colores y canciones,
está la Publicidad abandonada y lúgubre,
sin ninguna publicidad que la publicite
y con la fachada de casa doméstica.

La Publicidad está botada,
más olvidada que rincón de vagabundos,
menos conocida que los bosques recién pintados,
pero más misteriosa que pergaminos medievales.
Algunos, antaño conocieron la Publicidad,
pero la inmediatez del tiempo la hizo desechable:
¡Ya nadie sabe de la contemplación!

Algunos maestros se formaron en la Publicidad
y fueron discípulos del calígrafo (mano mágica),
un viejito apático a la razón,
con espíritu de rotulista universal.

No le importa el dinero y la pobreza
ni el tiempo que ha hecho imperceptible su vida
¡Parece un condenado a escribir eternamente!

Si alguien viene a la Publicidad,
más parece entrega espiritual
donde el viejo amable y taciturno
les induce a la iluminación
con la belleza de sus letras.
La profecía de un amor trascendental

En estos crudos días de ruido y destrucción
ambos escapamos anticipados
por alguna extraña voz clarividente.

Este mundo está en involución
y aquí se quedan los hombres en su sueño gris.
¡Tantas vidas en el anonimato!
Las tardes son una fosa común
con el anaranjado conteo de las cabezas,
una más, una menos, no se sabe.

Este hueco mórbido simboliza la vida.

Nosotros somos aves viajeras,
vamos a la totalidad, dejando estos despojos
y con nuestra naturaleza soberbia
nos dejaremos guiar por las revelaciones del amor
que darán vida a un nuevo mundo.
Las flores

Vendían flores en todas partes,
abultadas entre buenas y malas,
y para no entrar en pelea de mercado,
yo degollé sus cabezas inútiles.

¿Qué significan las flores?
Pensaré un poco en las dedicatorias.
Una loca me obsequió una flor
y yo la ofrendé a una tumba olvidada.

En otra ocasión, le robé a la Virgen María,
una flor con la intención de un milagro
y una mujer poseída por el diablo
me hablaba en latín mientras reía.

Un joven atemporal cargaba un ramillete,
asfixiado, a cada paso perdiendo el equilibrio
y alcanzado por las blasfemias de los
                                               francotiradores
que desvirtuaban su misiva de amor.

Las flores son entonces kamikazes,
adoctrinadas para causas perdidas.
Nunca son suficientes las que mueren
mientras su sacrificio selle el desprecio o el olvido.
Collage por Homero y sus Players

El agente topo

Contado narrativamente como un falso documental, El agente topo es una película que a más de enfrentarnos con una realidad palpable en la sociedad del descarte, nos muestra una narrativa que no se instala en una visión donde el héroe acaba por vencer al sistema o remediar una situación. Lo poderoso del film, es como este héroe o »agente topo» logra construir y recrear una experiencia del escuchar. El agente sobre todo pone atención en los testimonios de las personas mayores (abuelitas y abuelitos) como él les dice. Esa acción de escucha, de conversación hace que su investigación, formal al principio, se vaya humanizando y produciendo un efecto contrario a la figura fría típica del agente, limitada al registro de datos. En ese sentido, la película devuelve o manifiesta esas voces aparentemente inservibles-descartables y las sitúa en el primer plano, al develar justamente la importancia de los testimonios.

Como menciona Ricoeur, historia y memoria siguen un principio básico: la fiabilidad, ambas se desenvuelven en el territorio de la búsqueda de la verdad (visión verista). La memoria, principalmente se edifica a partir del testimonio, es decir de una construcción vivencial que expresa una subjetividad personal, un ‘‘yo estuve ahí’’ por eso puedo reconstruir lo pasado, desde mi visión del mundo. Esta confianza en la palabra del otro, dice Ricoeur, cuando la confrontamos con otros testimonios y además se la escribe, entra entonces en el umbral de la historia, y con ello, de la formación del documento, como memoria colectiva, que de alguna manera amplia los umbrales del testimonio y lo afianza. 

Es justamente lo que realiza el agente topo, no le basta con contar a su jefe lo que ha visto en el asilo de ancianos »San francisco», sino que tiene que escribirlo en su libreta, tiene que darle materialidad a esas experiencias, a esas memorias cotidianas de soledad y descuido que se cruzan y construyen de alguna manera una historia de la vejez, una de tantas historias, que es capaz de edificar la memoria desde la subjetividad de los testimonios, y sin embargo, lo que vemos también en la película es, sobre todo, la memoria del agente, su relación con los otros residentes en el asilo.

Desde esas experiencias que abren su propia condición de »viejo» puede acercarse a los otros y otras personas en ese espacio, esto es importante porque amplifica un principio de empatía y entendimiento de esas realidades particulares y muchas veces pasadas por alto. Me parece que el acto de investigar, como instrumento serio del saber se conforma en la película como una forma del sentir y sobre todo del actuar, el agente al final, es quien denuncia, entiende y logra generar un cambio, aunque sea pasajero en la calidad de vida de los residentes del asilo. La película parece criticar un sistema que tiende a oficializar los datos y el conocimiento, mientras se deja a un lado otras formas del entender que se establecen en la afectividad, un poco de esto también le haría bien a las academias.

Los sin historia: Un monumento para Justo y su machete

¿Cómo nacen Los sin historia?

Facundo Cabral, en uno de sus monólogos, cuenta que cuando García Márquez ganó el Nobel, los periodistas en Colombia corrieron donde su madre y ella solo dijo que no sabe nada de literatura, solo sabe que el Gabo tiene muy buena memoria porque, todo aquello que escribió, se lo contaron. Cabral también decía que alguna vez un periodista le preguntó a Juan Rulfo por qué había dejado de escribir y él contestó: “Porque la gente que me contaba las historias, se murió.”

Claro que Cabral se inventaba muchas cosas, pero enseñaba mucho con sus inventos. Enseñaba que lo que cantamos o escribimos viene también de esa escucha al otro. Yo tuve la oportunidad entre mis 22 y mis 24 años, de pasar por dos lugares que me marcaron, los pasé en mis primeros pasos en el mundo de la psicología. Aunque no podía atender casos, pude conversar con mucha gente en los patios de lugares que podían matar de miedo, pero que me dieron otro sentido de humanidad.

Haciendo memoria, y a la luz de uno de los hechos más horrorosos de la historia del Ecuador, la masacre en las cárceles del país, algo en mí me obligo a amalgamar historias y crear relatos que se asemejan lo más posible a la realidad. “Los sin historia” son retazos de cosas que se recogieron mientras vi humanos deshumanizados por quienes, curiosamente, no habían cometido ningún delito. Estos relatos no pretenden santificar a nadie, sino decir que son temas muy complejos, que en algún lugar del tiempo se puede evitar que un alma quiera dañar a su semejante. Estas historias vienen acompañadas de tanta gente a la que respeto por su compromiso en el trabajo que hacen con los privados de libertad, con lo que representan ellos para la sociedad y lo que se debe crear, en lo social, en lo académico, en lo humano, para dar otro lugar a sus vidas y darnos nosotros otro lugar que nos aleje de aquello que a ellos los llevo a donde están, la crueldad.


Introducción y relatos por 

Alfonso Bravo

(Ambato, 1975) Psicólogo clínico, Magister en estudios psicoanalíticos, sociedad y cultura. Poeta, docente universitario en inglés y psicología desde hace 21 años.

8. Un monumento para Justo y su machete

La Ley siempre será un lugar angustiante. El pueblo bastante sombrío, con calles empedradas y en su mayoría descuidadas por quiénes la han administrado. Tiene una plaza central con árboles secos, una pileta hedionda. En el centro, se ve un monumento retorcido de la justicia, con espada oxidada, la balanza sin un platillo y un hombre de mirada monstruosa que la manosea, mientras le toma el brazo y dice para dónde dejar caer el metal corroído. Frente a la plaza, la casa municipal es un madero viejo de cortinas rasgadas, por el que sopla el viento y se escucha un silbido de abandono, ese es el himno del pueblo. 

Siempre va a dar miedo pasar por ahí, los señores de la comarca viven en las afueras y solo llegan al centro cuando hay un alma que devorar. En otras comarcas creen que La Ley es un paraíso, que allá uno siempre va a estar protegido de cualquier salvaje que quiera atacarlos. Claro está, si alguno de sus hijos, querubines dorados, es el salvaje, jamás ira para La Ley, porque, sea como sea, ese es un pueblo que no está a la altura de los escarpines de plata.

Así fue como nos contaron, con vivencias, la historia de un sistema que solo sirve para seguir clasificando sujetos en una sociedad podrida en morales hipócritas.

Cuando llegamos a realizar prácticas en un centro de rehabilitación de menores, una compañera y yo éramos tan de escarpines plateados que no conocíamos ni media onza de la realidad fuera de la universidad. Encerrados en nuestros paraísos creados, para que no suframos, no nos imaginábamos las vidas que nos cayeron en la cabeza como proyectiles y nos rompieron la burbuja. Entre tantas ingenuidades con las que fuimos madurando, siempre recuerdo una pregunta de mi compañera a la psicóloga de la institución:

– ¿Es verdad que solo los pobres son delincuentes ?

Más de uno querrá darse contra la pantalla o arrancar la hoja de las iras, es inconcebible que uno haga una pregunta así, pero hay que entender que los dos veníamos de un mundo dibujado en acuarela y no transitado a golpes. Ese fue el primero que nos dieron.

La psicóloga nos dijo que eso no era verdad, para nada. Nos dio la primera cucharadita de realidad y una enseñanza inevitable para quien quiera cambiar en algo las cosas. Nos dijo que, si en el centro solo veíamos gente pobre, es porque cuando alguien de clase media o alta comete un delito, al siguiente día está fuera del país. A eso me refería cuando decía que La Ley no es digna para gente que ha crecido entre sábanas de seda. Claro, esto no es un universal, pero la tendencia es esa, evade quien tiene la capacidad de evadir.

Pero yo me encontré con un personaje distinto, de esos que también hay y su historia merece el último aliento de esta serie, porque no evadió la ley y fue el valiente que cruzó la plaza central, entró al municipio y se enfrentó a sus peores monstruos, para decir que él era culpable de un asesinato.

Justo, nombre por demás preciso, era un chico de 12 años que llegó al centro por haber matado a un hombre en su pueblo. Estaba ya dos meses cuando recién me pidieron que hablara con él. De comportamiento impecable desde que llegó, era el orgullo del centro porque servía para decir que el programa de rehabilitación era un éxito rotundo, pues con Justo no tenían que hacer nada. Ni terapias, ni castigos, peor intervenciones cristianas.  

Los pueblos en el Ecuador tienen nombres increíbles, uno puede viajar y hacer un libro con la forma en que los hombres y mujeres de esta tierra han explicado el territorio que los sostiene para no caer en el vacío. Desde el Estero Moja Huevo, pasando por Muerto Parado hasta Pasa Borracho, el humor parece haber tomado un lugar importante en una tierra que no tiene mucho por qué reír. Justo no venía de ninguno de esos, sino de otro que también lleva una característica de nuestra tierra, la de nombrar los pueblos por aquello que anhelan y que nuestra propia sociedad se empeña en negar, Justo venía de La Abundancia.

Por un problema en su crecimiento, tenía una pierna más corta que la otra, eso no le había impedido trabajar desde chico con su madre y sus tíos en las plantaciones de palmito que había en la zona. Su padre falleció ahogado en el río cercano cuando él tenía cinco años, lo relata sin mayor dolor. En La Abundancia, como en cualquier otro lugar sin esperanza, la muerte no tenía tiempo para homenajes, peor llantos o tristeza. Siempre saludaba de buena gana, aunque ya se le había borrado la sonrisa hace rato, parecía que la estaba recuperando en el centro. Era casi imposible creer que alguien así, a los doce, ya había matado a un hombre.

Justo tenía una prima, Dolores, dos años mayor con quien trabajaba codo a codo en las plantaciones, jugaba y hacía la tarea cuando había escuela, es decir, cada tres o cuatro meses. Eran, lo que decimos acá: uña y mugre. Tan unidos eran, que hasta sufrían los mismos males de un pueblo sin un límite que proteja a sus habitantes.

Don Jacinto era una especie de dueño de todo, porque era el capataz de la hacienda más grande en La Abundancia. Sus patrones eran de esos sujetos que parecían imaginarios, eran leyendas para los esclavos de las haciendas y nunca se los veía. Cuando llegaban, Jacinto ordenaba a todos agachar la cabeza y no alzar a ver, porque los patrones se incomodaban. Cuando ellos se iban, el capataz volvía al grito que alertaba a los esclavos para que sigan trabajando, mientras él se ahogaba en el whisky barato que los patrones le regalaban y él pensaba que era un lujo.

Jacinto le había agarrado especial “cariño” a la prima de Justo, así como antes lo agarró por quién sabe cuántas niñas más. Jacinto era un casi sesentón que ya había hecho mucho daño, y por ese daño era respetado. Pero perseguir a las niñas no era lo único que había hecho. Desde los diez, también abusaba de Justo cuando, entre las plantaciones, no se veía un alma. En su microscópico pedazo de tierra, Jacinto había adquirido tal poder que ya no se saciaba con nada, ni con nadie.

Todo el tiempo le decía a Justo que algún día Dolores sería suya. Hasta que una tarde, empapado en alcohol, fue a casa de la madre de Justo a gritar que es hora de que le entreguen a Dolores. Que es su derecho y que en ese momento se la iba a llevar a su casa para que “le sirva”. La madre de justo no salía y todos dentro de casa estaba aterrorizados. Justo tenía dos hermanos menores, su abuela y un tío abuelo viviendo con ellos. El resto de tíos estaban trabajando y no llegaban a casa aún. La situación era realmente paralizante, Jacinto empuñaba una pistola y dio dos tiros al aire como típica señal de hombría y autoridad.

Justo me contó que tenía mucho miedo, que lloraba y escuchaba a su madre gritarle a Jacinto que se vaya, pero eso solo enfurecía más al hombre. Hasta que el miedo se fue convirtiendo en ira y Justo no dio más. Recordando todos los abusos, tomó el machete que tenía en la puerta de la casa y salió corriendo hacia Jacinto que, por más pistola, no podía apuntarle a nada. Justo recuerda el primer machetazo, y nada más. Sus familiares le contaron que tuvieron que salir a detenerlo, Jacinto ya estaba muerto hace rato.

Después de la escena, viene algo que nadie con dos dedos de frente y un bolsillo gordo creería, porque está acostumbrado a animalizar a cualquiera que no sea digno de su alcurnia. Habían cubierto el cadáver con una sábana. La madre de Justo espero a que lleguen sus tíos y lo lleven, aun en estado de shock, al puesto de policía que había en el pueblo. Contaron lo sucedido y dijeron que entregaban a su sobrino para que se haga el proceso que corresponda. Justo debió pasar la noche ahí y al siguiente día fue trasladado al centro donde lo conocí. Él, con toda la confusión de ver un lugar como el que lo acogía, parecía más centrado que muchos de los chicos que ya conocían el centro de memoria. Tenía un imaginario que lo hacía inmune a los vicios de una cárcel con nombre bonito, “Centro de rehabilitación”.

La familia de Justo le había dado un lugar en el mundo cuando le hicieron pasar por la ley, pese a lo tenebroso de su apariencia. Era más limpio que aquellos ciudadanos embarcados en aviones, para esquivar violaciones a sus “sirvientas”, robos a sus empleados o muertes a sus enemigos. A Justo le dieron un piso cuando muchos pensarían que lo abandonaron. No lo visitaban mucho, en La Abundancia había que trabajar, pero sus familiares estaban seguros que debían esperarlo para que su vida siga, luego de entender que existía una ley, la que no existió para Jacinto y sus atrocidades, quizás por eso tuvo que aparecer el machete de Justo.

Ese muchachito, organizado por la ley y la educación de su familia, se entendía perfectamente con las autoridades del centro, con los celadores, el personal, conmigo, con todos. La bondad en sus ojos era desconcertante, alguien que ha matado debe ser malo y alguien que ha sufrido tanto debía odiar al mundo, pero él seguía sereno, cumpliendo lo que se le decía, contento porque había escuela todos los días y esperando que lo lleven de compras al mercado o a ver un tanque de gas para la cocina.

Un día, llegó una propuesta de un canal de televisión para hacer una entrevista a las autoridades del centro sobre el programa de rehabilitación que habían diseñado, querían saber de sus bondades y el éxito que tenían. También habían pedido que, de ser posible, lleven a alguno de los chicos como ejemplo del funcionamiento del programa. Como era de esperarse, llevaron a Justo, precisamente el joven que no necesitaba el programa y que mejor se comportaba en la prisión (porque así debe llamarse). Lo llevaron y el obedecía, era el candidato perfecto, porque no hubo que pedir ni siquiera consentimiento a sus familiares, nunca se iban a enterar, porque en La Abundancia tampoco hay televisión.

Collage por Homero y sus players

Los sin historia: Vlad, el conde de la inocencia

¿Cómo nacen Los sin historia?

Facundo Cabral, en uno de sus monólogos, cuenta que cuando García Márquez ganó el Nobel, los periodistas en Colombia corrieron donde su madre y ella solo dijo que no sabe nada de literatura, solo sabe que el Gabo tiene muy buena memoria porque, todo aquello que escribió, se lo contaron. Cabral también decía que alguna vez un periodista le preguntó a Juan Rulfo por qué había dejado de escribir y él contestó: “Porque la gente que me contaba las historias, se murió.”

Claro que Cabral se inventaba muchas cosas, pero enseñaba mucho con sus inventos. Enseñaba que lo que cantamos o escribimos viene también de esa escucha al otro. Yo tuve la oportunidad entre mis 22 y mis 24 años, de pasar por dos lugares que me marcaron, los pasé en mis primeros pasos en el mundo de la psicología. Aunque no podía atender casos, pude conversar con mucha gente en los patios de lugares que podían matar de miedo, pero que me dieron otro sentido de humanidad.

Haciendo memoria, y a la luz de uno de los hechos más horrorosos de la historia del Ecuador, la masacre en las cárceles del país, algo en mí me obligo a amalgamar historias y crear relatos que se asemejan lo más posible a la realidad. “Los sin historia” son retazos de cosas que se recogieron mientras vi humanos deshumanizados por quienes, curiosamente, no habían cometido ningún delito. Estos relatos no pretenden santificar a nadie, sino decir que son temas muy complejos, que en algún lugar del tiempo se puede evitar que un alma quiera dañar a su semejante. Estas historias vienen acompañadas de tanta gente a la que respeto por su compromiso en el trabajo que hacen con los privados de libertad, con lo que representan ellos para la sociedad y lo que se debe crear, en lo social, en lo académico, en lo humano, para dar otro lugar a sus vidas y darnos nosotros otro lugar que nos aleje de aquello que a ellos los llevo a donde están, la crueldad.


Introducción y relatos por 

Alfonso Bravo

(Ambato, 1975) Psicólogo clínico, Magister en estudios psicoanalíticos, sociedad y cultura. Poeta, docente universitario en inglés y psicología desde hace 21 años.

7. Vlad, el conde de la inocencia

Cuando estaba en la universidad, me gustaba poner en mi radiograbadora el casete de Drácula, era de esos audiolibros que se vendían para aprender inglés. Como el aparato tenía el famoso “autoreverse”, uno de los avances más atractivos de la época, podía dejar la historia toda la noche mientras dormía. No sé si estaba reponiendo la sensación de que a mí nunca me contaron cuentos antes de dormir, pero pude conjugar en ese tiempo mi interés por la historia del príncipe de las tinieblas, con una adicción un tanto enfermiza al miedo. La sensación era única, si en algún punto de la noche yo me despertaba y escuchaba:

“Dracula, by Braham Stoker”

Ahora tengo un muñeco y una camiseta de Vlad Tepes, el famoso Príncipe de Valaquia. Supuestamente, el verdadero Conde Drácula. Relato esto porque es necesario, porque la historia que viene incluye un dato que quizás a ustedes también les va a doler. Pero esa es solo una anécdota, lo importante es la vida de un muchacho que conocí en la cárcel para adultos, un joven de 23 años que sentía que no pertenecía a ese lugar. Con justa razón pensaba eso y con justa razón estaba ahí, esa era la paradoja en la que no encontraba sosiego.

Vlad (me voy a robar el nombre del Conde) venía de Rumania, de una familia bastante estable por lo que se sabía. Cuando vino al Ecuador debido a supuestas vacaciones, él estaba estudiando informática y trabajaba medio tiempo en una tienda de recuerdos en Bucarest. Le gustaba mucho la historia y las diferentes culturas. Por eso, cuando sus amigos le convencieron de viajar a Sudamérica, el no dudó, aunque parte del viaje era una trampa en la que cayó fácilmente. Quería conocer Machu Picchu, le habían contado que era un lugar lleno de magia y con una energía única. Le atraía mucho la idea de una ciudad perdida, encontrada apenas en el siglo XX. Lamentablemente, solo pudo llegar a Ecuador para hacer lo que le pidieron y tenía que regresarse a su país.

Los amigos con los que se juntaba en Rumania eran chicos normales, que les gustaba salir de vez en cuando y disfrutar de la vida nocturna de Bucarest. Cada tanto, para acompañar la bebida probaban una que otra sustancia que había en el menú de las ilegalidades, que los jóvenes legalizan con sus deseos. Vlad también había gozado de esos elixires y conocido a un par de “guías espirituales” que le proveían. Entre esos, entabló amistad más íntima con Razvan, que se dedicaba principalmente a los polvos blancos, un hombre de 37 años de origen gitano que enamoró a Vlad. Sí, Vlad era homosexual (No debería aclararlo, pero es necesario para comentar que, para algunos en este país, el solo hecho de serlo es suficiente para estar en la cárcel, así somos).

Razvan solía hacer eso, conquistar muchachos jóvenes, regalarles viajes para que conozcan el mundo y pedirles siempre el mismo favor. Él siempre tenía un amigo en el país al que viajaban sus amantes y siempre tenían un paquete que enviarle. A veces eran chocolates, perfumes o algún licor de la zona que en Rumania no se podía conseguir. Lo malo es que los paquetes nunca contenían lo que él decía, sino otras cosas que nuestra Sudamérica provee sin reparo.

Vlad tenía muchas expectativas de su viaje, pero Razvan tenía otras, le dijo que debía retirar un paquete de unas esencias medicinales en la casa de un amigo, allá por la zona de los bares en Quito. Que eran para la madre de Razvan y que las necesitaba de urgencia, por eso, Vlad debía volver a Rumania una semana después de haber llegado.

Luego de retirar el paquete, Vlad lo llevó a su hotel y lo envolvió con mucho cuidado entre su ropa. Razvan le había dicho que esas esencias debían estar a una temperatura determinada y le sugirió que envuelva bien el paquete. Al siguiente día, Vlad fue a cambiar su vuelo de regreso y le asignaron el pasaje para tres días después.

Ya en el aeropuerto, Vlad estaba un tanto triste, pero seguro de que volvería al Ecuador. Pasó los controles sin problema, nadie sospechaba, nadie, hasta que el sorteo para el chequeo de sustancias cambió por completo su vida. El paquete que llevaba le costó una sentencia de 7 años en la cárcel. Razvan nunca más apareció y en lugar de Machu Picchu conoció las paredes lascadas de una cárcel que se asemejaba más a las ruinas, que al templo escondido de los Incas.

Se encontraba en la misma “Clínica de la conducta” que Kalju, el oso siberiano del que les había hablado antes, en otra historia de esta misma serie. Yo pensé que era por el tema de la droga, que por eso Vlad había ido a parar en tan simpático lugar, pero luego se vio obligado a contarme la verdadera razón.

Vlad era de contextura delgada, no muy alto, cabello negro y tez bastante blanca. Hablaba conmigo con mucha formalidad y educación, muy amable. Me sorprendía lo bien que hablaba el español; ya llevaba dos años en la cárcel y su conocimiento del idioma venía de personas que hablaban más en la jerga penitenciaria. Me dijo que le gustaba mucho la lectura, así que quizás por ahí conjugo los modales de su proveniencia con el idioma que lo había acogido para sobrevivir.  Habían pasado dos años, pero aún se veía el temor y la desesperación en sus ojos. Tuvo que pasar por dos intentos de suicidio para empezar a adaptarse a una realidad que no tenía ni en sueños planificada, una especie de universo paralelo que se volvió infernal por haber tratado de entenderlo desde su historia y procedencia.

Una noche, mientras escuchaba conversar a un par de compañeros, Vlad se dio cuenta que uno de ellos tenía un arma, era un revólver artesanal, de esos que hacen o construyen en la misma cárcel. Me contaba que se le congeló la sangre y pensó que eso era un peligro para todos. Decidió que debía a hacer algo y, cual “niño de escuela”, fue a hablar con los celadores para que hagan algo al respecto. Qué podía saber el de que el contubernio entre reos y celadores es más antiguo que las cárceles en nuestro país, que aquí cambian de un oficio a otro con tanta frecuencia que ya no se sabe cuál es cuál.

Por supuesto, los celadores fingieron poner orden y confiscaron el arma al prisionero en cuestión, todo para, entrada la madrugada, devolver la pertenencia a su “legítimo dueño”. Resulta que ese legítimo dueño era el líder de una de esas bandas que se hacen llamar Naciones en nuestros terruños latinoamericanos, organizaciones gigantescas con sus propios códigos, leyes y costumbres, que se defienden entre ellos y pueden matar al que les amenace. Algo así como los aristócratas, pero con más calle y verbo. Como era de esperarse, después de haber ubicado en Vlad a un soplón, su destino estaba sentenciado, estaba amenazado de muerte. Para no tener problemas con la Embajada de Rumania, que de vez en cuando enviaba a alguien a visitar a Vlad, las autoridades del centro decidieron enviarlo a la Clínica de la Conducta, asumiendo que allí estaría protegido. En verdad, solo lo cambiaron para decir que hicieron todos los esfuerzos y de ahí, si algo pasaba, no tenían responsabilidad alguna.

No pasó mucho tiempo para que aparezca un nuevo personaje en la clínica de la conducta. Un sujeto ya con sus años y otros años también de sentencia por sicariato. De acuerdo con el psicólogo que sugirió la transferencia de este hombre al lugar dónde estaba Vlad, él necesitaba un lugar tranquilo, porque en el pabellón donde estaba antes sufría de ataques de ansiedad, le daba miedo tanta gente peligrosa. La verdad detrás de todo esto es que este hombre estaba contratado por el líder de la Nación para matar a Vlad.

Un día llegué y vi a Vlad tan asustado que no quería ni trasladarse a comer el almuerzo, me acerqué por voluntad propia y le pregunté si quería hablar.  Accedió y fuimos a una pequeña oficina que había en el segundo piso de la Clínica y ahí me contó sobre este sujeto que lo iba a matar. Yo no sabía qué hacer, era aún ingenuo para ver todo el peligro o quizás no estaba tan institucionalizado como los profesionales que ya iban años lidiando con estos temas, así que decidí hablar con la coordinadora de la clínica y le dije que era necesario que a ese hombre se lo saque de ahí, no a Vlad, que en ese lugar al menos estaba tranquilo. Le sugerí a Vlad hablar con la embajada de lo que ocurría. Algo funcionó, el sicario fue sacado de la Clínica. A Vlad lo vi solo un par de veces más, mi tiempo de observación en la cárcel se acababa. Por la reducción de penas, él esperaba salir de ahí pronto y la embajada le aseguró que nada más le pasaría.

Dije que él fue como un niño de escuela cuando fue a contar lo que pasó con el arma, no lo dije accidentalmente. Es que para Vlad el mundo era otro. Con ese acto me puso al frente de lo decadente de un sistema en el que se promueve la formación de delincuentes en lugar de sostener alguna posibilidad de la muy controversial rehabilitación. Lo que para él era inconcebible, para nosotros es el día a día en nuestras prisiones, aquí no nos importa si se matan dentro de ellas; es más, si le podemos sacar provecho a esas matanzas o al tráfico de armas, lo hacemos. Vlad era un niño dentro de ese mundo espantoso.

La última vez que lo vi, me pidió hablar un rato y me contó que su familia le había escrito, ellos siempre lo hacían y estaban pendientes de él. En esa ocasión le enviaron unas fotografías de la familia y de lugares que el añoraba volver a ver. Él me quiso regalar una de las fotografías y yo no la acepté. Tantas veces nos habían dicho que no debemos aceptar regalos de los pacientes y, aunque Vlad no lo era, yo vivía como psicólogo dentro del centro, así que no podía aceptar nada porque eso arruinaría mi posición (vicios generados por no ver un poco más allá). Se lo conté a un amigo y colega que me hizo sentir peor, porque me señaló que Vlad no era mi paciente y que nunca había pagado por un servicio, que quizás el sentía que eso era una especie de pago por la escucha. Cosas que uno va aprendiendo en el camino, pero con el dolor de no haber aceptado, por él y por el regalo en sí.

La foto era del Castillo de Bran, que se cree fue la residencia de Vlad Tepes. Ahora, seguramente, entenderán porque conté algo mío al inicio.

Fotomontaje por Homero y sus players: Hombre por Antonio Berni, paisaje Quito colonial

lOS SIN HISTORIA: MEMO

¿Cómo nacen Los sin historia?

Facundo Cabral, en uno de sus monólogos, cuenta que cuando García Márquez ganó el Nobel, los periodistas en Colombia corrieron donde su madre y ella solo dijo que no sabe nada de literatura, solo sabe que el Gabo tiene muy buena memoria porque, todo aquello que escribió, se lo contaron. Cabral también decía que alguna vez un periodista le preguntó a Juan Rulfo por qué había dejado de escribir y él contestó: “Porque la gente que me contaba las historias, se murió.”

Claro que Cabral se inventaba muchas cosas, pero enseñaba mucho con sus inventos. Enseñaba que lo que cantamos o escribimos viene también de esa escucha al otro. Yo tuve la oportunidad entre mis 22 y mis 24 años, de pasar por dos lugares que me marcaron, los pasé en mis primeros pasos en el mundo de la psicología. Aunque no podía atender casos, pude conversar con mucha gente en los patios de lugares que podían matar de miedo, pero que me dieron otro sentido de humanidad.

Haciendo memoria, y a la luz de uno de los hechos más horrorosos de la historia del Ecuador, la masacre en las cárceles del país, algo en mí me obligo a amalgamar historias y crear relatos que se asemejan lo más posible a la realidad. “Los sin historia” son retazos de cosas que se recogieron mientras vi humanos deshumanizados por quienes, curiosamente, no habían cometido ningún delito. Estos relatos no pretenden santificar a nadie, sino decir que son temas muy complejos, que en algún lugar del tiempo se puede evitar que un alma quiera dañar a su semejante. Estas historias vienen acompañadas de tanta gente a la que respeto por su compromiso en el trabajo que hacen con los privados de libertad, con lo que representan ellos para la sociedad y lo que se debe crear, en lo social, en lo académico, en lo humano, para dar otro lugar a sus vidas y darnos nosotros otro lugar que nos aleje de aquello que a ellos los llevo a donde están, la crueldad.


Introducción y relatos por 

Alfonso Bravo

(Ambato, 1975) Psicólogo clínico, Magister en estudios psicoanalíticos, sociedad y cultura. Poeta, docente universitario en inglés y psicología desde hace 21 años.

6. MEMO

Hemos leído a Camus, Dostoievski y Kundera; podemos ver cien veces esas maravillosas películas independientes norteamericanas o algunas de las obras maestras del Dogme 95 y descubrir historias que a ratos parecen pintar personajes que viven en lo que Freud llamaría el “Tedium Vitae”, una vida casi en cero, pero que partió de la muerte de las emociones que los personajes, en algún momento, tuvieron. El cine requiere de historias que vayan de un lugar a otro y, aunque a veces el movimiento sea imperceptible, algo se mueve.

Esta historia no se mueve, es como si el guion dictase:

  • En un cuarto con el piso blanco y las paredes grises, media luz (Primer plano), Memo está sentado en una silla mirando a la cámara, como si allí estuviese el vacío. No hay música de fondo. La escena dura aproximadamente diez segundos, dos años, veinte o lo que resista el espectador. No hay inicio y tampoco créditos.

Memo era un chico de 14 años, que solo podía ser visto como se describió antes. Llegó al centro sin recordar cuándo fue la última vez que se había bañado y con mucha hambre. Según la trabajadora social este “tipo” de chicos suelen ir a baños públicos a limpiarse un poco y a eso le llamaban “hacerse el aseo”, los más cancheros llevaban peinilla y más de una muda de ropa.

Memo era como muchos otros chicos del centro, porque no hablaba con nadie, solo que en su caso no parecía haber voluntad, sino imposibilidad. Estaba tan perdido que hasta a la hora de comer se confundía en el uso de los cubiertos, a veces se lo encontraba durmiendo en el piso en lugar de su cama y en un par de ocasiones sus compañeros de cuarto lo sacaron a golpes porque se orinaba en los rincones de la habitación. Cuando salía al patio se sentaba en una pequeña acera que había al borde de la cancha de básquet, iba automáticamente a ese lugar, quizás porque era lo más parecido a la calle.

¿Han visto ustedes algún documental sobre esos niños que son encontrados en bosques o selvas y cuando los llevan a la “civilización” no resisten y mueren? Pues bueno, esa es otra imagen que puede ilustrar cómo se veía Memo. No se si podía morir, pero parecía que nunca había estado dentro de una casa, de un cuarto o de algún tipo de edificio. Me imaginaba su vida en la calle y cómo las fachadas de las casas le deben haber parecido cartulinas dibujadas que no tenían nada del otro lado. A lo mejor, Memo ni siquiera veía a colores, no por algún daño neurológico, sino porque nadie, nunca, le dijo lo que era un color.

No tenía desconfianza en nadie, tampoco confiaba. Esas eran otras sensaciones humanas, que primero requerían que en su mundo haya habido gente buena o mala, que haya podido sentir la maldad y su opuesto en alguna de sus experiencias en la vía. No hablaba con nadie, porque no sabía cómo. Cuando alguien hablaba con él solo le faltaba regresar a ver si había otro chico atrás, porque no entendía que alguien dirija su mirada a su rostro. Unas semanas después, pude comprobar que él no creía en su existencia.

Había logrado articular dos o tres conversaciones con sus compañeros y el personal para pedir comida, permisos para ir al baño y pedir herramientas en el taller de carpintería dónde algo, más motor que oral, podía hacer. Fue ahí cuando la trabajadora social me pidió que hable con Memo, no sin antes contarme lo que ella había estado haciendo durante mas o menos un mes alrededor del caso.

Memo estaba en el Centro, esperaba juicio por haber matado a un muchacho en la calle. Le había clavado un destornillador en el pecho, aparentemente sin motivo. Me sonaba lógico, porque Memo parecía no tener motivación para nada. Tras los gritos de otros jóvenes que estaban con Memo y la víctima en un parque del centro histórico de la ciudad, alguien de por ahí alertó a la policía y lo atraparon. Él no se había movido, no se asustó, tampoco sintió placer, tristeza, culpa o nada que parezca humano.

Luego de aquello, llega al Centro y cuando se le pregunta su nombre dice “Memo”, se le pregunta su apellido y dice “Yo me llamo Memo”. No sabía dónde estaban sus padres, tampoco pudo decir donde vivía, a la final las calles son muchas y él había vivido en casi todas.

La trabajadora social iba ya un mes tratando de encontrar algún otro dato de un muchacho que parecía haber aparecido de la nada. Un profeta de la decadencia que nació por obra y gracia de alguna violación, una transacción mal pagada o un concierto de sustancias aparecidas en algún cuarto de mala muerte, en una ciudad que se pudre en la indiferencia. No tenía partida de nacimiento, ni con sus huellas lo encontraron en el Registro Civil. Cuando la trabajadora fue a preguntar cerca de dónde lo atraparon, a ver si alguien conocía a algún familiar, nadie daba razón. A lo sumo, hablaban de los chicos con los que vagaba por ahí y de la noche del incidente, noche llena de cemento de contacto. Nunca lo habían visto entrar a alguna casa.

Me parecía increíble que algo así pueda suceder. En mi cabeza no cabía que un niño nazca y sus padres no vayan automáticamente al Registro Civil a inscribir al neonato, ponerle un nombre que venía de su propio deseo (aquí en Ecuador sabemos lo que implica poner nombres a los niños, desde el deseo de los padres, hay nombres para coleccionar). Fue un costalazo de realidad muy duro saber que eso podía pasar, que había muchos casos de ese estilo. Pude conectar ese hecho con lo que el mismo Memo me decía cada vez que yo le preguntaba algo en la única conversación que tuvimos.

-Hola Memo ¿Cómo estás? –

-¿Yo? Bien –

-Dime ¿Cuántos años tienes? –

-¿Yo? Creo que catorce –

-¿Por qué crees que 14? –

-¿Yo? Porque eso me decían los ñeros –

-¿Quiénes son los ñeros? –

-¿Yo? Son los panas de la calle.

Le pregunté algunas cosas más, pero esta última respuesta me llamó mucho la atención, porque el tipo de pregunta no daba para ese “¿Yo?” como en las otras. Aunque ya me había dado cuenta que en todas empezaba con lo mismo, esta me confirmó aquello que ya había comprobado observando su comportamiento. No entendía que las preguntas eran para él, no tenía registrada su existencia. La vida había pasado para Memo como un pie de página de sus signos vitales, su yo era una muletilla que aparecía como duda para el otro. Ni siquiera parecía esperar una confirmación de su existencia en mis ojos.

Por eso, cuando le pude preguntar sobre las razones para haber matado al otro chico, la respuesta tuvo algo de sentido desde su garabateado ser:

-Me dijo que el destornillador no se le podía clavar a nadie. Yo se lo clavé para que vea que si podía. –

Lo importante era comprobar lo que él decía, la vida de su amigo no era siquiera una variable en su acto. ¿Cómo podía serlo? ¿Memo sabía que estaba vivo? No lo creo, porque la vida no es un pulso, ni el aliento en la mañana. La vida del humano requiere de una existencia en el lenguaje, que empieza con ese deseo de alguien, que luego hasta te da un nombre, continúa con una cultura que reconoce ese deseo y al recién nacido como parte de ella. Memo no tenía nada de eso, no había ni una mirada de afecto ni un papel que diga que estaba en el mundo.

Esta serie de relatos los titulé “LOS SIN HISTORIA”, porque creo que la sociedad no considera que estas historias sean importantes, no son historias humanas siquiera. Pero también hay otro sentido, porque la historia vive tanto de los relatos particulares, como de los documentos que nos dan fe de la existencia misma de la humanidad. Así mismo, los sujetos se forman con los imaginarios, los propios y de los otros,  que hay alrededor de sus biografías, pero es necesario que tengamos el documento como sostén de nuestro lugar en la cultura y el mundo. Cuando te encuentras con un sujeto que no tiene ni lo uno ni lo otro, todo se rompe, no se puede realmente recuperar una historia. Esta serie de relatos están inspirados en Memo, para él es mi dedicatoria.

Esta historia se llama “MEMO”, a secas. Creo que no hay que explicarlo.

Fotomontaje por Homero y sus players: Niño Juanito laguna Antonio Berni- Foto referencial Plaza de Santo Domingo Quito

Los sin historia: una puñalada a la infancia

¿Cómo nacen Los sin historia?

Facundo Cabral, en uno de sus monólogos, cuenta que cuando García Márquez ganó el Nobel, los periodistas en Colombia corrieron donde su madre y ella solo dijo que no sabe nada de literatura, solo sabe que el Gabo tiene muy buena memoria porque, todo aquello que escribió, se lo contaron. Cabral también decía que alguna vez un periodista le preguntó a Juan Rulfo por qué había dejado de escribir y él contestó: “Porque la gente que me contaba las historias, se murió.”

Claro que Cabral se inventaba muchas cosas, pero enseñaba mucho con sus inventos. Enseñaba que lo que cantamos o escribimos viene también de esa escucha al otro. Yo tuve la oportunidad entre mis 22 y mis 24 años, de pasar por dos lugares que me marcaron, los pasé en mis primeros pasos en el mundo de la psicología. Aunque no podía atender casos, pude conversar con mucha gente en los patios de lugares que podían matar de miedo, pero que me dieron otro sentido de humanidad.

Haciendo memoria, y a la luz de uno de los hechos más horrorosos de la historia del Ecuador, la masacre en las cárceles del país, algo en mí me obligo a amalgamar historias y crear relatos que se asemejan lo más posible a la realidad. “Los sin historia” son retazos de cosas que se recogieron mientras vi humanos deshumanizados por quienes, curiosamente, no habían cometido ningún delito. Estos relatos no pretenden santificar a nadie, sino decir que son temas muy complejos, que en algún lugar del tiempo se puede evitar que un alma quiera dañar a su semejante. Estas historias vienen acompañadas de tanta gente a la que respeto por su compromiso en el trabajo que hacen con los privados de libertad, con lo que representan ellos para la sociedad y lo que se debe crear, en lo social, en lo académico, en lo humano, para dar otro lugar a sus vidas y darnos nosotros otro lugar que nos aleje de aquello que a ellos los llevo a donde están, la crueldad.


Introducción y relatos por 

Alfonso Bravo

(Ambato, 1975) Psicólogo clínico, Magister en estudios psicoanalíticos, sociedad y cultura. Poeta, docente universitario en inglés y psicología desde hace 21 años.

5. UNA PUÑALADA A LA INFANCIA

-Yo no sé para qué me traen a hablar con usted-

– ¿Para qué crees que te trajeron?

-Para que le cuente por qué me robé el celular-

-A ver ¿Cuánto tiempo se demoraron los policías en atraparte cuando te lo robaste?

-Una media hora-

-Y… ¿Cuántos años tienes?

– 16

– ¿Crees que, con 16 años, yo quiero hablar de media hora de tu vida?

La pregunta funcionó. Empezó a hablar, pero una parte de mí se arrepentía de haberle hecho reflexionar. De esta historia no tengo tantos datos ni tantas conversaciones, como con otros chicos que también estaban en ese espacio sin tiempo. Sin embargo, quiero contar la historia de este muchacho que tenía un rostro más duro que la vida, es decir, había llegado a la muerte aún con signos vitales.

Pandillero, lleno los bolsillos por asaltos y microtráfico, había aprendido a apreciar el dinero desde que su madre a los 12 lo vendía para satisfacer a los amigos de su pareja. Salía a las calles desde los trece, solo por la noche, porque la oscuridad era lo que mejor conocía. Cuando había luz, aparecían monstruos aterradores que le podían devorar. La escuela, la alimentación, el vestido y cualquier otro derecho eran bestias feroces que amenazaban esa existencia nocturna en la que le habían hecho creer que valía algo.

Casi entrado a los 14 fue abordado por los chicos del barrio y le buscaron un nombre, le ofrecieron una vida, protección y un lugar en la pandilla. Su madre no lo volvería a vender y su padrastro desapareció misteriosamente, después de que al “Pinchazo” lo reventaron a golpes para ser parte de la pandilla más peligrosa del norte de la ciudad. En ese rito de iniciación, también aprendió a aceptar los cortes, que serían durante todo ese tiempo una costumbre más en las peleas de su pandilla con otras del sector o de otros más alejados. Sangrar era un orgullo y el futuro era un camino directo a la muerte, un camino esperado por quienes viven de códigos muy extraños a los de las buenas gentes, aquellos que solo ven a ese otro como lumpen, que no tiene ni de cerca una cultura.

Sí, el Pinchazo sabía que tenía que morir. Su dureza en el Centro de Rehabilitación era una combinación del temple que se debía tener para sobrevivir en la calle y la frustración de no estar con los ñeros intentando la muerte como sentido último de su vida. Ahí empezaba y acababa ese destino sin historia posible, en morir apuñalado o con un tiro en la cabeza, gracias a que se defendió el honor de la pandilla. Así como nosotros defendemos a la Selección Nacional, o nos matamos por un país. Quizás sea una cosa humana que no nos podemos sacar de encima y ellos tuvieron que inventarse una guerra paralela, porque ni para ser incluidos en nuestras estúpidas matanzas servían.

A veces se emocionaba contándome las historias de las peleas con las pandillas, por el territorio, porque otros vendían drogas que ellos también, las clásicas del macho que defiende su honor cuando una mujer lo dejaba por otro de otra pandilla. La única diferencia es que los pandilleros son más honestos, ellos ya saben de antemano que eso debía terminar en la muerte y se sentían orgullosos de matar o morir.

Cuando el Pinchazo (ya voy a contar por qué el nombre) se emocionaba, por fin dejaba ver su historia escrita en más de un corte o cicatriz profunda que habían dejado sus tan lúdicas experiencias. No era a través de la palabra, sino de su cuerpo que su vida tomaba un sentido, como si en dos años hubiese construido algo que le hizo sentir vivo de nuevo, porque para sentir aquello, significaba que en algún momento hubo vida antes. Enseñaba los brazos, las piernas, la espalda y el cuello como las abuelas cuando sacan los álbumes fotográficos y te cuentan cómo te veías de pequeño, lo que hacías y decías. Empecé este relato con un diálogo que tuve con el Pinchazo, pero el comprendía su vida solo en dos años, no en dieciséis. Él había sido atravesado por el metal más veces que nosotros por una palabra cariñosa, un abrazo o algún juguete en la infancia. Hasta ese momento, entre la media hora del episodio del celular, los 16 años de haber salido del vientre materno, los dos años de ser forzado a la prostitución y los dos de la pandilla, era en estos últimos en los que el Pinchazo había realmente existido, al menos eso me parecía a mí.

Un día, llegaron del Ministerio de Salud al centro de rehabilitación por una campaña de esas que los gobiernos hacen para decir que hacen algo y que parecen más un acto de caridad, que una real preocupación por los muchachos. La campaña era para hacerles exámenes integrales. Heces, orina y sangre. La fila de los jóvenes era un homenaje al desconcierto. Muchachos de todos los colores sin entender qué rayos les iban a hacer ni para qué servía. Desde su nacimiento, muchos de estos muchachos no fueron considerados siquiera como seres humanos, así que ir a dejar en un frasco el meado, en otro su mierda y luego que les saquen algo de sangre sin golpearlos era como entrar en otra dimensión. Casi como los desahuciados de León Gieco, con un simple examen estos adolescentes tuvieron que marchar a una cultura diferente.

Ellos se reían, hacían bromas sobre lo que aparecería en los exámenes. Se notaba el miedo en esa risa nerviosa, era claro que no se sentían de este mundo. Pero el Pinchazo seguía ahí con su cara inexpresiva en la fila. No quería hablar con nadie hasta que llegó su turno. No contestaba ninguna pregunta a la gente del Ministerio. Solo se sentó, extendió el brazo, le ataron la banda elástica y, cuando la enfermera destapó la jeringa, El Pinchazo regresó a ver y se desmayó. No hubo gritos, no hubo susto, solo vio la aguja y cayó al piso como si su existencia misma hubiese colapsado.

Lo llevaron a una camilla y lo reanimaron con colonia (no podían dejarlo en paz). Se negó al examen de sangre de tal forma que tuvieron que dejar que se vaya a su cuarto. Claro, luego de eso, la institución, como siempre muy humana con los chicos decidió castigarlo y mandarlo al “cuarto de reflexión” por tres días. Un calabozo con letrina de esos que emocionan a las buenas gentes cuando piensan en todo lo que debe sufrir alguien que ha sido privado de la libertad.

Después de los tres días, el Pinchazo salió con el mismo rostro sin emoción, me dijo que no quería volver a hablar conmigo, que a él nadie le va a clavar una aguja, que eso no se le debe hacer a nadie, que por eso él tiene los traumas que tiene, porque su madre le obligó a ponerse una inyección cuando tenía cuatro años.

Todas estas historias me desmoronan, hasta ahora. Yo sabía que el Pinchazo no recordaba esa escena como parte de un trauma, que era todo lo contrario. El terror que tenía a las agujas era parte de su salvación, si él lo hubiese permitido. Por fin había aparecido algo de vida más allá de los dos años en la pandilla, un recuerdo infantil que lo hacía vulnerable y que quizás permitía algo de dolor normal, no el de haber sido violado tantas veces desde los doce o maltratado desde quién sabe cuándo.

El Pinchazo podía recibir mil puñaladas, porque su cuerpo ya no importaba, podía morir de un balazo porque su vida sin la muerte no tenía ningún sentido. Pero una aguja lo podía desarmar para volver a ser el niño que en algún momento tuvo el chance de sentir, jugar, aprender y tener la ropita limpia como diría Silvio en la canción de las navidades que hubiese sido bueno cantar, al menos una vez, al Pinchazo.

Pasaron cuatro meses más y yo terminé mi labor en el Centro. El Pinchazo saludaba amablemente pero nunca más se sentó a conversar conmigo. Otra cosa que no volvió a suceder, fue la visita de los funcionarios del Ministerio… Y los resultados de los exámenes jamás llegaron.

Fotomontaje por Homero y sus players: Fondo ciudad Xul Solar ; Collage Antonio Berni

Los sin historia: Kalju, el oso siberiano

¿Cómo nacen Los sin historia?

Facundo Cabral, en uno de sus monólogos, cuenta que cuando García Márquez ganó el Nobel, los periodistas en Colombia corrieron donde su madre y ella solo dijo que no sabe nada de literatura, solo sabe que el Gabo tiene muy buena memoria porque, todo aquello que escribió, se lo contaron. Cabral también decía que alguna vez un periodista le preguntó a Juan Rulfo por qué había dejado de escribir y él contestó: “Porque la gente que me contaba las historias, se murió.”

Claro que Cabral se inventaba muchas cosas, pero enseñaba mucho con sus inventos. Enseñaba que lo que cantamos o escribimos viene también de esa escucha al otro. Yo tuve la oportunidad entre mis 22 y mis 24 años, de pasar por dos lugares que me marcaron, los pasé en mis primeros pasos en el mundo de la psicología. Aunque no podía atender casos, pude conversar con mucha gente en los patios de lugares que podían matar de miedo, pero que me dieron otro sentido de humanidad.

Haciendo memoria, y a la luz de uno de los hechos más horrorosos de la historia del Ecuador, la masacre en las cárceles del país, algo en mí me obligo a amalgamar historias y crear relatos que se asemejan lo más posible a la realidad. “Los sin historia” son retazos de cosas que se recogieron mientras vi humanos deshumanizados por quienes, curiosamente, no habían cometido ningún delito. Estos relatos no pretenden santificar a nadie, sino decir que son temas muy complejos, que en algún lugar del tiempo se puede evitar que un alma quiera dañar a su semejante. Estas historias vienen acompañadas de tanta gente a la que respeto por su compromiso en el trabajo que hacen con los privados de libertad, con lo que representan ellos para la sociedad y lo que se debe crear, en lo social, en lo académico, en lo humano, para dar otro lugar a sus vidas y darnos nosotros otro lugar que nos aleje de aquello que a ellos los llevo a donde están, la crueldad.


Introducción y relatos por 

Alfonso Bravo

(Ambato, 1975) Psicólogo clínico, Magister en estudios psicoanalíticos, sociedad y cultura. Poeta, docente universitario en inglés y psicología desde hace 21 años.

4. KALJU: EL OSO SIBERIANO

¿Qué sucede cuando el deseo está en coma y, de repente, lo despiertan sin explicación alguna? Reprimir a los sujetos a tal punto de arrebatarles su propio placer es un crimen tan monstruoso, como permitir que ese deseo no tenga una guía, un orden de alternativas en el que el sujeto sea responsable de sus elecciones y sus renuncias. Si pasas por lo primero puedes caer en una fosa con el letrero de Dante a su entrada, porque sin líbido no hay esperanza, solo el pedazo de carne en descomposición. En cambio, si se da el segundo crimen, terminas en lo abyecto, en aquello que es desechado desde lo más ruin: el sufrimiento de los otros como única posibilidad de sentir. Si desaparece el deseo, no existes, si se extralimita, los otros dejan de existir. 

Kalju era de Estonia. Tenía treinta y un años, llevaba casi trece comprando y llevando droga desde Sudamérica a su país. Lo atraparon en Ecuador en el 2002 y tenía una condena de 7 años que cumplir. Yo lo vi por primera vez en el 2003. No recuerdo bien su situación migratoria, pero por el tipo de delito debía permanecer en una cárcel ecuatoriana. Lo habían trasladado a una sección a la que llamaban “Clínica de la conducta”, que estaba destinada a personas con problemas de adicciones, pero casi no había nadie con ese problema. Como alguna especie de confusión intencional, habían decidido llevar a ese lugar a quienes estaban condenados por tráfico de sustancias ilegales. El nombre de la sección, por sí solo, daba escalofríos. Una clínica que trataba la conducta me hacía pensar que el año  2003 era antes de Cristo. Las paredes también me hacían pensar eso, pero ese es otro tema. 

La voz gruesa e imponente de Kalju le había merecido un lugar protagónico dentro de la Clínica, era el caporal. Sin él, no se decidía ni lo que se iba a comer en los almuerzos y tampoco si alguien se merecía comer o no. Se decía que Kalju tenía mucho dinero y podía mover cosas como cualquier otro líder de pandilla o “perseguido político” dentro de la cárcel. En pocas, yo estaba hablando con alguien que fácilmente podía mandar a matarme afuera de la cárcel. Yo estaba iniciándome como Psicólogo y recién me enteraba dónde me había metido.

Elegí ponerle Kalju porque, consultando nombres estonios, significa roca. El estonio era un pedazo macizo de músculo y fibra. Suelo decir que estos tipos tienen dos metros de altura y cuatro metros cuadrados de tórax. Un brazo de Kalju era mi tórax, o quizás más. La metáfora más trillada para este hombre es la de un oso siberiano. 

Me contaba que a los dieciocho años era preseleccionado de la Unión Soviética para formar el equipo nacional de básquet. Desde los 15 estudiaba en un programa de alto rendimiento y trotaba, inclusive en invierno, todos los días a las seis de la mañana. Yo solo me imaginaba semejante cosa y ya me ponía a temblar. Había conocido algo de los vientos siberianos en Escocia, en John o´Groats, el punto extremo de las islas británicas al norte. Según los lugareños, allí confluyen los vientos del ártico, los escandinavos y los siberianos. No voy a consultar si eso es cierto, porque me perdería de contar lo que dice un lugareño, y eso siempre es más valioso. Pensar en la URSS en invierno era pensar en otro planeta. 

Kalju había conseguido que las autoridades de la cárcel les entregaran equipamiento para entrenar en la clínica de la conducta. Es decir, les dieron un par de pesas, que eran tubos de acero cuyos extremos estaban revestidos con bolas de cemento. En uno de los rincones de aquel espacio  cruzaron una barra de metal para ejercitar los brazos. Finalmente, algún albañil mal pagado había hecho una banca de concreto, tipo parque o silla tántrica de los Picapiedras, para que se acuesten a hacer abdominales. 

Y bueno, viendo todo eso, uno se puede preguntar ¿por qué alguien con ese tipo de vida y oportunidades elige, en algún tipo de giro existencial desconcertante, terminar siendo un recadero de las grandes mafias y cobrar sumas, que para nosotros no serían suficientes como para arriesgar la vida? Pero la mente humana no es tan simple como piensan los curuchupas conservadores de nuestras tierras, los fachos de VOX en España o los libertarios hispanistas (nueva moda ecuatoriana). Tampoco se reduce a los complicados estudios biologicistas que no toman en cuenta la historia de un sujeto, para darle un lugar a su acto. Más aún, la conducta humana no es ni un drama puramente edípico, tampoco la desviación de lo políticamente correcto, que a los progres sin lucha les tiene abrazados a los cristianos, lamentándose por su existencia. No, la cosa era más complicada y tenía que ser escuchada del mismo Kalju: 

“Cuando llegó la Perestroika, se disolvió la URSS y entró el capitalismo a Estonia, yo vi que mi vecino en seis meses ya tenía dos Mercedes Benz y yo no tenía nada. Yo quería tener eso y la única forma era el narcotráfico”

Fue entonces, cuando Kalju decidió hablar con su vecino (no se me ha ocurrido pensar si la Perestroika promovía el sentimiento comunitario, quizás eso quede para después) y empezar como un simple brujo fuera de los colegios de Tallin. Eso le alcanzaría para tener un equipo de sonido de última tecnología, un auto bueno, pero no lujoso y algo de ropa de marca. Pero él quería más, el Mercedes Benz se había convertido en el objeto de deseo por excelencia y había que tenerlo. Entendió que la lealtad y el coraje eran cualidades básicas para ganarse la confianza de los jefes y para los 22 ya tenía algunos brujos a su cargo, ya no le hacía falta ensuciar sus manos con funditas de gramaje bajo, sus músculos estaban para cargar bloques enteros de cocaína y para soportar fajos de billetes que ya no eran de moneda local. 

Para los 24, ya tenía su Mercedes Benz, rango en la mafia y una casa en las afueras de la ciudad. El seguía trotando a las seis de la mañana y nunca tuvo la más mínima curiosidad por saber lo que se siente correr con alguna sustancia encima, a excepción del aire fresco, el aroma de las hojas en los fugaces veranos y la nieve a través sus poros cuando el sol salía por trámite. Supongo que algo inconsciente le hacía añorar a ese muchacho que no vio una sola vida destruida por sus sueños. El adulto en formación ya estaba manchado de muchas maneras. 

Para cuando terminó de contarme esas cosas, yo ya no sabía qué hacer. Lo único y más responsable que pude encontrar fue empezar a consultar si alguien había hablado de los efectos psicosociales de la perestroika en los pueblos que se separaron de la URSS,  de la entrada del capitalismo y la renuncia a la sociedad comunista. No encontré mucho en esa época, a la final, si algo tienen en común el comunismo ruso y el capitalismo norteamericano es la psicología, y ambas han tratado de negar que los seres humanos somos también un producto de la sociedad. Para los gringos o los rusos (generalización limitada pero necesaria para la redacción), Kalju era un delincuente, un antisocial que debe ser curado (quizás en la clínica de la conducta), y no un sujeto cuya realidad se vio atropellada en un estallido social, que no lo consideraba como un valor apreciable, que debe ser contenido por esos mismos procesos. 

Entonces, al no poder conseguir algo que me explique exactamente el fenómeno por el que había pasado aquel estonio (no hay hasta ahora un libro que se llame “El caso de Kalju”), me puse a pensar qué preguntas debo hacerme para entender a un sujeto que vio un Mercedes Benz y se volvió loco. El deseo, que antes de 1990 era imposible, se volvió ilimitado con un simple chasquido de dedos, fue lo primero que puse como hipótesis en mi cabeza para pensar al Kalju en su contexto. 

Ahora recuerdo una película que me encanta, “The breakfast club”, de Jhon Huges. En un pasaje de la película, los cinco protagonistas conversan de lo que harían por un millón de dólares. Son adolescentes que a lo sumo hablan de ir desnudos a la escuela, pero ya se habla de romper el límite, porque conseguirán esa cantidad de dinero. La pregunta no es nueva y todos soñamos con que haríamos con tales cantidades, pero la respuesta siempre termina en una acción que no está dentro de los límites de nuestra cultura y a ratos fuera de los lazos sociales como tales. Kalju estuvo ahí, donde nosotros soñamos, y decidió ir más allá de lo que el lazo social permitía, pero porque nunca tuvo un punto medio. 

Si la URSS no se disolvía, Kalju no hubiese tenido los dos Mercedes Benz, pero quizás no estaría preso. Por otro lado, a lo mejor tenía una medalla de oro colgada en su pared, pero trabajando para un estado que no le dejaba tener un deseo. Eso no pasó, no lo sabremos nunca. 

Lo que sucedió fue lo otro, él se enteró de su deseo sin nada que le brinde un piso. Como si se abriera la jaula a un animal sobre una autopista muy transitada, él corrió hacia la libertad y fue atropellado por mieles que lo mataron como ser humano. En el camino, le dijeron que era lícito hacer lo que sea para tener algo, que igual lo tuvo preso, paradójicamente, el mundo sin límites devora. 

Hablamos un par de veces más. Aquellos que han bordeado la perversión tienen algo en común con los psicólogos, intuyen algo de lo que el otro quiere. A veces, Kalju me miraba como retándome a preguntar lo que nunca me atreví, esa pregunta que me hubiese hecho rebasar mi límite: 

  • No te voy a contar si he matado a alguien-

Me dijo la última vez que nos vimos, como un anuncio claro de que sabía que los seres humanos tenemos ese morbo incontrolable. También, él quería que el basquetbolista aún esté vivo. Se acostó en esa silla tántrica de cemento, tomó las pesas y siguió levantando el mundo que había creado alrededor, del que tenía todo el poder, porque los Mercedes Benz le dieron la ilusión de que el límite no existía con tal de tener algo que, si el mundo fuese humano, habría rechazado.

Fotomontaje por Homero y sus players : Fondo Pintura »Casa del pintor» Antonio Berni; Atletas propaganda soviética

Los sin historia: Robinson Cruzó las palabras

¿Cómo nacen Los sin historia?

Facundo Cabral, en uno de sus monólogos, cuenta que cuando García Márquez ganó el Nobel, los periodistas en Colombia corrieron donde su madre y ella solo dijo que no sabe nada de literatura, solo sabe que el Gabo tiene muy buena memoria porque, todo aquello que escribió, se lo contaron. Cabral también decía que alguna vez un periodista le preguntó a Juan Rulfo por qué había dejado de escribir y él contestó: “Porque la gente que me contaba las historias, se murió.”

Claro que Cabral se inventaba muchas cosas, pero enseñaba mucho con sus inventos. Enseñaba que lo que cantamos o escribimos viene también de esa escucha al otro. Yo tuve la oportunidad entre mis 22 y mis 24 años, de pasar por dos lugares que me marcaron, los pasé en mis primeros pasos en el mundo de la psicología. Aunque no podía atender casos, pude conversar con mucha gente en los patios de lugares que podían matar de miedo, pero que me dieron otro sentido de humanidad.

Haciendo memoria, y a la luz de uno de los hechos más horrorosos de la historia del Ecuador, la masacre en las cárceles del país, algo en mí me obligo a amalgamar historias y crear relatos que se asemejan lo más posible a la realidad. “Los sin historia” son retazos de cosas que se recogieron mientras vi humanos deshumanizados por quienes, curiosamente, no habían cometido ningún delito. Estos relatos no pretenden santificar a nadie, sino decir que son temas muy complejos, que en algún lugar del tiempo se puede evitar que un alma quiera dañar a su semejante. Estas historias vienen acompañadas de tanta gente a la que respeto por su compromiso en el trabajo que hacen con los privados de libertad, con lo que representan ellos para la sociedad y lo que se debe crear, en lo social, en lo académico, en lo humano, para dar otro lugar a sus vidas y darnos nosotros otro lugar que nos aleje de aquello que a ellos los llevo a donde están, la crueldad.


Introducción y relatos por 

Alfonso Bravo

(Ambato, 1975) Psicólogo clínico, Magister en estudios psicoanalíticos, sociedad y cultura. Poeta, docente universitario en inglés y psicología desde hace 21 años.


3. Robinson cruzó a las palabras

Como era normal, las palabras en los habitantes de la calle, sus lenguajes pasan por lo concreto y el concreto. Era un éxito hablar con ellos y obtener una oración completa.

¿Cómo podía alguien sin sentido tener un sujeto y un predicado? Para ser sujeto hay que estar reconocido y sujetado a una cultura, a una sociedad, a otro que te diga quién eres y también que ponga un montón de adjetivos que digan algo… Un predicado: “Eres lindo”, “eres el niño de mis ojos”, “que naricita tan hermosa tienes”, “vas a ser un niño muy importante”, “eres un niño muy inteligente”, “¡Qué lindo dibujo!”.

Desde ahí contamos, hasta los sesenta años, lo que nuestras madres o nuestros padres  dijeron de nosotros. Vemos las fotos del álbum de la abuela, las filmaciones y ahora hasta las publicaciones de Facebook e Instagram que nos avergüenzan, pero también hay otro que nos mira. Para aquellos, cuyo mundo es una piedra, un ladrillo o un pedazo de asfalto hecho cama, no hay decires que los dejen hablar. Para ellos, la vida sigue pintándose con pocos colores. “Bien, mal, más o menos, si, no”, nada más.

Cuando conversaba con Robinson, nombre que le pongo como insignia, no podía dejar de pensar en qué otras palabras sabría él cuando hablaba con sus pares en la calle, cómo hablaría con aquellos que también entienden el mundo sin nosotros: aquellos quienes los marginamos.

Me habían pedido que hable con él, porque yo conversaba mucho con los chicos en el patio y pensaron que conmigo se abriría. Él ya iba cinco meses en el centro, lo encontraron haciendo de “campana” en el robo de una casa. Como era menor, le dieron siete meses de pena. Cinco meses y no hablaba con nadie, mas que lo necesario. Entonces, se le ocurrió a la trabajadora social, que yo podría lograr algo con él, pero no se esperaba ni un trabajo terapéutico o pedagógico, sino algo totalmente contrario a lo que debía hacerse con un ser humano.

– ¿Ya confesó? –

Fue la gran pregunta de la trabajadora social, luego de mi primer encuentro con Robinson. Me di cuenta cómo funcionaba la institución y no pude evitar  sentir  tristeza por esos chicos, que estaban siendo funcionales a una estructura construida por la sociedad para anularlos. En efecto, Robinson, no había reconocido nunca que estuvo en aquel robo y lo que interesaba a la institución era que confiese, pese a que ya la justicia había determinado su culpabilidad. Por sobre mi congoja, y las intenciones de la institución, decidí seguir conversando con él.

Nos reuníamos en una bodega a la que llamaban Biblioteca, porque tenía un mueble de cuatro repisas con unos 20 libros, que alguna escuela había donado. La primeras tres reuniones fueron absolutamente desperdiciadas. Mientras Robinson seguramente estaba pensando en escaparse, yo creaba una grieta aún más grande entre dos mundos radicalmente ajenos, porque yo pensaba en lo qué dijo Freud, y en la materia de Asesoramiento, de la universidad, para ver si encontraba alguna técnica apropiada para tratar con él. Un gran error de mi parte, las aulas en las que yo me había formado no pensaban en seres humanos como ellos, algunas veces se sentía que ni siquiera se los consideraba como tales.

Él tenía 16 años, se podría decir que vivía con su madre, a pesar de que casi nunca la veía. Ella trabajaba todo el día, Robinson no sabía en qué, solo recordaba el olor a cigarrillo y colonia de hombre que, para él, era el aroma de una madre. También vivía con su padrastro, que era quien lo educaba, era su guía; pero no para “ser alguien en la vida”, como nos dicen a nosotros, que al menos tenemos esa esperanza. A él lo educaban para que luego se encargue del robo de las casas. Sí, su padrastro, de tanto en tanto, lo llevaba a que haga de campana cuando se metían en alguna vivienda. A veces no quería ir, deseo que  se reflejaba en un par de cicatrices en su rostro y unas tres quemaduras de cigarrillo en las manos.

No sabía leer ni escribir, en el centro le estaban enseñando. Desde pequeño, su madre le dejaba encerrado en el cuarto donde vivían, por eso nunca fue a la escuela. Me contaba cómo, desde los diez, se escapaba por una ventana y se iba a los cosmos (para los que ya no son de esa época, los cosmos eran lugares mágicos, llenos de consolas de juegos de video. Desde los ochentas, niños y jóvenes pasaban horas jugando y haciendo amigos. Curioso, Robinson se escapaba del encierro para estar entre pares, ahora tantos chicos se escapan de sus pares para estar encerrados). Allí, él podía ver algo que no existía en su vida, eso tan necesario para crecer: la imaginación. Quizás, ahí sí había un lenguaje, que en ninguna otra parte podía salir.

A la cuarta vez que nos vimos en la biblioteca aprendí que yo no sé nada de la psicología de cada persona, sino que la persona sabe de ella sin saberlo:

-Licen – Así nos decían los chicos a todos los adultos en el centro, excepto a los guardias y la cocinera, a quien decían: “mamita”.-

 – ¿Para qué me trae acá? Mejor leamos algo –

Por ahí recuerdo que en alguna clase me dijeron que los pacientes tienden a fijarse, después de un tiempo, en cómo están distribuidas las cosas en un consultorio, que eso significaba que estaban apropiándose del espacio. Robinson no era mi paciente y la biblioteca no era un consultorio, pero de seguro, él había hecho suyo algo de ese espacio, desde sus propias incertidumbres sobre el mundo. Algo en su cabeza le decía que necesitaba saber lo que había en los libros, una intuición de que la palabra salva, quizás.

Yo también me encendí con lo que dijo, le dije que me parecía perfecto y me puse a ver los textos que había, porque yo iba a tener que leerlos en voz alta y así avanzar hasta poder terminar al menos un libro. Robinson, todavía leía muy lento. Los textos eran viejos, con pastas rotas y algunos sin todas las páginas, pero el preciso estaba completo: Las aventuras de Robinson Crusoe.

Acordamos leer un capítulo cada vez que nos veamos y tratar de terminar el libro. Luego de cada capítulo, comentabamos lo que pensaba Robinson sobre la vida de Crusoe. Al inicio hasta las mayores tragedias le parecían un chiste a Robinson, señalaba lo bruto que era Crusoe en algunas ocasiones y también íbamos descubriendo el significado de algunas palabras. Pero el rostro de Robinson cambiaba cuando Crusoe hablaba de sus sentimientos, del miedo, el arrepentimiento, la ira. Robinson parecía incómodo y regresaba a ver a la ventana, seguramente se acordaba de aquella por la que escapaba. Hasta que un día salió una pregunta que, más bien, parecía descubrimiento:

-Licen ¿O sea que si se puede contar lo que a uno le pasa? –

Partido en dos el alma, rearmado el cerebro e hinchado el corazón, le dije que sí, que por supuesto. Y la conversación se quedó ahí, me pidió continuar con la lectura, y el descubrimiento se quedó suspendido en el aire de la biblioteca. Al final del capítulo, me contó algunas cosas de su vida y le dije que sería interesante poder escribir algo al respecto, que él lo haga, aunque sea con las pocas palabras que había aprendido. Total… si Crusoe podía (Decirle que Defoe escribió el libro hubiese sido matar a ese héroe momentáneo que vivía en la biblioteca).

Pasaron otras tantas reuniones hasta que él mismo me trajo un cuento de tres líneas que vagamente recuerdo. Lo había escrito de a poco, con la ayuda del profesor que iba una vez a la semana a dar clases como voluntario en el centro:

“Había una vez un niño que se portaba mal se escapaba de la casa y su mamá le pegaba pero a él le gustaba mucho los cosmos y su padrastro era malo y le llevaba a robar un día los policías le cogieron y el prometió nunca más portarse mal su mamá le fue a ver y fueron muy felices”

El escrito tenía faltas de ortografía que no puedo poner aquí, porque siempre hay el riesgo de que la lectura caiga en manos de algún indolente. Pero si quise escribirla sin un signo de puntuación, porque así era el original. Para estos chicos un signo de puntuación es muy difícil, una pausa en la vida también lo es. Ella se vive como un continuo donde no hay quiebres, no hay emociones y no se puede girar, es una línea recta a la muerte.

Ese cuento pudo haber sido la salvación, o al menos su inicio. El chico que no hablaba decidió dar el salto y poner algo de palabras en su vida, algo de colores a los grises de una ventana y unos cosmos, en los cuales no había ni un predicado, peor un sujeto. Pasar a la palabra es hacer plastilina el concreto, trazar estelas con los ladrillos. Contar es existir.

Aunque quisimos, no pudimos terminar el libro. Los siete meses de pena terminaron un mes antes de que yo deje las pasantías, es decir, él salió libre antes que yo. Pedí que le regalen el libro, pero el centro no aceptó, decían que lo iba a usar para enrollar alguna droga. El centro tenía tal confianza en su mal trabajo, que creían que todos los chicos iban a perderse afuera, aunque dentro decían que su trabajo era infalible, todos lograrían rehabilitarse.

Como todos, en esos tiempos de iniciar la vida profesional, debía salir sin poder saber qué sería de la vida de los chicos que me conversaban sus historias. Solo me queda el homenaje silente a su memoria y lo que ahora puedo hacer para que algún otro Robinson, no tenga que hacerse las mismas preguntas, que aquel de aquella época.

A propósito, Robinson es el nombre que le puse como insignia, ya lo dije. Es la insignia que se gana  porque su vida también es una aventura, su vida también es una historia,  que aunque me duela,  nunca sabrá que la conté.  

Fotomontaje por Homero y sus players: Antonio Berni- Juanito aprende a leer

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Elsye Suquilanda

writer, film maker, performance artist

Máscaras

A la busca de existencias auténticas